Han pasado más de treinta años desde mi primera visita a Montreal para coincidir con un amor de mi adolescencia que se desvaneció, allí, como esos años de mi vida. Pasé también una inolvidable parte del verano de 1967 con mi hermana en la Universidad de Laval, en la ciudad de Québec. Además en esos años se aceleré mi evolución política hacia el independentismo de mi país. Luego participé con el presidente del Partido Independentista Puertorriqueño en el Congreso que celebró la Internacional Socialista[1] fuera del territorio europeo por primera vez en su historia, en Vancouver, British Columbia, en 1978. Posteriormente, mientras viví en Cambridge, Massachusetts, viajé en auto varias veces, primero a Montreal con mi esposa e hija mayor, y luego a la ciudad de Québec, cuando ya mi hija menor venía de camino, a mediados de la década de 1980.

Cuando regresé diez años después a esas latitudes como parte del esfuerzo por demostrarle a mi hija menor lo que a menudo muchos en nuestro país olvidan —que hay horizontes más allá de los Estados Unidos—, la ciudad de Québec bajo su mágica blancura de diciembre me hizo irresistible querer conocer mejor a ese país y su gente.

A partir de ese viaje, he vuelto a Québec —aunque no tan a menudo como quisiera— como emisario del Partido Independentista Puertorriqueño. En este nuevo contexto he conocido a varios funcionarios y políticos del gobierno y del Parti Québécois. Gracias a la hospitalidad que tan generosamente me brindaron —desde el Primer Ministro, la Secretaria General, diputados y funcionarios del “PQ”, hasta los dueños y empleados de hoteles y restaurantes en grandes ciudades y pueblos pequeños— he logrado entender mejor la lucha por la independencia de Puerto Rico ayudado por la óptica del espejo del “otro”.

Todos estos factores me han llevado a escribir este ensayo, a manera de un modesto esfuerzo por provocar una mayor reflexión sobre nuestra condición colonial frente a Estados Unidos, y por despertar interés en nuestro país por tender un nuevo puente hemisférico de solidaridad entre Québec y Puerto Rico. La frase de “dos soledades”, a la que alude el título, se ha utilizado en el contexto de la incómoda coexistencia entre los anglófonos y los francófonos en Canadá. Su origen proviene del escritor Hugh MacLennan y su novela así titulada.[2]

La metáfora sugiere la casi total indiferencia de un grupo hacia el otro —una actitud observable en su interacción cotidiana. Esta indiferencia se manifiesta cuando un francófono apenas distingue un conciudadano anglófono de un turista estadounidense que conversa con otro al lado suyo. A veces, como visitante, se me hacía difícil distinguir a cuál de los anglófonos —al canadiense o al estadounidense— trataba con más resignación que cortesía.

Otra metáfora un poco más antigua pero igualmente vigente, especialmente entre quebequenses más denodadamente políticos, es la de una escalera doble por donde transitan los dos grupos hacia sus respectivos destinos. Sin conocerse, sin encontrarse, sólo se enfrentan —más bien, tropiezan— en los rellanos de la política.[3]

En términos sociales y literarios, las dos escaleras hacen de ambas sociedades canadienses más extranjeras la una con respecto de la otra que la inglesa y la francesa en el continente europeo. Los anglófonos canadienses —anglais o «ingleses”— son para estos francófonos unos “acomplejados” frente al expansivo y expansionista vecino sureño. Quieren distinguirse —insisten— del americano estadounidense sin tener realmente “identidad propia”. Esto los ha llevado a catalogar ocasionalmente a sus cohabitantes anglófonos como américains honteux —“americanos avergonzados”.[4]

Este severo juicio de estos quebequenses acerca de sus conciudadanos de habla inglesa (los que he conocido generalmente se distinguen de los “americanos”[5]), es síntoma de un mal de fondo que se desprende de su historia.

