No ha sido la mejor Navidad para los defensores del Estado Libre Asociado, cuando la mano que hasta ahora les había alimentado el espíritu de sumisión, les ha regalado el sonoro golpe del informe del Grupo de Trabajo de Casa Blanca. Diez páginas sencillas, concisas y precisas en las que se recoge la resolución para el nuevo año del gobierno norteamericano: acabar con la colonia. Un documento así, cortito, como quien no quiere la cosa, pero con el peso político suficiente para aplastar los mil folios —desde las órdenes de arresto ilegales para apresar independentistas hasta las discusiones de la Constituyente —que se han utilizado para sostener el aparato colonial.

A cada cual le llegan sus horas buenas y malas, y el peor de los momentos para el ELA está por comenzar. Décadas atrás, era un delito decir que Puerto Rico era una colonia. Bajo la infame Ley de la Mordaza, se condenó a don Pedro Albizu Campos y a muchos otros por denunciar al régimen norteamericano y señalar a quienes lo apoyaban.

Hoy, en esas ironías que traen los procesos políticos, es un grupo designado por el presidente norteamericano el que le canta las verdades al ELA: es un status territorial, sin posibilidad de arreglo, y aún en una versión “mejorada”, inaceptable bajo la Constitución de los Estados Unidos. Su precariedad es tal que mañana pudiera el Congreso legislar directamente sobre asuntos locales o determinar por ley la estructura gubernamental de la isla—-que es como decir que pueden borrar de un plumazo la Constitución del ELA, la cual después de todo existe por virtud de una ley federal, no por ser un expresión de voluntad de los puertorriqueños. El progenitor del monstruo colonial al fin le llama por su nombre, para tras el bautizo renegar de su criatura.

La publicación del informe ha sido, de momento, motivo de júbilo para el sector estadista. No es para menos, cuando días antes el Lcdo. Luis Fortuño se había referido a los norteamericanos como el padre al que sus niñitos (o sea, los puertorriqueños) le debían respeto. Así que el Comisionado exhibe el desmesurado entusiasmo propio del hijo al que su papá, antes indiferente, al fin le dirige la palabra, con el natural resultado de no poder o no querer leer el entrelíneas.

Porque aunque el Informe indica que la estadidad es una de las dos opciones no territoriales para el destino final de Puerto Rico, igual subraya la potestad del Congreso de imponer las condiciones que estimen antes de admitir una petición de anexión, lo que podría incluir, como se intimó en el proyecto Young, un proyecto de transculturación a plazo fijo. También hay en el informe una advertencia velada hacia el estadismo, cuando el Grupo de Trabajo expresa sus reservas hacia la posibilidad de la libre asociación, diciendo que ese tipo de relación es viable con la Micronesia, que cuenta con sólo 136,000 habitantes (y que está al otro lado del mundo), pero quizás no sea “deseable o práctica” para cuatro millones de puertorriqueños. Si tienen esos reparos para una relación de simple asociación, ¿cuántos no van a tener para una de absoluta inclusión, como es la de la estadidad? Así que haría bien el sector estadista en decantarse por una mayor cautela; que después de todo, no sería la primera vez que un padre se desentiende de un hijo.

En el Partido Popular la gran mayoría no ha pasado la fase de la negación. A todas horas despotrican contra el informe que, para ser tan malo e inconsecuente, parece que les ha robado el sueño más de una noche. Por eso merece mención aparte el llamado a la cordura del alcalde de Caguas, William Miranda Marín, quien quizás por su trasfondo militar sabe entender mejor lo que quieren decir sus superiores cuando hablan. Ha dicho Miranda Marín que esto del ELA hay que repensarlo, pero en serio, considerando incluso la opción de soberanía separada.

Antes hemos visto disolverse estos señalamientos, y sabemos que el afán libreasociacionista en el PPD es débil y de mínima duración. La prueba es que los que se ufanan de ser “la izquierda” de la pava son los más escandalizados con el Informe, con lo que certifican su legítima condición de colonialistas. Pero esta vez de verdad viene el lobo, y por eso las palabras de Miranda Marín no deberían sonar a herejía en su partido.

De lo que se ha dado cuenta el alcalde de Caguas es de que cuando uno está de arrimado, como es la condición del ELA según declarado en el informe, es mejor irse a las buenas y con algo de elegancia que ser sacado de mala manera.

El “nuevo país”, sabe bien el alcalde Miranda, no será ya el que empieza después del peaje, sino el que tienen que plantearse los que hasta ahora habían querido burlar el curso del a historia, agarrándose de cualquier forma al status obsoleto de la colonia. Si hay de verdad voluntad descolonizadora en algún sector del PPD, si alguno de verdad cree en la auténtica soberanía, les llegó la hora: o siguen con el cuento colonial de Acevedo Vilá y Hernández Colón, o se animan con la propuesta de Miranda Marín.

Para el Partido Independentista el Informe llegó en el momento justo: desde antes nos habíamos comprometido con procurar que el asunto de Puerto Rico superara el peregrinaje anual al Comité de Descolonización para discutirse en el pleno de la Asamblea General de las Naciones Unidas, y el trabajo preparado por el comité de Casa Blanca será una herramienta valiosa en ese esfuerzo.

También, y en el marco del sesenta aniversario del PIP, convocaremos a un Congreso Internacional por la Independencia. El trabajo internacional será el complemento de la tarea que nos espera aquí: en el 2006 estaremos enfatizando en la educación sobre la independencia, con talleres para jóvenes, publicaciones, y las insustituibles visitas por toda la Isla, llevando a todas partes el mensaje de un Puerto Rico libre y de las condiciones que hoy se presentan para hacerlo posible. Poco a poco, la historia nos va dando la razón.

Por eso nuestra satisfacción al ver que el intento de Acevedo Vilá, de impedir con su veto el proyecto de status que el Pueblo emplazara al gobierno norteamericano, resultó finalmente frustrado. La Casa Blanca ha hablado, y ahora nos toca procurar que la ruta que se ha trazado conduzca a un verdadero proceso de descolonización. A cada cual le llega su hora, y como anticipó Albizu, se acerca el momento de la suprema definición: o yanquis o puertorriqueños.

A mí no me cabe duda de cuál será la respuesta de nuestro país en esa encrucijada. Más de cien años bajo una bandera extranjera no han logrado acabar con lo que somos y lo que sentimos. Con este nuevo año, va llegando la hora de la libertad.