En la tradición española, marcaba el día de Santiago Apóstol. Los norteamericanos quisieron que su beligerante entrada a suelo puertorriqueño sustituyera la fiesta, símbolo de hispanidad, y pasó a ser el día de la invasión. Sólo que el día de un santo es algo para celebrar y una invasión ciertamente no. Como un clavo saca a otro clavo —y aunque se le hubiera ido lo de patriota se le había quedado lo de poeta—, a Muñoz Marín le pareció que la fecha, después de todo, entrañaba una gran metáfora. Así, el Vate acabó de destrozar el arcoiris contra su corazón, y el 25 de julio se convirtió en el día de la Constitución del Estado Libre Asociado.

De eso hace ya cincuenta años. Ahora, en el 2002, como lo fue en el 1998 con motivo del centenario de la invasión, el 25 de julio será de forma especial ocasión de denuncia al colonialismo, de regocijo por la vigencia y constancia del independentismo y de preparación ante el avistamiento de una oportunidad para la discusión del problema del status. Este jueves, nuestro lugar está en Guánica, diciendo no a la colonia y sí a la independencia.

Para convocar a la fiesta oficial, con su fuerte e inevitable matiz partidista, el gobierno del Partido Popular recurrió a cuatrocientos mil dólares del dinero del pueblo y a bancos de llamadas hechas por empleados públicos desde oficinas gubernamentales. Ni hablar de las tablillas del cincuentenario y el obligado pase de lista en alcaldías y agencias públicas.

A Guánica nos convocan 104 años de vergüenza colonial, 50 años de engaño bajo el “Estado Triste Agobiado” —como lo llamaba Concepción de Gracia— y sobre todo, un ansia de libertad que no ceja. Como el soldado milagrosamente ileso tras la batalla, en Guánica estaremos los representantes del ideal más perseguido y discriminado en nuestra historia. Sin embargo, no tengo duda de que somos los únicos con razones para celebrar este 25 de julio; más que nunca, el independentismo es sinónimo de dignidad, respeto propio y espíritu de lucha a toda prueba.

En el 1952, cuando el ELA se inauguró con la promesa de progreso y bienestar, el ingreso promedio en Puerto Rico equivalía a una tercera parte del ingreso promedio de los Estados Unidos y a la mitad del ingreso en Mississippi, el estado más pobre de la Unión. Ha pasado medio siglo y seguimos igual (Mississippi también, dato más que elocuente sobre los “beneficios” de la estadidad). En el 1952, no teníamos injerencia alguna sobre la inmigración o los controles tarifarios, nos estaba prohibido suscribir convenios internacionales y languidecíamos a merced de los poderes de un Congreso en el que no teníamos representación. Cincuenta años más tarde, nada ha cambiado.

En la década del 50, fueron presos miles de independentistas, arrancados de sus casas por oficiales con órdenes de arresto en blanco. Cinco décadas después, el tribunal norteamericano en Puerto Rico envía a la cárcel a quienes entran a la zona de tiro en Vieques exigiendo que se respete la voluntad de paz expresada en las urnas por el pueblo viequense. Medio siglo atrás, la incautación de banderas puertorriqueñas en las casas de los nacionalistas se tenía como evidencia de sedición. Hoy, la Gobernadora se sonroja de ira de sólo pensar que en alguna agencia de gobierno esté la monoestrellada sin la compañía de la bandera americana. ¿Cuál es entonces la razón para celebrar?

Mis padres son populares “del corazón del rollo”. Crecí entre fotos de Muñoz, y hasta memoricé algunos de sus poemas. Yo no sé si aquella generación, que vive convencida de que el PPD les puso zapatos y los mandó a la Universidad, se dará cuenta de que si estaban en deuda con alguien, ya pagaron con creces. No sólo han pagado los de aquí; demasiado ha sido el sufrimiento de los cientos de miles de puertorriqueños empujados al exilio para que el ELA, con la “válvula de escape” de la inmigración, se nutriera golosamente del desarraigo y el dolor de los que fueron buscando mejor vida, y encontraron racismo, miseria y marginación.

Si sé que no hay justicia en querer endosarle esa cuenta al Puerto Rico de hoy y de mañana. Los niños que crecen viendo el mundo entero por la televisión y la Internet, ¿por qué han de vivir como si la cosa más grande de la historia hubiera sido Manos a la Obra? Mis sobrinos que no saben lo que es un LP, ¿cómo van a mirar al futuro con la misma mentalidad de la generación que creció con la PRERA y la PRRA? Hace rato que tenemos los zapatos puestos. Es momento de echarse a andar.

En el pasillo de casa de mis padres está enmarcado un escrito de Muñoz que dice: “La patria es el paisaje que amamos, el color de las estaciones y el olor de la tierra que humedece su lluvia...”. Como sólo lo veía de paso, nunca me interesé en los últimos párrafos, que contenían la clásica andanada contra los independentistas, así que cada día que viví allí, lo que recibía del afiche muñocista era la noción de que la patria es algo que se siente, se huele, se vive.

Como cada cosa viva, esa patria crece y cambia, y de alguna manera se hace nueva. A esta patria nueva, a la de hoy, ya le queda chico el vestido del ELA, no importa con cuanto amor o esperanza algunos hayan participado en su confección. Cincuenta años y mil fracasos fueron suficiente oportunidad.

Para abrirle espacio a la nueva patria, estaremos este jueves en Guánica, en denuncia, en reflexión y en celebración. Porque ese paisaje que amamos, el de nuestra única nación, merece ya una sola bandera.