 

II

 Canadá fue “descubierta” por Jacques Cartier en 1534 y es-tuvo bajo el dominio francés hasta 1759;[6] pero no es hasta 1608 que ocurre la fundación de la ciudad de Québec por Samuel Champlain. En 1663 pasó a estar bajo el control directo del rey de Francia y vino a llamarse la Nueva Francia. La corona francesa dominó entonces su desarrollo político. “La Nueva Francia fue una proyección -deliberada y oficial— en el nuevo mundo de una sociedad dinámica y autoritaria en la cúspide del poder.”[7]

Sin embargo, el absolutismo francés en Canadá empezó a tomar contornos diferentes desde el principio por la geografía y la naturaleza de los que a ella venían a refugiarse del restrictivo orden social europeo. La abismal distancia en refinamientos y riquezas entre nobles y campesinos de Francia no sobrevivió intacta la larga travesía transatlántica al establecer su estructura de orden social en América entre seigneurs y habitants. De esas raíces feudales del siglo XVII surgió, no obstante, la adaptación de instituciones sociales, políticas y religiosas en la Nueva Francia.[8]

El transplante no fue perfecto. La corona francesa no le permitió a los seigneurs las prerrogativas y poderes que había acaparado la nobleza en Francia. Por eso la condición de los habitants era un tanto más benigna que la de los campesinos del viejo mundo. La exploración y la agricultura eran las actividades económicas principales en el nuevo. Pero sobre todo, el comercio de pieles, controlado desde Francia, dificultaba el transplante y consolidación de las instituciones feudales tradicionales.[9]

Sin una clase propiamente mercantil, los pocos capitalistas que habían logrado algún arraigo en la Nueva Francia quedaron desplazados con la conquista británica de 1759. A raíz de la capitulation[10] de Québec en esa fecha y de la de Montreal un año después, subsistieron casi exclusivamente tan sólo algunos elementos de instituciones feudales fuertes. El dominio de la Iglesia Católica (que amplió de inmediato su ámbito de poder), los seigneurs, la lengua francesa y la tradición romanogermánica del sistema de Derecho, por ejemplo, sobrevivieron con persistencia a la conquista.[11]

Con la partida de los comerciantes y oficiales franceses, el impulso para la modernización burguesa disminuyó considerablemente. Las instituciones tradicionales sobrevivieron a expensas de las fuerzas vivas con las instituciones coloniales británicas incongruentemente sobreimpuestas.[12]

Estas pinceladas históricas de los primeros años de existencia canadiense bastan para darnos una idea de las fuerzas que continuarían en pugna por la hegemonía social de este pedazo de Norteamérica. Los francófonos y los anglófonos se distinguirían, por lo tanto, no sólo lingüísticamente, sino también ideológicamente,[13] por su visión de mundo. El triunfo militar inglés por tanto cristalizó estas diferencias en el hecho político del Tratado de París de 1763 que, inicialmente, redujo las fronteras de la provincia de Québec de manera considerable, y suprimió el Derecho civil francés y el ejercicio del catolicismo.

Sin embargo, la lucha política que ha abarcado siempre el choque cultural y el ideológico logró recobrar, mediante el Acta de Québec de 1774, casi todas las antiguas fronteras de la Nueva Francia para la provincia de Québec, el Derecho civil y la religión católica. En los años siguientes y hasta el .1791, los ingleses y los canadienses libraron luchas feroces, éstos por mantener en vigor el estatuto y aquéllos por derogarlo.

En 1791, Inglaterra adoptó el Acta constitucional que creó dos regiones: la Alta Canadá (Haut—Canada), británica en su totali­dad, y la Baja Canadá (Bas—Canada), “canadiense” (entiéndase francófona) en un 93%.[14] Ambas provincias fueron estructuradas con instituciones políticas idénticas, pero separadas. Las mismas consistían, por un lado, de una asamblea legislativa electa, y por el otro de dos Concejos, uno ejecutivo y uno legislativo, nombrados por la corona, ambos con poderes adjudicativos. Así se sustituyó el Derecho público francés con el Derecho público inglés.[15]

La experiencia parlamentaria posterior confrontó a la mayoritaria delegación legislativa de la Baja Canadá con las limitaciones de poderes de una nación que ha sido privada del poder político de un estado nacional. Como señala una autora anglófona: “En un país dependiente los que buscan el progreso político suelen verse como desafectos”;[16] y los ingleses desconfiaban de cualquier reclamo de representatividad democrática y cambio político.

