Durante estos últimos meses, Vance Thomas, Roberto Iván Aponte, Juan Dalmau y yo hemos visitado a miles de independentistas en sus casas. A muchos de los que acudieron a Guánica, a enviar con su presencia el mensaje de no a la colonia y sí a la independencia, los invitamos cuando estuvimos en sus casas. Visitamos a la familia Negrón, baluartes del independentismo en el barrio Cedro Arriba en Naranjito, tan duramente perseguidos en los 50; visitamos a la familia completa de los Vergara en el barrio Santa Olaya en Bayamón, a don Eustaquio y a Vivi en Medianía. Y según conocemos más la raíz de nuestro Partido nos preguntamos ¿y por qué toda esta gente es independentista? ¿Cuál es ese ingrediente distinto en el espíritu que hace que ellos, viviendo en condiciones iguales al resto del país, se mantuvieran firmes, y animosos y verticales?

Yo creo que, en realidad a nadie le gusta vivir en un país en el que mandan otros. No solamente a los independentistas; tampoco a los estadistas ni a los estadolibristas. Hay algo intolerable al espíritu humano en el hecho de que uno no pueda mandar en su tierra, y que tenga que vivir sujeto al arbitrio de otros. Porque el colonialismo no es otra cosa que la negación de la dignidad de un pueblo. Uno falta a la dignidad de otra persona cuando la agrede, cuando la insulta, cuando la tiene en menos, cuando le niega su condición de igual en la comunidad de hombres y mujeres. De la misma manera, se falta a la dignidad de un pueblo cuando no se le reconoce el valor suficiente para que se gobierne a sí mismo, cuando se le tiene amordazado para que su voz no se escuche en la comunidad de las naciones, cuando se le tiene secuestrado para que no comparezca ante el mundo con una identidad y una imagen propia. Cuando somos tratados así, todos nos sentimos ultrajados y heridos.

Lo que sucede, a mi juicio, es que cada cual, escoge cómo enfrentar – o si enfrentar o no – esa espina en el alma que es el colonialismo. Hay algunos que tratando de sanar esa herida de indignidad, acumulan una convicción tal de inferioridad, que se desviven por convertirse en réplicas de la nación dominante. Buscan el reconocimiento de su dignidad en un esfuerzo desesperado por asemejarse a los que se la niegan. Son más americanos que el americano y no pierden oportunidad de demostrarlo. Cargan la bandera americana como si fuera a la vez amuleto y carta de identidad. Creen que si se convierten ellos mismos en americanos, desaparece la afrenta de que aquí manden los americanos. En el camino, se alejan de lo que realmente son, y no llegan a lo que quisieran ser.

Hay otros que se enfrentan al colonialismo queriendo racionalizar la condición de subordinación. Dicen “somos pequeños e insuficientes, y necesitamos una mano que nos sostenga” y se consuelan de ese dependencia buscada usando su frágil defensa de nuestra identidad como sustituto de la defensa de nuestra dignidad. Son los que tienen a este pueblo arrodillado, los que usan la “agenda puertorriqueñista” para sacrificar nuestra patria a los americanos, y piensan que porque les gusta lo que es folclore y cultura deja de ser un bochorno celebrar medio siglo de colonia. Celebran, como decía Hostos, “igual que el esclavo que baila al son de las cadenas”.

Frente a aquellos que se entregan completos y a esos que se entregan de a poquitos, están los que resisten la herida del colonialismo con su dignidad entera. Decía Martí: “Terrible es, libertad, hablar de ti para quien no te tiene”. Si hoy en Puerto Rico, en Santa Olaya, en Medianía, hay independentistas, es porque hay hombres y mujeres que han tenido el temple de predicar y vivir el evangelio de esa palabra terrible, esa palabra formidable, que es la libertad. Ni le reconocen la superioridad al invasor queriendo imitarle ni le consienten el abuso a cambio de dos o tres retazos de folclore.

Y si en este país se ha perseguido al independentismo con tanta saña, si a tanta gente le molesta que exista una institución como el Partido Independentista Puertorriqueño, es porque en el fondo de su espíritu, en lo que les queda de conciencia a esos que nos atacan y nos persiguen, hay algo que se revuelve y se rebela; es un último destello de esa dignidad herida que les dice “yo quisiera tener también la frente en alto; yo quisiera tener el orgullo propio que tiene cada independentista”. El independentismo les duele porque les recuerda lo que deberían ser y no son; como no pueden emularlo, lo combaten.

Por eso el 25 de julio ha sido día de denuncia, pero también de celebración. Condenamos el aparato jurídico que nos dejó, siendo tan colonia como antes del 52, con el agravante de que quiso convertir ese pecado de sumisión en una virtud. Pero también celebramos por cada independentista que ha dado la buena batalla, celebramos que, reunidos en el escenario de la invasión yanqui, le enviamos al mundo entero el mensaje de que en esta isla pequeña, a la que le ha tocado enfrentarse al imperio más poderoso del mundo, hay dignidad y patriotismo para repartir. Hay hombres y mujeres que saben que solamente a través de la independencia nacional se completa nuestra valía individual.

Desde Guánica, los hijos e hijas de Betances, de Albizu y de Concepción de Gracia reafirmamos nuestra vocación de libertad.