No es el primero, ni el único O'Neill
 


Por María de Lourdes Santiago Negrón
Publicado en El Nuevo Día
martes, 7 de marzo de 2017

Este año, la semana en que se honra a la Mujer Trabajadora ha llegado aderezada con el escándalo de la transacción de una reclamación por hostigamiento sexual presentada por una empleada municipal contra el alcalde de Guaynabo, Héctor O'Neill. 
 
En momentos en que la administración Rosselló ha sido justamente señalada por su miopía en el tema de perspectiva de género en la educación, la ocasión ha servido para que el Gobernador luzca justiciero y decidido con su exigencia de renuncia a un alcalde que a estas alturas ya ha perdido todo valor político.  
Pero algo opaco hay en todo el episodio, ese sabor de escena repetida.  No se trata del primer alcalde (ni del Segundo, ni del tercero) señalado por realizar acercamientos sexuales no deseados a una mujer.  Tampoco es la primera figura de autoridad en Guaynabo así imputada. Ni el único O'Neill. 
 
No faltan en el País disposiciones que prohíban el hostigamiento sexual: al menos cuatro leyes puertorriqueñas, varias leyes federales y decenas de Órdenes Ejecutivas, Reglamentos y Cartas Circulares. En cada centro de trabajo está (o debe estar) el cartel que advierte contra ésa y otras modalidades de discrimen. Periódicamente, como en los casos de los alcaldes de Cidra y Guayanilla, ambos convictos por hostigamiento sexual, somos testigos de procesos que deberían ser ejemplarizantes.
 
Pero entrado ya el siglo XXI, en momentos en que las mujeres continúan en franco ascenso en nivel educativo, salarios y responsabilidades laborales, el infierno detalladamente descrito en la demanda presentada el año pasado contra el hijo de O'Neill (con alegaciones que se refieren también al padre) es el escenario de trabajo al que llegan cada mañana incontables mujeres en Puerto Rico.  Un hombre que toca, susurra, amenaza, se exhibe, arrincona a sus subordinadas, amparado en la posición de superioridad laboral, posición que alcanzan, en el caso de los alcaldes y sus allegados, gracias a la voluntad electoral y al deficiente escrutinio de las instituciones políticas a las que pertenecen, y en la que se mantienen gracias a un entorno cómplice.
 
Así que, por favor, se pueden ahorrar en esta semana las escenas de vestiduras rasgadas, las propuestas para aumentar penalidades en los delitos de hostigamiento y violencia de género y  las invitaciones a "cambiar actitudes".   Como también se pueden quedar, con las flores, los discursos azucarados y las alabanzas a la mujer que pare, trabaja, cocina, y cría "porque ellas en realidad son superiores". De todo eso hemos tenido mucho, y Héctor O'Neill, con $450,000 en mano,se ha asomado a recordarnos que no es suficiente. 
 
Hace ya dos décadas, se acuñó, con motivo delaniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos, la frase "Sin las mujeres, los Derechos no son Humanos", para visibilizarel abismo entre las aspiraciones de esa Declaración y la realidad de la violación sistemática de los derechos de las mujeres. ¿Cómo se transforma esa realidad? En lo político, tiene que haber verdadera responsabilidad institucional, y una disposición real del estado para garantizar orientación, acceso a foros adjudicativos adecuados y asistencia (legal y de otros tipos) a las mujeres. 
 
Ahora, todo esfuerzo para componer lo que ya está mal será de mínima consecuencia, si los temores electorales y los prejuicios siguen impidiendo una enseñanza que persiga que las nuevas generaciones comprendan cabalmente lo que es la equidad, el respeto y la verdadera humanidad.