Hace varios días se develó en la Universidad de Puerto Rico un busto de Ramón Emeterio Betances. La obra del escultor Tomás Batista señala ahora la entrada a la Facultad que lleva el nombre de nuestro Antillano. Que por fin se rinda este honor imprescindible al Padre de la Patria se lo debemos en gran medida a la tenacidad del Dr. Félix Ojeda, quien también es responsable de que la vida de Betances nos llegue a través de una biografía hermosa y robusta, como fue la obra de quien el dominicano José Francisco Peña Gómez llamó “el más grande de los puertorriqueños”.

Mucha insistencia fue necesaria para que hoy la imagen de Betances nos reciba en la Facultad de Ciencias Sociales, porque rescatar la memoria de nuestros grandes hombres y mujeres ha sido una tarea vergonzosamente rehuida por las autoridades gubernamentales en Puerto Rico. O quizás sea imprecisa esa aseveración: la tarea que aun cuesta a muchos y a muchas es la de reconocer como corresponde a quienes han hecho de la lucha por la independencia la razón de su vida. La causa que a George Washington y a Simón Bolívar les ha merecido monumentos es la lápida que se planta para oscurecer el recuerdo de los próceres de la independencia de Puerto Rico.

Quedó atrás el legado muñocista de la Mordaza. El Tribunal Supremo proscribió la abominable práctica del carpeteo. Y hasta el FBI confiesa sus pecados de persecución contra independentistas—aunque confesión no signifique arrepentimiento. Aún así, muy por lo bajo, sigue reptando como una sombra ese temor callado y terrible a contribuir al reconocimiento visible de los que llevan como galardón principal la lucha contra el régimen de subordinación política de nuestro país. No sólo es injusta esa negativa –sea orquestación conciente o reflejo involuntario de la mentalidad colonial. Es contraria al orgullo por la puertorriqueñidad que tan conveniente resulta a muchos proclamar a los cuatro vientos. Si nuestra historia no es otra cosa que el camino recorrido hasta llegar a ser lo que hoy somos, debe ser la consecuencia natural de ese orgullo no excluir a conveniencia a forjadores de nuestra identidad, por el solo hecho de que la presencia de su figura en los espacios públicos recuerde a todos que la soberanía e independencia-- el gran proyecto de los pueblos que se precian de sí mismos-- está inconcluso en Puerto Rico.

Esa resistencia al recordatorio de que hay una causa que en el resto del planeta se atesora y que se llama “libertad”, encuentra su eco más pernicioso en nuestro sistema de educación pública. El reducido espacio asignado para el estudio de nuestra historia y cultura, y la limitación de recursos con que batalla cada día el personal docente, se confabulan para ocultar a los más jóvenes la gesta de muchos de nuestros patriotas. Esta, subrayo, no es una falta contra el independentismo. Es escatimarle a un pueblo entero la posibilidad de conocer a quienes encarnaron valores universales de dignidad, igualdad y solidaridad. Es negarle la satisfacción de reconocer un poco de ellos mismos, como frutos de la misma nación, en las figuras que han sido no sólo luces de esta patria, sino faros de toda América.   El orgullo y la vergüenza se confunden cuando vemos que el lugar privilegiado que aquí se le niega a Betances, Albizu, Hostos, Ruiz Belvis o Rius Rivera, con generosidad se les reserva en las Antillas hermanas y el resto de Latinoamérica. Fue ante la tumba de Hostos, cuyos restos reposan en el Panteón Nacional en Santo Domingo, que sentenció el patriota dominicano Federico Hernández y Carvajal: “¡Oh América infeliz, que sólo sabes de tus grandes vivos cuando ya son tus grandes muertos!”. Más grande aún la infelicidad nuestra en Puerto Rico, cuando ni la muerte abre el portal que nos permita ver en los nuestros toda su grandeza.

Y esa visión tiene que ser completa, no seleccionando los pedazos que faciliten una veneración más homogénea, los fragmentos con los que se pueda comulgar porque sean apropiados e inofensivos para el sistema colonial. Aun queda por desagraviar la imagen de Hostos que se encuentra en el campus riopedrense, y a la que hace décadas, por orden de las autoridades universitarias se le desprendieron las palabras “Patria” y “Sociología”. Falta todavía en la plaza de Vega Alta añadir a la inscripción bajo el busto de don Gilberto Concepción de Gracia que además de ser legislador, abogado y luchador por la justicia social, don Gilberto dejó como su huella más profunda en la historia de Puerto Rico la fundación del Partido Independentista Puertorriqueño.

Pero hoy celebramos que Betances está en la Universidad. Formidable, como lo esculpió Batista a amor y a bronce, el “anciano maravilloso” se le revela a una generación de universitarios. Es un tributo justo y necesario.

Nuestra historia no está completa, y nuestra identidad se mutila si de la misma manera que en vida muchos de ellos padecieron el exilio, se destierra hoy del testimonio de lo que somos – escrito, relatado, esculpido—a los que como enseñó Martí hicieron de la patria ara y no pedestal. Hay que desatar esa otra mordaza que aun nos quiere asfixiar la memoria.