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Arroz que no se menea, se quema

Por Calixto Negrón Aponte
Publicado en Periódico Metro
28 marzo 2014

 

 La siembra de arroz en Puerto Rico no solo debe analizarse desde un punto de vista de su viabilidad comercial, sino como un asunto en el que está en juego nuestra seguridad alimentaria.

 

Desde hace décadas se probó que se podía cultivar arroz en la Isla tras un proyecto de ley del entonces senador independentista Rubén Berríos. Todos los expertos en la materia –agricultores, académicos, agrónomos- desde entonces hasta el día de hoy, reiteran que Puerto Rico puede, de manera rentable, sembrar arroz y proveer así los millones de quintales de arroz que los puertorriqueños consumimos a un valor que asciende a decenas o cientos de millones de dólares.

Puntualizan estos expertos que el país no puede continuar sometido al control monopolístico de las importaciones del grano en la Isla, más aún cuando se habla de escasez de arroz en el mundo y de que no tenemos control sobre el costo del grano importado, cuyo precio incrementa cada día más.

En el Partido Independentista Puertorriqueño no hay duda sobre la capacidad que tenemos los puertorriqueños para producir lo que queramos. Sin embargo, los gobiernos que se han turnado en el poder han sido incapaces de establecer un industria nativa de arroz que provea, aunque sea parcialmente, este complemento principal de nuestra dieta. Si bien ya no contamos con las suficientes tierras para suplir todo el arroz que comen tres veces a día los casi cuatro millones de habitantes en Puerto Rico, sí contamos con los terrenos necesarios para poder sustituir un por ciento considerable del arroz importado, establecer un proyecto de cosecha de arroz comercialmente rentable y crear un abasto –de arroz y otros productos agrícolas- que nos garantice alguna seguridad alimentaria en caso de una emergencia.

Solo se necesita que se superen las excusas. Las mismas que se esgrimieron cuando el proyecto de Rubén Berríos y que lo condenaron al olvido cuando el gobierno de turno en aquel entonces determinó que no era costo efectivo. (En aquel momento reconocidos agrónomos como José Vicente Chandler, Fernando Abruñas y otros concluyeron que la producción de arroz en escala comercial era viable y que podía venderse a un precio competitivo al importado-véase Boletín 250 de marzo de 1977 de la Estación Experimental Agrícola adscrita al RUM). Faltó entonces la voluntad política para usar los poderes de la Autoridad de Tierra para implantar un programa que no sólo hubiera mejorado nuestra capacidad alimentaria sino que hubiera contribuido a que el desarrollo económico de Puerto Rico se dirigiese por una ruta de sustentabilidad.

La misma razón que argumentan algunos hoy y que tan difícil se me hace aceptar. Y es que me vienen a la mente razones tan lógicas para creer que existe una perspectiva positiva para el establecimiento de esta industria. Por mencionar solo dos: primero, por razón del clima, aquí se pueden producir dos o tres cosechas anuales, lo cual le generaría al agricultor puertorriqueño mejores ganancias que a los agricultores de otros países productores de arroz donde solo pueden tener una cosecha anual. Segundo, una industria local no tendría los altos costos que representan los fletes marítimos para el arroz importado que impone la marina mercante norteamericana. Estas son solo dos, de muchas otras razones, que me hacen creer que se puede producir competitivamente arroz en Puerto Rico.

De parte de los agricultores no me cabe duda de que existe la disposición a poner sus tierras a producir. Lo único que hace falta es que del gobierno haya voluntad y compromiso. Como dice el refrán: "Arroz que no se menea, se quema". No dejemos que se queme otra vez.