La bancada mayoritaria del Parti canadien -que se transformó en el Parti patriote en 1826— se vio frustrada en sus intentos legislativos por los Concejos, integrados por adeptos del Partido inglés (Parti anglais). Los patriotes recurrieron entonces a la obstrucción parlamentaria de la aprobación del presupuesto. Cuando en 1837 el Parlamento británico le autorizó al representante de la corona el uso de fondos públicos sin autorización legislativa, el Parti patriote finalmente convocó a las armas.

Como es lógico, la insurrección armada fue de último recurso. Bajo el liderato de Louis-Joseph Papineau, presidente de la Asamblea legislativa de 1815 a 1823 y de 1825 a 1837, así como presidente del Parti canadien, y luego del Parti patriote, se agotaron las vías pacificas. Durante los tensos meses que precedieron a la Rebelión de 1837, Papineau desalentó la violencia y, por el contrario, estimuló las luchas constitucionales y la resistencia a las clases dominantes mediante el boicot de productos ingleses para hacer valer los derechos de los francocanadienses y ampliar su poder político hasta la plenitud de la independencia.[17]

La Rebelión de 1837 fue derrotada en 1838, no sin que antes se emitiera la Declaración de Independencia de la Baja Canadá. La misma ordenaba una forma republicana de gobierno y, entre otras cosas, establecía igualdad de derechos para todos los ciudadanos, así como para la población indígena, la separación de iglesia y estado, la libertad de prensa, el juicio por jurado, la educación pública como obligación del estado, elecciones mediante el voto secreto, y la elección de una convención constituyente tan pronto las condiciones lo permitieran.[18]

El proyecto independentista se inspiró liberalmente en las Cartas de derechos y libertades adoptadas en la revolución americana de 1776 y en la francesa de 1789:

 

Esta tendencia a inscribirse en los grandes movimientos del pensamiento, de la acción y de la organización política esparcidos por el mundo en un momento dado de la historia es una de las constantes más notables de la lucha por la independencia de Québec.[19]

 

El movimiento revolucionario por parte de los patriotes gozaba de amplio respaldo en la región de Montreal, mucho más extensa entonces que los confines actuales de la ciudad del mismo nombre. Surgió dentro del contexto de los aires descolonizadores del siglo XIX en nuestro hemisferio, donde los estados independientes constituyeron la organización política universal, armonizando los intereses de la nación con los del estado soberano que la personifica jurídicamente en su plenitud política.

Ausencia de heroísmo no hubo. Marie—Thomas Chevalier de Lorimier, abogado oriundo de Montreal, militante y dirigente del Parti patriote, fue ejecutado junto a otros patriotas por sus actividades independentistas a los 34 años de edad, quedando sus hijos y esposa en la pobreza absoluta. En su testamento político en vísperas de su ejecución en 1839, escribió Lorimier:

 

No me quedan más que unas horas de vida, he querido repartir este tiempo precioso entre mis deberes religiosos y los que le debo a mis compatriotas; por ellos muero en el cadalso de la muerte infame del matador sangriento, por ellos me separo de mis hijos aún pequeños y de mi esposa sin dejarles sustento, y por ellos, muero excla­mando: ¡Viva la libertad, viva la independencia![20]

De igual manera, Charles Hindelang, protestante, nacido en París de padres suizos, que emigró a Estados Unidos desde donde descubrió la lucha de los patriotes de la Baja Canadá, se unió a las fuerzas independentistas. También condenado a muerte en 1839, escribió de madrugada, horas antes de su ejecución:

 

¡Libertad, libertad, qué hermoso sería seguir sufriendo por ti, qué hermoso sería hacerle entender a los canadienses toda la fuerza y el valor que reciben sirviéndote los que te aman!

Despierta entonces, canadiense, ¿no escuchas tú la voz de tus hermanos que te llaman? Esta voz sale de la tumba y no te pide venganza, sino que te exhorta a la libertad, y que basta con quererla . .

No, no, la muerte no tiene nada de horroroso, cuando deja a su paso largos y gloriosos recuerdos.[21]

 

En 1840, tras la supresión de la insurrección canadiense, la Reina Victoria aprobó el Acta de Unión (Union Act). Este estatuto estableció el inglés como único idioma oficial, ordenaba la igual representación de la Alta y la Baja Canadá en la legislatura, a pesar de que ésta era de mayor población, y fusionó su deuda, a pesar que era mucho menor, con la de la Alta Canadá.

