Por mal camino

Por mal camino

Por Senador Fernando Martín García
Presidente Ejecutivo del PIP
23 de noviembre de 2001


DESDE 1976 hasta el presente se ha generado como eje fundamental de nuestra vida política el ciclo electoral de ocho años. Ocho años de Carlos Romero Barceló seguidos de ocho años de Rafael Hernández Colón y luego ocho años de Pedro Rosselló. La presunción general ha sido que quien ganara en el 2000 -Sila Calderón o Carlos Pesquera- también podía dar por seguro su revalidación en el 2004.

Es importante recordar que ninguno de los últimos dos anteriores gobernadores se presentaron como candidatos para un tercer término consecutivo, convencidos como estaban de que irían camino a una derrota segura. Sólo Romero lo intentó en 1984 ofuscado por la obsesión de su propia invencibilidad. Todavía la misma noche de las elecciones de ese año -y confrontado con los resultados- insistía incrédulo en decir: "¿Qué derrota?".

La dinámica del ciclo de los ocho años no es un misterio; responde a un proceso que comienza con expectativas y entusiasmo crecientes y que culmina con la decepción y la desmoralización. Se trata del síndrome del flamboyán, empieza con flores y termina con vainas.

Al comenzar el ciclo, el partido victorioso ha cosechado para su beneficio electoral las frustraciones y la desesperanza que los dos cuatrienios anteriores fueron generando en grupos de votantes "independientes" que habían antes votado por el partido derrotado. La acumulación de promesas incumplidas, proyectos abortados, corrupción y estancamiento ha llevado a esos electores a concluir que "hace falta un cambio" y a votar en contra del partido que ya lleva ocho años en el poder esperanzados de que una nueva administración atenderá sus reclamos de buen gobierno.

El partido triunfante instala un nuevo gobierno, paga sus deudas políticas, anuncia múltiples nuevas iniciativas y sienta al anterior gobierno en el banquillo de los acusados ante la opinión pública. Esta ilusión de novedad, optimismo y cambio, hábilmente manipulada y proyectada por el millonario aparato de las relaciones públicas del gobierno, ha logrado en este último cuarto de siglo, mantener el impulso político por suficiente tiempo para garantizar un triunfo en las elecciones generales próximas.

En el último cuatrienio, sin embargo, todo comienza a venirse abajo. Se desacredita el gobierno y sus iniciativas, y los electores "flotantes" comienzan su proceso de desilusión que los llevará a la decisión -una vez más- de "tumbar" a los incumbentes. Y así, el ciclo de ocho años se renueva.

La esterilidad e inefectividad para el país de este proceso resulta evidente. Todo apunta, además, a la posibilidad de que ante el deterioro acelerado de nuestra realidad económica y social, el ciclo se acelere y estemos ante la perspectiva de ciclos de cuatro años.

La explicación del aludido síndrome del flamboyán es en gran medida la consecuencia del fracaso acumulado del Partido Popular Democrático (PPD) y el Partido Nuevo Progresista (PNP) en atender con seriedad y efectividad los problemas medulares de nuestra sociedad. Han brillado por su ausencia iniciativas maduras de mediano y largo plazo para enfrentar los problemas fundamentales de nuestro país. Piénsese tan sólo en algunos de las más importantes: superar la condición colonial, convertir la justicia social en un objetivo gubernamental, adoptar medidas para la planificación adecuada de nuestro desarrollo urbano, garantizar la protección de nuestros recursos naturales, rediseñar nuestro gobierno y nuestra legislatura y promover un nuevo enfoque hacia nuestro desarrollo económico.

En ninguna de estas áreas puede verse la luz al final del túnel. En muchas de ellas ni siquiera puede avistarse aún el túnel mismo.

Si el país se va a salvar de caer en un ciclo de cuatro años marcada cada vez más por la superficialidad y la politiquería, se hace imperativo que todos tomemos conciencia de la necesidad impostergable de fijar posiciones y trazar caminos respecto a nuestros grandes problemas.

La búsqueda e identificación de posibles áreas de consenso y de iniciativas conjuntas tiene que ser la prioridad de los que dirigen y los que aspiran a dirigir el país. Me atrevo ir más lejos y decir que el verdadero reto que tenemos todos es el de construir una nueva mayoría comprometida con esta gran agenda para nuestro pueblo.

NO TENGO duda de que ese consenso hay que comenzarlo a construir desde el corazón mismo de nuestro dilema fundamental como sociedad: el problema de nuestro status político. En un sentido crucial ya existe esa mayoría; es la mayoría que cree que nuestra condición política actual es de subordinación y que debe ser superada. Falta ahora la buena fe, la perseverancia y el patriotismo suficiente para poder articular, nosotros todos, un plan de acción y trabajo que nos conduzca por la ruta de la plena descolonización. Empecemos por ahí.