Paz para todos

Paz para todos

Por Senador Fernando Martín
Presidente ejecutivo del PIP
14 de septiembre de 2001

LA TRAGEDIA ocurrida en Nueva York y Washington ha conmovido y afligido al mundo entero. Para nosotros en Puerto Rico ha sido una doble tragedia: primero por la terrible pérdida de vidas inocentes que se ha producido y, segundo, porque cientos -sino miles- de esas vidas seguramente habrán sido de compatriotas puertorriqueños residentes en Nueva York. ¡Cuántos niños habrán quedado huérfanos el martes pasado!

Desgraciadamente -aunque era de esperarse dentro de circunstancias tan dramáticas y dolorosas- la reacción dominante en los Estados Unidos ha sido el clamor por el desquite y la venganza. No cabe duda de que habrá de tomarse pasos enérgicos para traer a los responsables a la justicia, y que deberán diseñarse las medidas de seguridad preventiva que minimicen las posibilidades de que hechos como éste puedan repetirse, pero el momento reclama, además, una introspección más profunda.

La única garantía de una paz duradera es la justicia. Las grandes potencias como los Estados Unidos -en su afán de lograr sus objetivos de hegemonía y estabilidad estratégica- han postergado con demasiada frecuencia sus responsabilidades de promover la justicia y la equidad en el mundo. Las consecuencias de esas políticas hegemónicas en que la mal llamada "seguridad nacional" prevalece muchas veces sobre cualquier otra consideración ética o humanitaria se han ido acumulando en profundos bolsones de odios y resentimientos en diferentes partes del mundo. El caso del Oriente Medio, con el problema palestino como eje central, es el ejemplo más obvio y más dramático. Esos resentimientos y agravios han desarrollado con el tiempo sectores minoritarios -fanatizados y traumatizados por las injusticias que han sufrido- que sólo sueñan con asestarle un golpe mortal a ese "enemigo" a quien perciben como responsable por sus penurias.

En otros tiempos -antes de la revolución tecnológica y de la globalización, y sometidas a la disciplina de la guerra fría-esas acumulaciones de resentimientos rara vez lograban proyectarse en actos de violencia masiva más allá de los lugares remotos en que se gestaban.

Hoy, todo es diferente, y ni la principal potencia militar y económica de la humanidad está inmune de sentir los efectos destructores y devastadores de esos odios ancestrales. Lo confirmamos dolorosamente el martes pasado.

Se impone pues una profunda reflexión colectiva en los Estados Unidos. Ya no es suficiente -para garantizar su propia paz-tener el mayor número de bombas ni el ejército y la Marina más poderosa.

Se requiere también convertir a la justicia y la equidad en objetivos fundamentales de la política exterior de ese país. De ahora en adelante sólo si se promueve la justicia se podrá garantizar la paz; paz para los Estados Unidos y paz para todos.

La agenda de esa nueva política no puede hacerse esperar: respeto por el derecho a la autodeterminación de los pueblos, transferencia masiva de ayuda económica a los países pobres, respeto por las minorías raciales, culturales y religiosas, punto final al expansionismo y al intervencionismo.

Nosotros en Puerto Rico hemos dado un ejemplo al mundo de cómo la desobediencia civil pacífica -aun frente a la provocación constante de la Marina-puede ser un instrumento apropiado para la reivindicación de nuestros derechos.

HEMOS RECHAZADO la violencia porque sabemos que sólo generaría más violencia en un círculo vicioso que no habría de lograr ni la justicia ni la paz. Rechazamos la violencia contra los inocentes que se llevó a cabo en Nueva York y Washington el martes pasado, como hemos rechazado también -con métodos pacíficos- la violencia y el atropello que se le ha impuesto al pueblo inocente de Vieques por sesenta años. Luchemos pacíficamente por la justicia y así aseguraremos la paz. Paz para los Estados Unidos, paz para Vieques; paz para todos.