Las manifestaciones de resistencia cultural no se hicieron esperar. Apenas ocho años más tarde, en otro de tantos episodios de adelantos y atrasos de la lucha quebequense, se derogó la prohibición del uso del idioma francés. Poco después, en 1858, comenzó a debatirse un proyecto para unificar las restantes colonias británicas de Norteamérica en una llamada “confederación” de provincias, cada una con plena autonomía para la administración de sus asuntos internos, estipulando que la Alta y Baja Canadá constituirían entidades diferenciadas.

Así se produjo el intento mediatizador de la unión federal. El British North America Act (BNA) de 1867 fue una especie de “Ley Básica” para gobernar el territorio, dizque a manera de un “pacto” entre los anglófonos y los francófonos, para restituirle a Québec poderes de provincia dentro de una federación, asegurando la injerencia británica en Canadá por el próximo siglo.

La naturaleza del “pacto” no ha estado exenta de controversia. Al asignar los asuntos relacionados con educación al ámbito de las legislaturas provinciales, el BNA le devolvió la autonomía a Québec, insinuando para algunos un pacto implícito entre las élites inglesas y francesas. De esta forma aquéllas dominarían en lo económico y éstas en lo cultural de la vida en Québec.[22]

Para otros, la votación cerrada en la legislatura de la Baja Canadá establecía una base en extremo frágil sobre la cual fundar cualquier acuerdo duradero. La aceptación del arreglo por tanto se fundó, tambaleándose, sobre un alegado “malentendido”.[23] Los quebequenses creyeron por un lado que la federación les garantizaría para siempre su autodeterminación, mientras que los otros creían que solidificaban un gobierno central fuerte.[24]

La federación presuponía una inevitable cordialidad anglo-francesa tras sacar las controversias étnicas del ámbito federal y relegarlas a las provincias. De acuerdo con un historiador:

 

[L]o más que podría decirse sobre la confederación es que, mientras claramente trataba de atender las necesidades tanto de canadienses ingleses como franceses, no proveía un trato detallado que estableciera las condicio­nes del acuerdo.[25]

 

No es de extrañar, por lo tanto, que la idea de la federación como pacto surgiera después del hecho.

 

III

Un recuento y análisis de los aspectos históricos y legales del desarrollo del independentismo quebequense durante el último siglo desde el BNA están más allá del propósito de este ensayo. Sin embargo, conviene destacar que el atractivo mayor del BNA residía en la autonomía política que le reconocía por fin a la mayoría francófona de Québec, permitiéndole salvaguardar su carácter distintivo dentro de un sistema político descentralizado.[26]

Las bases de conciencia nacional que sentó la lucha independentista durante los doscientos años desde la capitulation de Québec[27] hasta el BNA, y los conflictos entre Québec —en torno al ejercicio de sus poderes— y el gobierno central desde entonces, abonaron las profundas raíces del nacionalismo quebequense que culminó con el más reciente referéndum sobre la soberanía de Québec en octubre de 1995, donde las fuerzas soberanistas lograron 49.5 por ciento de los votos.[28]

El “pacto”, si alguno hubo por razón del BNA, fue objeto de interpretaciones encontradas o, en el mejor de los casos, de deficiente concepción, ya que durante las primeras décadas de la existencia del estatuto, Québec permaneció aislada del resto del mundo por los anglófonos. Menospreciados desde el principio, y casi totalmente excluidos de las tomas de decisiones fundamentales sobre la paz y la guerra, el comercio, y el desarrollo industrial, los francocanadienses se dedicaron a la survivance —la sobrevivencia.

Las semillas sembradas por quebequenses ilustres como Papineau y Hindelang en el siglo X1X[29] comenzaron a germinar desde principios del siglo XX,[30] desembocando en la “revolución tranquila” del gobierno de Québec a partir de la década de 1960. Esta etapa propició una serie de “transformaciones de la vida política, social y económica acompañada de un activismo estatal sin precedentes,”[31] que pusieron fin al aislamiento de la survivance.

