Pensábamos que lo habíamos visto todo. Carlos Pesquera nos recordó el viernes que en la historia de la decadencia humana todavía quedan cosas sin escribir. Un presidente de partido, aspirante a la gobernación, junto a importantes líderes de su colectividad, estimó prudente tomar por asalto, con violencia y destrucción, un edificio público.

La causa confesa para el motín era la colocación de una bandera norteamericana en la Oficina de la Procuradora de la Mujer. El móvil evidente para los que vimos las escenas de la turba estadista —expresiones desarboladas en los rostros, miradas desvariadas, risas histéricas— era la desesperación de un sector político que en los últimos tiempos ha tenido que enfrentar no sólo el descrédito de muchos de sus funcionarios, sino la punzada lacerante de un sentido de nacionalidad entre los puertorriqueños, renovado con el tema de Vieques, y sobre todo, el desprecio de los norteamericanos que repetidamente vuelven el rostro a la sola mención de la estadidad.

Como la fiera enjaulada, el estadoísmo la emprende contra los barrotes de su prisión, pero es incapaz de darle un zarpazo al carcelero. Tras el episodio del viernes, harían bien los estadistas en tomar una pausa en su desenfreno y darse cuenta de que Puerto Rico no es una colonia de los puertorriqueños; es una colonia de los americanos. Si les interesa realizar un ejercicio de desagravio, no es a la Procuraduría de la Mujer a donde tienen que ir. Allí se reciben mujeres maltratadas, no anexionistas humillados. Si son tan bravos para meterse a la fuerza en una oficina de gobierno en Puerto Rico, ¿por quién esperan para hacer lo mismo en el Congreso? Ahora que el calorcito veraniego acerca a Washington a nuestras temperaturas tropicales (por aquello de repetir lo del abaniquito portátil de doña Myriam y los desmayos), ¿por qué no se organizan una gira a la casa del amo, a ver cuántos cristales rompen, cuántas puertas destrozan, a cuantos funcionarios americanos agreden, a cuantos periodistas estadounidenses impiden la salida de un edificio público? Si es bueno en la Isla del Encanto, mucho mejor debe ser en la tierra de la libertad.

Dicen ahora los estadistas, con cara de “yo no fui”, que contra quien procede la radicación de cargos es contra el gobierno, no contra los responsables de los destrozos en la Procuraduría, porque todo comenzó con “la violación de sus derechos civiles” . No dicen cuál es del derecho violado, porque en estos trances no se está para preciosismos jurídicos, pero el que sea, ¿por qué no reivindicarlo en el tribunal federal? Para variar, algún estadista puede comparecer a ese foro como demandante y no como acusado. Nada encontrarán allí porque no hay remedio judicial contra el mal que los aqueja, el mal de los que sólo reconocen los valores de la democracia si esa democracia los puso en el poder. Una no sabe si reírse o indignarse al ver a Pesquera posando de perseguido y discriminado por portar la bandera del país que por 104 años ha subyugado al nuestro, la insignia que la gobernadora tanto ama, el símbolo mismo de la dominación. Desde la faldeta del amo, Pesquera le hace mimos y piruetas y quiere que por eso lo tengamos por valiente y arrojado.

Mención especial al discutir el motín del viernes merece el Superintendente de la Policía, porque como me enseñaron en la catequesis, el pecado de omisión es tan feo como el de la acción, y aquí la única acción policiaca que vimos fue la de una comandante aguantando improperios de los líderes estadistas. Si se hubiera tratado de cualquier otro grupo (ni hablar si hubieran sido independentistas) exhibiendo una mínima parte de la agitación de los líderes PNP, otro habría sido el cuento. Pereira no habría dudado en enviar a la fuerza de choque, la lluvia de macanazos dejaría corta los más apasionados encontronazos de los años setenta y se protegía así la integridad de una oficina gubernamental. Pero aquí hay un presidente de partido, y hay legisladores y aspirantes a serlo, y marchan con música ‘country’ y cantan ‘America, the Beautiful’, así que la vara es otra.

Para hacerle el trabajo sucio a la Marina en Vieques, aparecen centenares de agentes, se activa a Operaciones Tácticas, se hace alarde de fuerza y se usan las lanchas de la policía puertorriqueña para que los federales hagan arrestos. Para defender a los funcionarios públicos que trabajan por los derechos de la mujer puertorriqueña y a los periodistas, prisioneros en un edificio asediado por individuos claramente fuera de sus cabales portando la bandera de Estados Unidos, la respuesta del superintendente Pereira es: a Dios que reparta suerte.

Lo irónico de la situación es que Pesquera y compañía hayan pasado tantos trabajos, sufrido tantos sofocones, diatribado a diestra y siniestra sólo para hacer cumplir las órdenes de la Gobernadora que amparada sino en los reglamentos pues en la costumbre, hace rato que había dictaminado que la multiestrellada engalanara el vestíbulo de la Oficina de la Procuradora de la Mujer. La Procuradora, por su parte, había aceptado la imposición.

Desde la fuerza, el señor Pesquera pretendía hacer bueno lo que desde el poder la señora Calderón ya había dispuesto. La presidenta del PPD y el presidente del PNP se envolvieron en una patética simulación de antagonismo que sólo podía resultar en lo que ambos anhelan: que la bandera monoestrellada siga a la sombra de la otra. Al fin y a la postre, resulta que Carlos Pesquera se prestó a servir de alguacil ejecutor de las órdenes de la Gobernadora. El presidente del PNP es después de todo, el mejor ‘exhibit’ de lo que es capaz de producir el ELA. Esa es la historia. Vale la pena pensar en sus moralejas.