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La renuncia de Héctor Pesquera:

entre el júbilo y la frustración

 

Por Calixto Negrón Aponte

 

Publicado por periódico Metro 01 noviembre 2013

 

 

 

La salida de Héctor Pesquera de la dirección de la Policía de Puerto Rico debe ser motivo de júbilo nacional. Resulta una pena y desgracia que haya permanecido en dicho puesto por tanto tiempo. Si del Partido Independentista Puertorriqueño hubiese dependido, jamás hubiera sido nombrado. Desde el primer día, bajo el gobierno de Luis Fortuño, fueron muchos los que se opusieron al nombramiento; y fueron aún más los que, bajo la actual administración de García Padilla, reiteraron su oposición y se sumaron a la indignación.

 

 

 

A su historial oscuro y tenebroso - por su procedencia de organismos  represivos y de persecución política como el FBI-  se añadían sus ejecutorias a finales del pasado cuatrienio bajo el gobierno del PNP.  A pesar de la evidencia de su incompetencia en el manejo del crimen y de que recién llegado al gobierno de Fortuño asumió y promovió actitudes y conductas de vaquero americano en el lejano oeste, cuando recomendó que en el marco de un asalto domiciliario  la ciudadanía no pusiera resistencia a los pillos o sencillamente les disparara a matar,  Alejandro lo dejó en el puesto.

 

 

Nuevamente, nos opusimos. En su ambición económica desmedida, este señor extorsionó al gobierno de Puerto Rico para que le pagara una cantidad exagerada, supuestamente a cambio de que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos tratará bien a la Policía de Puerto Rico en su informe. El resultado, ya todos lo hemos visto: la imposición de un monitor  que a todas luces pone en sindicatura a ese organismo. Cosa que no debe extrañar en el ELA colonial. Como tampoco debería sorprendernos que en otro acto de prepotencia imperial, y bajo la premisa de la incompetencia acumulada por décadas en la gobernación, se imponga también un síndico en Fortaleza.

 

 

Héctor Pesquera nunca presentó plan alguno anticrimen, fue incapaz de detener el galope de los delitos y asesinatos, entregó al país, cobró el salario obsceno acordado bajo gobiernos populares y penepés  en pleno tiempo de crisis económica, y se fue.

 

Lamentablemente, el júbilo que expresé al inicio se torna en tristeza y frustración cuando, bajo las actuales circunstancias, no se vislumbra que esta renuncia se pueda convertir en una buena oportunidad para nombrar a alguien que impulse una visión que supere la frustrada, decepcionante y desacreditada política de lucha contra las drogas de Reagan de los años 80 y de la política de mano dura de Roselló de los 90. Sólo entonces, podremos enfrentarnos más eficientemente al problema de criminalidad.