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 Por: Calixto Negrón Aponte

Secretario de Comunicaciones del PIP

Si hay algo difícil de definir en nuestro país, por lo largo de la lista, es señalar cuál es el peor de todos nuestros problemas.

Lo peor en Puerto Rico podría ser la desgracia de sufrir un sistema educativo enajenante, en donde se premia al politiquero, burócrata y buscón, mientras se le niega un salario justo al maestro y no se le brinda recursos, en menoscabo del estudiante. También podría ser lo peor un sistema de salud en eterna crisis, cuyas reformas lo han deformado aún más, convirtiendo la salud en fuente de lucro seguro para un privilegiado grupo de empresarios, mientras se abusa de proveedores y pacientes. Por no hablar de los 400 mil puertorriqueños que no tienen acceso a un plan y de la ola migratoria en la que se han montado médicos y profesionales de la enfermería recién graduados.

 

Igualmente, podríamos señalar como lo peor la injusticia de un sistema de justicia desigual, en el que imperan, no dos varas, sino muchas más, y en el que la culpabilidad y la inocencia dependen en ocasiones del poder, la influencia, el dinero o el apellido que se tenga.

También podría ser lo peor el galopante problema de la criminalidad, producto de la marginación y el discrimen contra los sectores más vulnerables y pobres de nuestra sociedad a los que gobiernos populares y penepés les dio la espalda. Si hoy hay un trastoque de valores es porque los gobiernos de turno han fomentado la indolencia mediante el mantengo y han glorificado la consecución del dinero fácil para el lucro y el consumismo.

Al cabo de este punto debo decir que nada de lo anterior es lo peor. Como tampoco lo son la insuficiencia de fondos en los sistemas de retiro, ni la corrupción en el servicio público, ni la destrucción del ambiente con el aval gubernamental, ni el déficit fiscal o la recesión económica, ni la abusiva e indignante ineptitud del gobernador o la mayoría parlamentaria de turno.

Entonces, ¿qué es lo peor? Lo peor es la mala semilla de la impotencia y la desconfianza sembrada en muchos puertorriqueños, a quienes les han inculcado el desprecio por lo que somos y le han hecho creer que somos incapaces de resolver nuestros problemas. Lo peor es la complacencia y resignación de la mayoría de nuestra gente al seguir votando por los responsables del desastre y negar la posibilidad de cambiar el rumbo del país. ¡Eso es lo peor!