Nadie puede dar lo que no tiene.  Por eso tiene tanto sentido la respuesta de la líder viequense Nilda Medina al periodista que le inquiría sobre la razón por la cual la gobernadora ha alterado su posición en el caso de Vieques: “es que ésta es una lucha difícil...en la que se necesita mucha fe y esperanza”. Y en el bagaje de la primera ejecutiva no abundan ni la fe en la fortaleza de su pueblo ni la esperanza en que la justicia prevalezca.

            Esas deficiencias le han aconsejado a doña Sila que en lo que a Vieques respecta, lo único que debe hacer es no hacer nada. Por eso la hemos visto –no desde el once de septiembre, sino desde mucho antes—cómodamente instalada en el banco del inmovilismo. Ahí, sentada, superada ya la necesidad de abrazar causas ajenas para ganar votos, dejó pasar los días y las semanas, y con ellos cada posibilidad de dar la batalla para llevar la paz a Vieques. Es Nerón tocando el violín mientras arde Roma, o como la llama el editorial de La Voz de Vieques, la personificación de “un gobierno electorero que se sumió en la más abyecta corrupción de haber ido en busca de votos a un pueblo asediado, de haberle prometido su lealtad y su solidaridad incondicional y luego haberlo vendido a su verdugo imperial, por unas miserables monedas, para que se le crucifique nuevamente. Es la historia de la Judas de Vieques” .

            Pero en su inacción, la gobernadora ha sido más que elocuente. Sus pecados de omisión han transmitido nítidamente el mensaje al gobierno de los Estados Unidos de que no será ella el obstáculo para perpetuar la presencia de la Marina en Vieques. Cada cierto tiempo variaba el argumento (“el gobierno no puede revelar su estrategia”, “vamos a esperar el resultado del pleito federal”, “el escenario ha cambiado después del 11 de septiembre”), más la consecuencia ha sido siempre la misma: allanar el camino para que fuera la voz de los militares la que mas alto resonara en los pasillos del Congreso y en las oficinas de la administración Bush. Con ese preludio, la conclusión tenía que ser la que hemos visto. El Congreso ha descartado fijar fecha cierta para la salida de la Marina, y si un día --forzado por la desobediencia civil y la militancia del pueblo-- el Secretario de la Marina decide marcharse, las tierras del este pasarán al Departamento del Interior. Por si eso fuera poco, el lenguaje de la legislación federal parece permitir que las próximas maniobras incluyan el uso de bala viva.

Doña Sila nos ha demostrado –y temo que lo seguirá haciendo todo el cuatrienio, y en más de un aspecto – que como gobernadora, es una discípula aventajada de Pedro Rosselló.   Mucha gallardía en el camerino y falta de agallas cuando llega al cuadrilátero. A la hora de la verdad, en lugar de actuar como defensora de los viequenses, la señora Calderón ha preferido asumir el papel de capataz de la finca donde se cultivan los intereses de los norteamericanos. Como empleada distinguida, ha recibido en compensación a su fidelidad que se equiparen los fondos que recibe Puerto Rico para el programa educativo de Título I con los que reciben los estados. Se repite la historia de los conquistadores ofreciendo a los nativos cuentas de cristal a cambio de tierras.

Fingir simpatía con la causa de la paz le permitió ser gobernadora; sacrificar los suyos a los dioses de la guerra le mereció un aumento en su presupuesto. Quizás no podía ser de otra manera. Con estadistas o estadolibristas, es la naturaleza de la colonia revelada en toda su perversidad.

   Pero precisamente porque ver a Calderón claudicar es recordar a Rosselló dándose por vencido, la decisión del gobierno norteamericano no puede dar paso a la desesperación y la angustia.   Aquella penosa transformación de Rosselló del hombre vigoroso del “don’t push it” a la figura sumisa que aceptó sin chistar las directrices de Clinton, provocó en nuestro pueblo una oleada de indignación y un redoble en los esfuerzos por la paz de Vieques. De la misma manera, la metamorfosis de Sila (¿dónde quedó la señora aquella que besaba la arena de las playas viequenses?) tiene que insuflarnos un nuevo aire para dar las batallas que ella no se atreve a dar.

            Sabemos que las circunstancias creadas por la misma gobernadora, añadidas a su propia deserción, harán más empinado el camino. Por ejemplo, la designación del nuevo superintendente de la Policía augura la utilización de puertorriqueños contra puertorriqueños para frenar la desobediencia civil. Mientras, la señora Calderón continuará con su catálogo de pretextos y excusas, en un último intento de hacer pasar la claudicación por ambivalencia ante los que se resisten a aceptar que nunca pretendió otra cosa que ganar indulgencias con escapularios ajenos.

Si en efecto los últimos acontecimientos en Washington y Puerto Rico marcan un capítulo oscuro en la lucha por la paz para Vieques, que a nadie quede duda de que quien apagó las luces fue la señora gobernadora. Porque ésta es una lucha difícil. Y hace falta mucha fe y hace falta mucha esperanza. Pero de la misma manera, debe quedar claro que si a la señora Calderón le falla la fe, si desconoce lo que es la esperanza, hay un país entero que con Vieques ha conocido la posibilidad de querer y poder. De lo que la gobernadora no tiene, otros poseen en abundancia.