Lo que hay debajo

Lo que hay debajo

Por Sen. Fernado Martín
Presidente Ejecutivo del PIP
21 de diciembre de 2001

LA MURALLA legislativa federal en que estaba escrito en piedra el compromiso del Presidente y el Congreso de los Estados Unidos de sacar a la Marina de Vieques en mayo del 2003, si así lo quería el pueblo de Vieques, se derrumbó estrepitosamente hace unos días.

El Congreso decidió posponer indefinidamente dicha salida y dejar la decisión final en manos del secretario de la Marina, Gordon England, previa recomendación de los altos mandos militares. Y todo ello conforme a la solicitud específica que le hizo hace dos semanas al Comité de Conferencia del Congreso a través de una carta oficial el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz, a nombre del presidente Bush.

No voy hoy a reexaminar el "laberinto de las causas" que han llevado a este desenlace ni a adjudicar las responsabilidades que le corresponden al gobierno de la señora Sila María Calderón o al del doctor Pedro Rosselló. Eso lo he hecho ya en anteriores columnas y -en todo caso- hay abundante evidencia ante la opinión pública sobre el tema.

Tampoco voy a evaluar la coyuntura ante la cual nos enfrentamos en la lucha por la paz y justicia para Vieques y los pasos que deben tomarse para que esa lucha culmine en éxito. El Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) ya ha manifestado sus posiciones frente a este asunto y ha reiterado la importancia de persistir en la desobediencia civil -junto con los demás sectores comunitarios, religiosos, sindicales y políticos que han manifestado su compromiso con esa forma de lucha pacífica- como la pieza clave para lograr el triunfo.

Hoy quisiera reflexionar sobre lo que está debajo de lo que sin duda podemos llamar la crisis de Vieques. Lo hago porque me preocupa que por estar demasiado cerca de los árboles perdamos de vista el bosque.

El asunto de fondo aquí es la incapacidad jurídica y política -¡en pleno siglo XXI!- del pueblo de Puerto Rico para poder hacer respetar su voluntad con respecto a su propio territorio y a la protección de los derechos humanos más fundamentales, como lo son la salud y la seguridad, de su propia población.

Le reafirmación por parte del Presidente y el Congreso de hacer con Vieques lo que le venga en gana, sujeto únicamente al criterio de sus propios intereses, atropellando la voluntad expresada tanto por los viequenses como por el Gobierno de Puerto Rico, constituye un acto de tiranía. La Marina en Vieques se ha vuelto una fuerza de ocupación militar que sólo puede sostenerse a base de la amenaza de ejercer la violencia contra el pueblo que la rechaza y del encarcelamiento de los que la desafían.

Lo menos que esta grave situación de violación a los más elementales principios de la democracia y del derecho a la autodeterminación debería provocar es un despertar dramático en la conciencia de nuestro pueblo y de su liderato sobre la apremiante urgencia de priorizar en la agenda del país la solución a nuestra condición de subordinación política.

Si alguna realidad ha sido desenmascarada ante la vista de todos por la crisis de Vieques es que la existencia del colonialismo en Puerto Rico es una verdad como un templo. Ignorarlo constituye una irresponsabilidad y un crimen de esa patria. No aprovechar la crisis para enfrentar con firmeza el problema de fondo sería una abdicación de responsabilidad histórica y moral, y un consentimiento explícito a que se prolongue la tiranía y se atropellen los derechos y la dignidad de todos los puertorriqueños.

De cara al nuevo año se hace impostergable que el liderato del país ponga a un lado sus diferencias y reconozca la importancia de salir juntos por los fueros de nuestro pueblo. El independentismo siempre ha estado presto a reclamar nuestra descolonización y a exigirle al Gobierno de los Estados Unidos su obligación de reconocer nuestra soberanía. Falta ahora que el liderato estadolibrista y estadista asuman igual posición dejando a un lado pequeñeces partidistas y mezquindades electorales para que podamos todos -con una sola voz- exigir que se ponga en marcha un proceso que liquide para siempre la impotencia política de la nación puertorriqueña.

No hay tema más urgente ni más importante para nuestro pueblo en este nuevo año. Debemos sentarnos -sin precondiciones impuestas unilateralmente- a explorar de buena fe y con espíritu patriótico las formas y maneras de encauzar nuestro reclamo. Los partidos políticos -por su acreditada representatividad- tienen la obligación de dar un paso al frente y asumir la responsabilidad que les compete y que justifica su existencia.

Nadie debe obstaculizar ni sabotear la posibilidad de articular efectivamente un reclamo masivo y unánime para ponerle fin a las condiciones de inferioridad política que hoy ofenden y lastiman a nuestro pueblo.

El que no esté a la altura del reto quedará consignado para la historia como incurso en la peor de las corrupciones: la complicidad con el abuso de sus propios hermanos. Se acabaron las excusas, nos llega el momento de la verdad.