"Hay quien traslada que defender la identidad de las personas y los pueblos es algo antiguo, anticuado, que está reñido con el progreso. No, no es así. Las personas y los países que no defienden la identidad en el siglo 21, son como las barcas a la deriva. No tienen puerto. Defender la identidad no es mirar hacia el pasado, es fundamentalmente construir el futuro".

Esta fue una de las reflexiones hechas por Juan José Ibarretxe, en la actividad que ofreció el Partido Independentista Puertorriqueño en el Ateneo de Puerto Rico, en ocasión de su visita a nuestra patria la semana pasada.

El verdadero lehendakari, que, aunque siendo su partido mayoritario, no preside ya Euskadi debido a las alianzas impuras de los que responden a los que le niegan al pueblo vasco su derecho a la autodeterminación, insistió en que el punto de partida para el desarrollo económico y político de todo pueblo es la afirmación de la identidad propia.

El pueblo vasco, al igual que el puertorriqueño, ha tenido que combatir el intento de acabar con su identidad, su cultura y su lengua. El pueblo vasco, al igual que el puertorriqueño, ha tenido que enfrentar la intervención extranjera, que ha intentado negar su existencia. El pueblo vasco, al igual que el puertorriqueño, sabe luchar y tiene, como decía el patriota José de Diego, "a fuerza de recorrer los mares, la frente acostumbrada a la tormenta". Su constancia y perseverancia, como la nuestra, han sido claves para preservar su identidad propia y su nacionalidad.

Hay quien quiere hacer creer a nuestro pueblo que no somos capaces de mandar en nuestra propia tierra y promueven la idea de que somos muy pequeños para dirigir nuestro destino. Al igual que el independentismo puertorriqueño, Ibarretxe responde: "Las personas y los pueblos no se miden por pies cuadrados. La existencia o no del pueblo puertorriqueño no está relacionado con que tengáis cien mil kilómetros cuadrados o nueve mil kilómetros cuadrados. Al igual que las personas no se miden por los metros. Hay personas de dos metros pequeñas y personas de metro y medio muy grandes, personas gigantes. Con los pueblos pasa igual". El pueblo puertorriqueño, al igual que el vasco, es gigante. En nuestras respectivas luchas hemos tenido que enfrentar los miedos y los mitos de los que se oponen a nuestra libertad. Ambos pueblos compartimos el vejamen antidemocrático de no ejercer el derecho inalienable de todo pueblo a su autodeterminación e independencia.

Es evidente que, en Puerto Rico, la colonia carece de legitimidad democrática y que su culminación es la estadidad. Es una amenaza a nuestra identidad nacional y adversa a nuestros intereses nacionales. Ambas opciones atentan contra nuestro potencial de desarrollo económico y fomentan la dependencia y su secuela, que es el deterioro social.

La independencia es la afirmación política de nuestra identidad, el instrumento para construir el futuro. Desde el punto de vista económico, la independencia lejos de alejarnos del resto del mundo como lo hace el ELA colonial, lo que haría es integrarnos al mundo. La integración económica mundial del siglo 21, permite concluir que el desarrollo económico va de la mano con la independencia de los pueblos. El tamaño no es impedimento. En el mundo actual, la ventaja de desarrollo económico y social la tienen las naciones con menos territorio y étnicamente homogéneas, como Puerto Rico.

Más allá de las coyunturas electorales, las corrientes de la historia están a favor de la independencia nacional. Nuestra lucha, sacrificada y dolorosa, como la del pueblo vasco, es también una lucha digna y gloriosa. Por eso, hoy más que nunca, como nos dijo el lehendakari: "¡Aurrera, beti aur re ra ! " ¡Adelante, siempre adelante!