Desde la primera mitad del siglo XX, el desarrollo en las artes, la literatura y la política tomó un matiz cada vez más claramente nacional, hasta el surgimiento de un independentismo organizado en la década de 1960. El nacionalismo en Québec se vinculó a partir de entonces, más con el territorio y el estado de Québec que con el origen étnico o la cultura de los francófonos de Canadá. “Fue el comienzo de un nacionalismo territorial, con el objetivo de crear un país de Québec como estado nacional.”[32]

 

La revolución tranquila fue primordialmente la toma de conciencia de que si íbamos a construir una sociedad moderna, es decir, una red de instituciones y comunicaciones que nos permitieran convivir en un mundo moderno, para expresarnos, para ponernos al día con lo que acontecía en otras partes del mundo, entonces había un lugar donde, como francófonos, podríamos tener éxito, y era en Québec, en territorio de Québec.[33]

 

En 1968, se fundó el Parti québécois, con René Lévesque presidiéndolo, para lograr la soberanía de Québec mediante un referéndum que habría de celebrarse en 1980, después de un período preparatorio durante la década de 1970. El proyecto fracasó cuando el 60% de los quebequenses le votaron en contra. El primer ministro federal, Pierre—Elliott Trudeau, había planteado que votar “No” en el referéndum equivalía a votarle “Sí” a Québec, tras prometer que habría de “repatriar” la constitución canadiense —hasta entonces meramente una ley del parlamento británico— para incorporar mediante enmiendas los intereses de Québec.[34]

En 1982, Trudeau y “los ingleses” renegaron de su promesa, y procedieron a “modificar unilateralmente, y a pesar de la oposición casi unánime de la Asamblea Nacional de Québec, la Constitución de Canadá, así como a reducir los poderes legislativos de Québec en ámbitos tan vitales como el idioma y la educación.”[35] En adelante, para recuperar los poderes autonómicos anteriores o lograr una enmienda a la Constitución, Québec necesitaría la aprobación de 7 de las 10 provincias con más del 50% de la población total de Canadá, además del concurso del Parlamento federal. Tampoco se le reconoció su identidad diferenciada al pueblo quebequense.[36]

Para mayor humillación política, la recesión mundial de principios de la década de 1980 contribuyó a que, por un tiempo, dejara de verse a Québec como líder de la “emancipación colectiva” de los quebequenses.[37] Irónicamente, la “revolución tranquila” culminó con las necesidades coyunturales que conllevó la périphérisation[38] -es decir, la disminución de la importancia económica de Québec dentro del contexto de Canadá, en que el capital anglocanadiense y estadounidense, pilares tradicionales de la economía, abandonaron Québec por Toronto en la integración económica de Canadá con Estados Unidos. Sin embargo, la “periferización” de Québec también trajo nuevas políticas gubernamentales, constitucionales, y obrero patronales, así como cambios fundamentales en legislación sobre el idioma, abriéndole paso preeminente a la población francófona en el mundo de los negocios mediante un enfoque intervencionista del estado.[39]

En 1985, el Parti québécois perdió las elecciones frente al Partido Liberal de Québec bajo el liderato de Robert Bourassa. Pero el problema constitucional de Québec siguió manifestándose en la política canadiense; y para tratar de reparar el daño que a Trudeau se le atribuye haber causado a la federación por el incumplimiento en 1982 de sus promesas de la campaña del referéndum de 1980, Brian Mulroney, su sucesor, intentó reintegrar a Québec al proceso constitucional con “honor y entusiasmo”.[40]

Bourassa, por su parte, formuló 5 condiciones mínimas[41] de interés para Québec en su agenda de negociación con los federales: (1) reconocimiento explícito de Québec como sociedad diferenciada; (2) poderes sobre la inmigración; (3) límites sobre los poderes fiscales del gobierno federal; (4) poder de veto de Québec sobre enmiendas a la constitución federal; y (5) participación en los nombramientos a la Corte Suprema federal.

