La increible secuela del 11 de septiembre

La increible secuela del 11 de septiembre

Por Fernando Martín
Presidente Ejecutivo
Partido Independentista Puertorriqueño
13 de septiembre de 2002

Antes de ayer se conmemoró el primer aniversario de los barbáricos actos de terrorismo que llenaron de horror y tristeza a toda persona sensible y cuerda que habita en este planeta. Mi partido, al igual que todos en Puerto Rico condenó severamente los ataques del 11 de septiembre.

En este mismo espacio, además, días después de aquella trágica fecha, advertí que la sensatez y la prudencia y no el revanchismo ciego deberían guiar la respuesta de los Estados Unidos a lo ocurrido. Señalé que había llegado el momento de reevaluar la política exterior de los Estados Unidos hacia el mundo islámico y particularmente frente al problema palestino. Dije entonces que la política norteamericana tradicional fundada tan solo en la protección de intereses hegemónicos y petroleros había generado tensiones y resentimientos que ahora se convertían en amenazas concretas a la seguridad de innumerables ciudadanos inocentes en los Estados Unidos.

Hoy, a un año plazo, lamento decir que tal parecería que los terroristas de Bin Laden se han salido con la suya. Si el objetivo político de Bin Laden era el debilitamiento de la sociedad norteamericana y la desestabilización de su influencia como principal potencia mundial a través de la provocación del terrorismo, no puede negarse que se han logrado buena parte de sus propósitos.

A la provocación del terrorismo de Bin Laden el gobierno de los Estados Unidos respondió atacando a Afganistán para derrocar su gobierno, instaurando tribunales militares y autorizando la detención indefinida de sus propios ciudadanos, forzando al dictador militar de Pakistán (tradicional protector del régimen Talibán) a convertirse en su mano derecha militar en la región, apoyando incondicionalmente la torpe política de exterminio político del gobierno israelí contra los palestinos, y anunciando cada vez más estridentemente su intención de derrocar a Saddam Hussein de Irak (antiguo aliado de Washington contra Iran) aun al precio de una invasión militar.

El resultado de estas nefastas iniciativas ha sido el siguiente:

La estabilidad relativa de Afganistán bajo la teocracia Talibán (incluyendo la dramática reducción en el cultivo de opio) ha sido rota en pedazos y hoy ese país se encamina a la guerra civil permanente que lo caracterizaba hasta la toma del poder por los talibanes. Afganistán ha recuperado ya sus producciones "record" de opio que terminan en las venas de la juventud de occidente.

La protección de los derechos civiles, particularmente a la privacidad y al debido proceso de ley, se encuentra hoy en los Estados Unidos en su nivel más bajo desde hace más de cincuenta años desandando así una trayectoria de grandes conquistas que había sido lograda con enormes sacrificios por las luchas de varias generaciones de norteamericanos.

La India y Pakistán se encuentran hoy más cerca que nunca de una confrontación nuclear de consecuencias catastróficas en gran medida porque el régimen de Pakistán ha tenido que compensar su sumisión a Estados Unidos en el caso de Afganistán dándole rienda suelta a sus extremistas internos en sus incursiones militares fronterizas contra la disputada provincia de Cachemira en la India.

En Israel, la consigna americana de llevarle la guerra a los terroristas y destruirlos "en sus madrigueras" fue adoptada plenamente como pretexto por el Primer Ministro Sharon para lanzarse sobre los territorios controlados por la Autoridad Palestina de Arafat haciendo con ello más lejana que nunca la posibilidad de lograr la convivencia pacífica de ambos pueblos cada cual con su propio estado nacional.

Por último, las amenazas de acción militar unilateral contra Irak no sólo han hecho más profunda que antes la brecha entre Washington y el mundo árabe sino que han aislado diplomáticamente a los Estados Unidos de prácticamente todos sus principales aliados internacionales.

Lo anterior es el saldo de un año de errores y bravuconadas del gobierno de Bush guiadas por la prepotencia y la revancha en vez de por la autocrítica y el afán de justicia y paz duradera.

Si a alguna reflexión debe movernos la conmemoración de la tragedia del once de septiembre debe ser a la de llamar a la cordura al gobierno de Washington y lograr que se detenga esta desbocada carrera hacia el abismo de la guerra y la destrucción.

El mejor amigo del pueblo norteamericano es el que le llama la atención a su gobierno sobre las consecuencias de su conducta y no aquellos que por falsa "solidaridad" estimulan con su aplauso o su anuencia la marcha hacia el desastre.