Como últimamente los críticos habituales del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) se disfrazan de analistas para tergiversar la trayectoria del PIP, es imprescindible proponer una visión más balanceada.

Desde la oficialización del llamado Estado Libre Asociado en 1952, el PIP ha denunciado su naturaleza colonial. Más aún, la legitimidad y gravitación política de este partido han contrarrestado el crecimiento anexionista, alimentado por la subordinación política y la dependencia económica del ELA. El PIP también ha padecido durante décadas el discrimen y la persecución ideológica por parte de gobiernos coloniales, cómplices de las agencias de inteligencia de EE.UU. Los más recientes allanamientos –torpes, abusivos y prepotentes– del Negociado Federal de Investigaciones (FBI) contra independentistas y miembros de la Prensa resaltan la naturaleza colonial del ELA. No obstante, el PIP ha seguido denunciando al gobierno norteamericano y su engendro colonial.

Desde su fundación hace 60 años, el PIP ha defendido y sustentado el derecho inalienable de Puerto Rico a su autodeterminación e independencia en todos los foros –desde la ONU, la Internacional Socialista, la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPPAL) o la Asamblea Legislativa, hasta la más reciente gesta contra la Armada de Estados Unidos en Vieques. El PIP ha dado la cara por nuestro pueblo inclusive en las aulas del propio Congreso de Estados Unidos en Washington.

Los procesos de estatus en el Congreso en los que el PIP participó en la década del 90 fueron aleccionadores. Desde el primer día del proyecto Johnston (1989-1991), el gobernador del ELA se abrazó a la soberanía de Estados Unidos sobre Puerto Rico y rechazó denodadamente cualquier forma de soberanía propia. La imposibilidad práctica de la incorporación como estado federado quedó demostrada por los requisitos económicos y las imposibilidades lingüísticas y culturales que afloraron en los debates congresionales del Proyecto Young (1994-1998). Y la viabilidad económica de la independencia como opción de progreso en el libre comercio internacional –según los estudios realizados por organismos del propio Congreso– surgió destacadamente en ambos procesos y sirvió para despejar engaños.

Consciente no obstante de las dificultades de iniciar un proceso de descolonización desde Washington, el PIP apoyó posteriormente varias iniciativas desde Puerto Rico. Presentamos proyectos de ley en Cámara y Senado, en el 2000 y de nuevo en el 2005, para una Asamblea Constitucional de Estatus de verdad. Apoyamos la creación de un Comité de Unidad y Consenso bajo la pasada administración del Partido Popular no obstante la terca negativa del liderato del PNP, hasta que la gobernadora de entonces se desnudó en su inmovilismo.

Hace un año, ante el "impasse" de una legislatura empeñada en un plebiscito federal y un gobernador aferrado a un concepto fatulo de asamblea constituyente (que no implantó el año anterior desde la presidencia de su partido, a pesar de tener mayoría legislativa), el PIP propuso la única iniciativa de estatus en nuestra historia que ha contado con el apoyo de los tres partidos. La Asamblea Legislativa aprobó por unanimidad exigir del gobierno de Estados Unidos un compromiso de responder al requerimiento de un estatus no colonial, no territorial y plenamente democrático, antes del 31 de diciembre de 2006. El gobernador mintió (y sabe que mintió) al empeñar su palabra y luego vetar el proyecto. Pero a pesar de su mentira, el significado de la acción legislativa fue inconfundible: después de Vieques, los puertorriqueños exigimos de EE.UU. un compromiso de descolonización.

La consecuencia de la acción legislativa no tuvo que esperar hasta diciembre del 2006. El Grupo de Trabajo (‘Task Force’) del ejecutivo creado por el presidente Clinton a instancias del presidente del PIP tras la reunión del 2000 de los líderes puertorriqueños en Casa Blanca –y adoptado por su sucesor– respondió en diciembre del 2005. El informe admite que Puerto Rico es todavía un territorio colonial bajo los poderes plenarios del Congreso, y recomienda legislación federal para votar en dos etapas: colonia, sí o no; y luego por una opción no colonial y no territorial.

Resulta patético ahora escuchar al liderato Popular lamentarse ante el yanqui con la indignación del cónyuge burlado por el "insulto" de la admisión del coloniaje al que ellos por décadas han consentido. Pero más inmorales que patéticos resultan los que aún pretenden identificarse como independentistas cuando ahora se cantan "ofendidos" porque el Imperio admite el coloniaje que ellos antes denunciaban.

Traicionando el respeto que muchos les habían confiado, estos ex independentistas que antes posaban de "radicales" ahora, por la sordidez de sus rencores o a cambio de prebendas, han optado por la salida menos honrosa. Se han entregado a la función bajuna de los enemigos de la independencia, de intentar mancillar al PIP y su liderato.

Que quede claro: el PIP irá a Washington cuantas veces sea necesario. Seguirá consolidando el apoyo internacional a nuestro derecho inalienable a la autodeterminación e independencia. Y comparecerá nuevamente a las elecciones para adelantar nuestros objetivos y combatir a los que, habiendo perdido el rubor y la vergüenza, se arropan con un manto seudo independentista y apoyan públicamente a los colonialistas.

Ya ellos han comenzado su campaña de apoyo al Partido Popular para el 2008. Nosotros continuaremos con la nuestra para adelantar la independencia.