EL PASADO jueves, 8 de febrero, detuve mi automóvil ante un semáforo y a mi derecha se detuvo un joven puertorriqueño de algunos 25 años en su carrito. Como tantos otros que recuerdan el mensaje del Partido Independentista Puertorriqueño del año pasado, el joven me saludó afablemente y vi, detrás de una sonrisa algo triste, que quería comunicarse. Bajé el cristal de la ventanilla y le pregunté cómo le iba todo y, con su amable sonrisa y un suspiro, me dijo:

"Bien, pero... -y aquí sus ojos se apagaron cuando añadió- ya usted sabe, buscando trabajo."

Me impactó su tono de tristeza y resignación. De momento recordé el titular de El Nuevo Día de esa mañana: "Despedidos 2,185 trabajadores... Perdidos 5,200 empleos desde diciembre."

Sentí en la frustración del joven aquello que un poeta cubano llamó "la rabia simple del hombre silvestre". Y me dio coraje.

La prensa ese día informaba también que la pérdida de empleos indirectos en la economía local por los cierres y despidos en el sector industrial podría superar 10,500 puestos adicionales. Según la portavoz de la corporación norteamericana dueña de las fábricas responsables por las más recientes cesantías, los cierres y los despidos se debían, entre otras cosas, al aumento en la competitividad de otros países, a la eliminación paulatina de los incentivos contributivos federales de la Sección 936 y a la incertidumbre en torno a la Sección 30-A.

Al día siguiente, me enteré de que el Secretario de Desarrollo Económico de Puerto Rico descubría el Mediterráneo: Puerto Rico tenía "un problema" y habría que resolverlo "de una vez y por todas". Luego el Comisionado Residente le hizo eco, afirmando que propulsarían en Washington un nuevo incentivo contributivo ante el Congreso.

Casi pasa desapercibido que en Estados Unidos también están cerrando empresas y cesanteando trabajadores. En estos días el New York Times destacó que, en el renombrado "Silicon Valley" de Nueva York, la compañía Razorfish cesanteó 400 trabajadores; la compañía consultora Predictive Systems, 130; Barnesandnoble.com, 350; y varias empresas de tecnología, 215 más. La RCN Corporation anunció que recortaría la construcción de una red de cable y trataría de vender su negocio de Internet. La compañía Bluefly fue objeto de un "takeover" corporativo por parte de GoRefer.com y por ende cerraría sus operaciones. Y así por el estilo en Nueva Jersey y otras regiones de Estados Unidos.

Y me dio coraje. ¿También por falta de la Sección 936, que nunca aplicó en EE.UU.? Claro que no. La pérdida de la Sección 936 y la incertidumbre que subsiste con respecto a la 30-A son factores en Puerto Rico. Pero cuando una fábrica cierra en EE.UU., ¿a dónde se va? La contestación es sencilla: adonde mismo se van las que cierran en Puerto Rico - a lugares de mayor competividad. Aunque la enorme economía de EE.UU. tiene más capacidad que la de Puerto Rico para absorber las cesantías en otros trabajos, las fábricas que cierran en EE.UU. y en Puerto Rico se van a otros países independientes en vías de desarrollo. Puerto Rico podría ser uno de ésos.

Ciertamente, me dio coraje la ceguera y ventajería política de los gobiernos que por más de 25 años ignoraron las advertencias del PIP sobre la necesidad de un nuevo modelo de desarrollo integrado y prefirieron ponerle parches a las resquebraduras de nuestra economía de dependencia. Ahí está la experiencia de países independientes como Singapur, Corea, Barbados, Trinidad y Tobago y muchas economías más de pequeña escala que, con mayor población o menor extensión territorial que Puerto Rico, pero con los poderes de la soberanía lograron insertarse en la economía global y superar la dependencia. En menos de 20 años, sobrepasaron el desarrollo económico de Puerto Rico, mientras Puerto Rico no ha podido sobrepasar a nadie.

Desde el Senado, el senador Rubén Berríos, y después de él, el senador Fernando Martín, y después nuevamente Rubén, y después también este servidor, hemos venido planteando la necesidad de empezar nuestra reestructuración económica con una revisión abarcadora de la Ley de Incentivos Industriales. Señalamos la útil disponibilidad del crédito por contribuciones extranjeras de la Sección 901 del Código de Rentas Internas federal, y la necesidad de combinarlo con nuevos incentivos bajo nuestro control para reproducir los beneficios de la derogada Sección 936, sin depender del Congreso.

Evidentemente, sin los poderes de la soberanía siempre nos quedaremos cortos de nuestro potencial de atraer inversiones extranjeras, inclusive las de EE.UU. Más aún, cualquier adelanto adolecerá de la incertidumbre que implica estar bajo los poderes plenarios del Congreso de EE.UU., que podría derogar hasta la aplicación de la Sección 901 al ELA territorial. Pero de inmediato, podríamos empezar a crear la estructura para un desarrollo económico de futuro y evitar que jóvenes trabajadores, en la economía dependiente y frágil de la colonia, se queden en la calle.

POR ESO la semana pasada, el senador Martín de nuevo radicó cuatro medidas (ver P del S 89, P del S 90, P del S 122 y la R del S 10) legislativas encaminadas a incentivar la economía del país y revisar el programa de incentivos industriales, sin depender del trato contributivo preferencial que queda a merced del gobierno americano. Y cuando el Secretario de Desarrollo Económico culpó -con razón- a la administración pasada por no creer de corazón en la permanencia de los créditos contributivos federales incompatibles con la estadidad, recordé, con más coraje, el tiempo perdido por gobiernos anteriores, que igualmente se conformaron con parches con tal de no destetarse de la dependencia del ELA colonial. Mientras no contemos con los poderes que necesitamos, Puerto Rico correrá el peligro de resquebrarse en los vaivenes del país que nos controla.

Este gobierno tiene la responsabilidad moral de confrontar nuestro problema de subordinación política y económica de manera integral. Los atribulados jóvenes que ahora buscan trabajo se lo merecen.