Manuel Rodríguez OrellanaMI HIJA estaba presente en sala el día que un magistrado de la corte federal nos impuso fianza a Víctor García San Inocencio, a Luis Acevedo, a Jaime Negrón y a mí, a sabiendas de que con eso nos metía presos. Mi hija y yo nos miramos cuando me llevaban esposado por un pasillo, y sentí el dolor de sus lágrimas. Verla atribulada pudo haber afectado mi ánimo, pero no mis convicciones.

Sin embargo, un personero del Gobierno de Estados Unidos cometió una tropelía que me ayudó a sobreponerme en el acto. Uno de los fiscales, no conforme con hacerle el trabajo sucio a la Marina, se me acercó a mí, el acusado, no el abogado postulante en ese momento, me estrechó la mano y, fuera del alcance visual y auditivo de mi abogado, me dijo en tono de consejo sensiblero: "¡No le hagas esto a esa jovencita!".

Con su insensibilidad iban implícitas las falsas promesas de que ceder a la tentación podría brindar, por ejemplo, un falso sosiego a mi hija que allí lloraba. Este tipo de manipulación es el que usan los que no entienden a los que actuamos por convicción y principios. Pretenden exonerar al que abusa e inducir al atropellado a sentirse culpable. Quieren aplanarte la conciencia para que pienses que estás equivocado y que debes buscar escape a tu situación, la que ellos te sugieran.

Manuel Rodríguez OrellanaMI HIJA estaba presente en sala el día que un magistrado de la corte federal nos impuso fianza a Víctor García San Inocencio, a Luis Acevedo, a Jaime Negrón y a mí, a sabiendas de que con eso nos metía presos. Mi hija y yo nos miramos cuando me llevaban esposado por un pasillo, y sentí el dolor de sus lágrimas. Verla atribulada pudo haber afectado mi ánimo, pero no mis convicciones.

Sin embargo, un personero del Gobierno de Estados Unidos cometió una tropelía que me ayudó a sobreponerme en el acto. Uno de los fiscales, no conforme con hacerle el trabajo sucio a la Marina, se me acercó a mí, el acusado, no el abogado postulante en ese momento, me estrechó la mano y, fuera del alcance visual y auditivo de mi abogado, me dijo en tono de consejo sensiblero: "¡No le hagas esto a esa jovencita!".

Con su insensibilidad iban implícitas las falsas promesas de que ceder a la tentación podría brindar, por ejemplo, un falso sosiego a mi hija que allí lloraba. Este tipo de manipulación es el que usan los que no entienden a los que actuamos por convicción y principios. Pretenden exonerar al que abusa e inducir al atropellado a sentirse culpable. Quieren aplanarte la conciencia para que pienses que estás equivocado y que debes buscar escape a tu situación, la que ellos te sugieran.

En contraste con la integridad de la juez y la fiscal que se negaron a ser cómplices de la Marina, este fiscal pretendió que yo me cuestionara la corrección de nuestro acto, de que buscara un acomodo sin tener que enfrentarme al dolor de tiempo indefinido sin abrazar a mi hija. En otras palabras, que claudicara y pagara la fianza.

El bálsamo de la tentación les sirve a los débiles para justificar la caída. Los que en el fondo se sienten abochornados por sus actuaciones incitan a otros a claudicar, y así pretenden expulsar de su espíritu la vergüenza. Pero la inconsciencia del fiscal fue para mí providencial. Su golpe antiético en un momento de tanta carga emocional se estrelló contra la integridad moral que nos vincula a mi hija y a mí. Surgió entonces la pregunta lógica: por qué un comportamiento tan burdo?

Entonces recordé el ridículo en que, una vez más, había quedado la Marina en Vieques. La declaración oficial de que nadie podría penetrar la "seguridad" del área restringida se estrelló contra la verdad de nuestra presencia en la misma zona de tiro. Una vez más, la mentira del Navy quedó expuesta por nuestra desobediencia civil. El fiscal, en su fantasía despuertorriqueñizante, sin duda alguna se identificaba con la humillación que deben haber sentido los conquistadores españoles cuando se enteraron de que gente supuestamente inferior había matado a Salcedo.

El Salcedo que ya no asusta lo personificaba ese día un rojizo funcionario del Navy a cargo de nuestro procesamiento en Roosevelt Roads. Fue el mismo que desde el día del juicio contra Rubén Berríos Martínez no podía disimular su contrariedad por la desproporción en fuerza moral que nos dio un triunfo sobre ellos. Que el juez no se atreviera a imponerle más que una sentencia nominal, luego de que Rubén desafiara abiertamente a la Marina por más de un año, tiene que haberle sabido amargo a aquel americano.

En la Base Naval en Ceiba, la contrariedad exacerbada de este personero imperial hacía su tez rojiza resplandecer más que un semáforo. Y su rostro severo en la sala del magistrado que a nombre de los americanos nos impuso cárcel, le brindó al fiscal, ya incómodo con su triste función, la oportunidad de tratar de culparme a mí por la pena de mi hija.

El responsable de las lágrimas de mi hija no era yo. Los culpables de transgredir la dignidad humana son ellos. Los dolidos no éramos nosotros. Los heridos eran ellos en la arrogancia que les desenmascaramos. Y la conciencia limpia de un raudal de ternura que brotaba de las lágrimas de mi hija sirvió para lavar el fango moral con que me salpicó aquella canallada.

Al día siguiente, en la cárcel, un confinado se me acercó sonriente con su radio de baterías. Me informó de que acababa de escuchar las declaraciones de mi hija al salir del tribunal.

"Habló muy bien", me dijo, "y dice que está orgullosa de usted".

Yo también me sonreí...

Al momento de esta publicación, el senador Rodríguez Orellana permanece recluido, desde el día 3 de agosto, en la prisión federal de Guaynabo.