El Acuerdo de 1990 del Lago Meech sobre estos cinco puntos fracasó al no ser ratificado por suficientes provincias. Y en 1992, Québec rechazó otro intento conocido como el Acuerdo de Charlottetown, por tampoco ofrecerle poderes adicionales y dejar en suspenso varias cuestiones constitucionales de importancia para los quebequenses. De esta manera, quedaron laceradas —posiblemente para siempre— las posibilidades de un acuerdo satisfactorio con Québec para salvar la federación.[42] El clima de desconfianza que se produjo llevó nuevamente al triunfo del Parti québécois en 1994.[43]

 

IV

Como sabe cualquiera que haya viajado a Québec, el francés no es una afectación; es el vernáculo. Cuando, fuera de los grandes centros urbanos, el inglés es una posibilidad, no deja de ser un esfuerzo. No se trata de una región donde predomina una etnia distinta al resto del país; es un país. Aun Daniel Johnson, líder de oposición del Partido Liberal de Québec en el referéndum de octubre de 1995 dijo que exigiría el reconocimiento de Québec como “sociedad diferenciada”, con poder de veto sobre cambios a la Constitución de Canadá.[44] Este discurso, que revive el espectro del fallido Acuerdo del Lago Meech,[45] demuestra que no se trata meramente de una provincia autónoma en una federación, sino de un pueblo, como lo es Puerto Rico, cuya identidad diferenciada la afirman aun los que al presente se oponen a su soberanía propia. Como Puerto Rico, Québec está en lucha por su descolonización.

En este contexto, es evidente que el independentismo quebequense no es un atavismo o un reducto folclórico. Para el “corazón del rollo” independentista del Parti québécois, la independencia nacional es postulado básico e inamovible para tender puentes en este hemisferio y para lograr la plena soberanía que hace posible una interdependencia balanceada.[46]

Las convergencias y diferencias históricas entre Québec y Puerto Rico surgen con bastante claridad de esta apretada síntesis, sin por ello agotar el tema. Sobresale la lección de la historia en relación con la posibilidad de Estados Unidos anexar a Puerto Rico como estado federado.

En Québec gobernaron los federalistas por 200 años. En Puerto Rico, sin embargo, han gobernado por sólo cien años —la primera mitad del siglo, los norteamericanos directamente y, durante los últimos cincuenta años, a través de fieles criollos. No obstante, quizás por no estar tan aislado culturalmente de su entorno latinoamericano como Québec de sus raíces culturales en Francia, Puerto Rico ha solidificado su identidad nacional más rápidamente.

De otra parte, el desarrollo económico de Puerto Rico está mucho más rezagado que el de Québec, en parte por carecer de mayores poderes autonómicos bajo el régimen colonial norteamericano en comparación con Québec como provincia de Canadá; y en parte por haber tenido a Estados Unidos como metrópolis durante la Guerra Fría, sometiéndonos a mayores tensiones globales que Québec.

Ahora comienza una nueva etapa de globalización económica en que los países pequeños tienen mayor flexibilidad que los países con economías de gran escala.[47] Además, Estados Unidos ha comenzado a replantearse su política doméstica[48] e internacional[49] tras el despilfarro militarista de la Guerra Fría. En ese contexto, la disminución de la importancia estratégica de Puerto Rico, junto al aumento de los costos de su dependencia económica podrían acelerar el proceso en que Puerto Rico reclame y obtenga los poderes que su actual condición colonial por tanto tiempo le ha negado.

Aunque en 1993, un referéndum sobre el status de Puerto Rico no arrojó mayoría para la integración como estado de la federación estadounidense aun después de 95 años de exaltación oficial de todo lo “americano” y subestimación de todo lo puertorriqueño, los resultados de afirmación cultural fueron considerados ambiguos por las autoridades federales que aún no se ponen de acuerdo sobre su expectativa para las relaciones futuras entre Puerto Rico y Estados Unidos.[50] Por su parte, en el referéndum de octubre de 1995 para obtener un mandato para negociar la independencia de Québec, los federalistas y los soberanistas se expresaron con igual claridad en cuanto a sus respectivas preferencias y expectativas.

Según una profesora de Ciencias políticas de la Universidad de Laval, el triunfo de los federalistas se obtuvo:

[A]l precio de una inflexibilidad decisiva desde el comienzo, tras múltiples promesas de cambio y declaraciones.de amor demasiado parecidas a los revuelos retóricos de un marido que le pega a su mujer sin querer que ella lo deje porque la ama.[51]

 

Dos altos funcionarios y un diputado del Parti québécois a la Asamblea Nacional en Québec se me quejaron en privado[52] de que el gobierno federal actuó abusivamente para afectar la votación en Québec. Según ellos, el gobierno de Ottawa otorgó selectivamente la ciudadanía federal a un número anormalmente alto de inmigrantes “étnicos”, residentes de Montreal, meses antes del referéndum de octubre de 1995. Según estas fuentes, la gran mayoría de estos nuevos ciudadanos llevaban mucho tiempo —años, algunos— en un “limbo migratorio”. El “agradecimiento” al gobierno federal por la naturalización, combinada con el juramento de fidelidad a la federación que conllevaba la adquisición de su nueva ciudadanía contribuyeron a que la abrumadora mayoría de ellos votara en contra de la soberanía de Québec.

