Las luces de emergencia se activaron en el ancho pasillo

Por: Juan Mercado Nieves,
Secretario adjunto de Asuntos Internacionales del PIP
Publicado en El Vocero
4 de febrero 2016

juan mercado nievesUn 24 de diciembre de un año pre-electoral, el viejo caudillo se paseaba por los pasillos vacíos del vetusto edificio de Puerta de Tierra, donde ubica el partido por el que gobernó. Había sido un día difícil, pues el partido encaraba las vicisitudes políticas de una recesión que se convertía en depresión. Mientras caminaba por los anchos pasillos vacíos, pensaba en los años en que no se podían atravesar, pues estaban repletos de los vividores de la proximidad al poder. Él, miembro de la casta gobernante, ahora vagaba en el recuerdo por los fantasmales corredores repletos de fotos que ofrecían testimonios mudos del pasado.

Se detuvo frente a la foto que colocaba al fundador del ELA izando la bandera, 54 años después de que las tropas de la metrópolis invadieran la Isla. El fundador, flanqueado por generales y almirantes, miraba hacia el cielo mientras sostenía las cuerdas que harían ondear a la bandera al lado de la de la metrópolis del norte. Sonrió para sí y sintió la satisfacción que él mismo experimentó cuando 28 años atrás recibió a los reyes y luego presidió un desfile bajo palio en una exposición universal celebrada en España. Lleno de satisfacción, pensó en voz alta: “¡Qué años aquellos, mientras gobernaba, el pueblo era feliz y disfrutaba del ELA que se ve!”

Sintió un apagón y flaqueó, pues, estaba sin escolta. Las luces de emergencia se activaron en el ancho pasillo. Al final, al lado del retrato de la alcaldesa que trajo nieve derretida, percibió una sombra. Asustado preguntó: “¿Quién anda ahí?” Nadie contestó. Entonces, las luces prendieron y a apagaron. Percibió que se le acercaba un enano oscuro de sonrisa amarilla, vestido de esmoquin, que con voz suave le presentó sus credenciales. El individuo expresó haber participado de la construcción del “ELA que se ve” y que le ayudaría a recordar el pasado. De la mano del enano, revivió con terror, cómo la bandera que el fundador izó en 1952 había sido usada para trapear pasillos de cuarteles, así también los años de La Mordaza, la persecución política y del encarcelamiento al liderato del movimiento independentista, como parte de la estrategia para cimentar el “ELA que se ve”. Vio también cómo se sucedieron otros caudillos y cómo para dar una apariencia de democracia, se sirvieron para crear una alternancia que nada cambiaba. El enano le dijo cómo con en el ELA que se ve, rojos y azules hicieron patente que las cosas cambian para seguir siendo iguales. De igual forma, trajo a la memoria del caudillo, cómo se maquillaba el modelo económico para dar estabilidad política a la Isla, mientras el gran capital extranjero saqueaba sus ganancias, a costa del endeudamiento del país y su guetificación. El enano le recordó que ese es el “ELA que no se ve”. “Tú y los que han ocupado tu silla por mucho tiempo han sido nuestros socios y sabiéndolo, han mirado hacia el lado.” – dijo el enano sin desdibujar su amarilla sonrisa.

El caudillo corrió despavorido y sacando fuerzas de donde no tenía, subió de un tirón las escaleras que llevaban a su oficina. Falto de aliento, al cerrar la puerta escuchó que estaba tocando el timbre del fax. Se acercó para ver qué se estaba recibiendo. Leyó el epígrafe del escrito, venía del procurador general de la metrópoli. Como abogado que es, entendió con claridad que detrás de la argumentación leguleya, la metrópoli había abandonado la pantomima de que el “ELA que se ve” contaba con soberanía por lo que quedaba al descubierto la realidad colonial de Isla. El caudillo entendió que acababa de encarar al fantasma del futuro del ELA: un cadáver insepulto.