El principio del fin

El principio del fin

Fernando Martín
Presidente Ejecutivo
Partido Independentista Puertorriqueño
6 de julio de 2001


EL MOVIMIENTO anexionista está pasando por su más profunda crisis desde que yo tengo recuerdo político. Los eventos de los últimos días -desde el asalto a la Loma de los Vientos hasta la patética celebración del 4 de julio en los predios del Hiram Bithorn- son síntomas claros e inconfundibles de un deterioro institucional e ideológico sin precedentes en el Partido Nuevo Progresista.

Sen. Fernando Martín La raíz más próxima de esta crisis partidista -que es el reflejo también de la crisis en la viabilidad del proyecto histórico anexionista- se encuentra en la transformación de la cultura política puertorriqueña producida por la confrontación entre Puerto Rico y los Estados Unidos sobre Vieques, y en las consecuencias que ésta ha producido en la opinión pública en los Estados Unidos y en el mundo entero.

Resultaron proféticas las palabras de Rubén Berríos cuando fue desalojado de Vieques inicialmente en mayo del año pasado cuando dijo que "después de Vieques" teníamos frente a nosotros un Puerto Rico "distinto".

La confrontación de voluntades nacionales entre Puerto Rico y los Estados Unidos sobre este tema ha servido para subrayar no sólo la subordinación política de Puerto Rico, sino el ejercicio de la tiranía sobre nuestro pueblo. La Marina en Vieques se ha vuelto un ejército de ocupación que sólo puede mantenerse a base de la imposición y la fuerza de las autoridades federales.

La gran mayoría de los puertorriqueños no independentistas ha descubierto, en un contexto muy concreto, que ellos son puertorriqueños ante todo y que los intereses de nuestro pueblo pueden ser -como ahora son en este caso- antagónicos a los intereses de los Estados Unidos. Ello ha producido un despertar dramático de nuestra conciencia nacional y una afirmación profunda de la solidaridad colectiva frente a la imposición y el atropello extranjero.

Estos desarrollos -producto principalmente de la fuerza que les ha impreso la desobediencia civil pacífica en Vieques con su secuela de arrestos y encarcelamientos- han generado a su vez en los Estados Unidos un claro y creciente reconocimiento de que Puerto Rico es un donante no compatible con el organismo federal de los Estados Unidos. Nunca ha sido mayor la conciencia -ni en Puerto Rico ni en los Estados Unidos- de que Puerto Rico es una nación diferente a los Estados Unidos y de que su relación colonial actual debe ser revisada a fondo para enderezar el entuerto histórico que produjo el expansionismo imperial norteamericano de fines del siglo diecinueve.

En el ámbito internacional, para citar un solo ejemplo, el Consejo de la Internacional Socialista que reúne más de ciento ochenta partidos políticos en ciento cuarenta países, se reunió la semana pasada en Lisboa y emitió una resolución expresando su solidaridad con Rubén Berríos Martínez reconociendo su lucha para la paz en Vieques y por la plena soberanía de Puerto Rico.

El impacto en el liderato del PNP de estos acontecimientos tan trascendentales ha sido devastador. Primero se aturdieron, luego se desorientaron y confundieron dando palos a ciegas, y por último han recalado en la desesperación y la incoherencia, y en esa la más grave de las señales de la histeria: el ridículo.

La gota que colmó la copa del anexionismo pitiyanki, de los que aceptarían gustosos la estadidad en inglés (o en chino) y renunciando a la Carta de Derechos lo fue la declaración del Presidente Bush en Suecia llamándonos meros "vecinos y amigos"y reconociendo que la Marina tiene que irse de Vieques porque los puertorriqueños no la quieren allí. La "traición" de Bush acabó de empujar al liderato PNP por el borde del precipicio de la irracionalidad política.

Por eso se han lanzado a la calle con un fervor descontrolado aferrándose a la bandera norteamericana como tabla de salvación, balbuceando en inglés en la tribuna del cuatro de julio, o vestidos -como Romero Barceló- con la bandera como camisa. Perder la proporción y caer en lo grotesco y lo ridículo ha sido el signo fatal de un liderato que ha perdido su compostura y su centro de gravedad.

El otro signo, más peligroso socialmente, es la promoción de la violencia física y verbal contra otros puertorriqueños, y el abandono del decoro y el pudor en sus actitudes públicas. Uno de los logros políticos de nuestra tradición colectiva ha sido el que los partidos políticos han ido respetando cada vez más los espacios políticos de sus adversarios. Ello ha permitido que las discrepancias políticas entre los puertorriqueños se diluciden en paz sin riesgo de violencia social.

El asalto por parte de unos militantes del PNP, azuzados por sus líderes, a la Loma de los Vientos -que es un espacio político ocupado por los opositores de la Marina- para imponer a la fuerza la bandera americana en sustitución a la de Vieques es un acto de violencia política inédita en nuestra historia contemporánea. Igual podría decir de los desaforados gritos de ¡Judas! dirigidos al Arzobispo de San Juan.

Esta demencia política colectiva del liderato del PNP ha tenido como precio el descrédito y el desprestigio de los que la han promovido. La base del PNP, la mayoría de los estadistas puertorriqueños, no son ni sumisos, ni pitiyanquis, ni aliados de la Marina; creen en la estadidad, pero no son incondicionales.

EL LIDERATO trató de convertir su acto del cuatro de julio en una gran respuesta a la encrucijada del momento convencidos de que un acto multitudinario sin precedentes marcaría el renacimiento del movimiento estadista y recogería el apoyo del país a sus nuevas consignas de la "estadidad a la brava". El fracaso fue rotundo.

La bancarrota política de su incondicionalismo quedó revelada mostrando así una brecha creciente e insalvable entre el liderato y la gran mayoría del pueblo estadista.

No se me malentienda. Tienen razón en sentirse frustrados, traicionados y arrinconados los líderes estadistas. Es verdad que el proyecto anexionista ha fracasado y que su colapso aquí y en Estados Unidos es definitivo para el futuro previsible.En lo que no tienen razón es en canalizar esa frustración a través de la intolerancia, y la violencia física y verbal.

La estadidad ya no es alternativa -si alguna vez lo fue- porque Puerto Rico es, y siempre ha sido, una nación diferente a los Estados Unidos, y esa realidad no la puede cambiar nadie. La tarea de todos pues no es la de negar esa realidad sino la de afirmarla y hacerle justicia plena. Esa tarea es la de la descolonización. Ese es el reto urgente para todos.