Los francófonos de Québec, por su parte, también se expresa­ron con meridiana claridad. Aunque los soberanistas perdieron la votación por menos de 1% de la población total de Québec, obtuvieron el apoyo de 60% de los francófonos[53] con un lema de campaña transparente: Oui, et ca devient possible![54] Esta exhortación evocaba desde la tumba de Hindelang[55] el llamado a la libertad con sólo quererla.

A pesar de esto, allí tampoco se consideró concluyente el resultado de la votación. A menos de un mes de esa votación, el Primer Ministro federal, Jean Chrétien, pareció repetir el comportamiento de su antecesor, Jean—Pierre Trudeau, a raíz del referéndum de 1980:

 

La urgencia de actuar para responder a las promesas de cambio del primer ministro Jean Chrétien al otro día del referéndum parecen haberse disipado.

Los cambios que el primer ministro Chrétien prometió

—una sociedad diferenciada, el veto constitucional y la descentralización— permanecen, sostuvo ayer, pero se harán ‘en su tiempo y lugar’.[56]

 

Sin embargo, el referéndum de Québec de 1995 ha desacreditado la teoría sobre las virtudes del llamado multiculturalismo:

 

Con la desaparición de enemigos externos, y con los países híbridos ya sin el pegamento de los superpoderes hegemónicos, las pequeñas molestias y contratiempos existenciales de los matrimonios de etnias mixtas dentro de los estados nacionales se han vuelto cada vez más insoportables. De la antigua Yugoslavia a la antigua Checoslovakia a la antigua Unión Soviética, de Sri Lanka a Québec, la tendencia separatista es inexorable.[57]

 

No hay más que recordar que, a los pocos días de la votación de Québec, ya aparecían nuevos carteles por todas partes. Repetían el «Oui” del referéndum; pero no para hacerlo posible a largo plazo, sino a bientót!: “hasta pronto!”. Y según Lucien Bouchard, líder del Bloc québécois ante el parlamento federal, y Primer Ministro de Québec tras la dimisión forzada de Jacques Parizeau:[58]

 

Lo que tiene que penetrar en las mentes de la Canadá inglesa es que Québec se ha comportado como un pueblo el 30 de octubre y es a este nivel que tendremos que sostener discusiones.[59]

En el ámbito tropical, ante la identidad cultural y nacional distinta de Puerto Rico, cualquier proyecto de asimilación política y cultural con Estados Unidos también habrá de ser cada día menos atractiva para ambos países. Y la ambigüedad que ha caracterizado a Estados Unidos en torno al actual status político de Puerto Rico[60] deberá de encauzarse, tras el fin de la Guerra Fría, hacia una solución permanente a través de la soberanía.

 

V

En 1996, Québec y Puerto Rico experimentaron una nueva convergencia. El Parti québécois solicitó admisión como observador ante la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina (COPPPAL), fundada en Oaxaca, México en 1979.[61] Presidía la Comisión de Admisión de la COPPPAL ese año el puertorriqueño Rubén Berríos Martínez, vicepresidente fundador de la COPPPAL y presidente del Partido Independentista Puertorriqueño.

Podríamos estar ante el comienzo de una larga y fructífera relación entre Québec y Puerto Rico. Lo realmente importante que queda por ver, sin embargo, es cuándo, al final del ascenso de Québec y Puerto Rico por las escaleras de sus respectivas luchas, la realidad contundente del desarrollo de las nacionalidades logra romper con los últimos reductos de colonialismo en nuestro hemisferio.

Por lo pronto, la sobrevivencia de Puerto Rico y Québec como pueblos diferenciados de sus respectivas metrópolis federales, le recuerdan a la comunidad internacional el derecho de estas dos soledades a su autodeterminación e independencia —y lo realmente inalienable que en la historia ha probado ser ese derecho.