Los vecinos lo venían anticipando. Los sentían volar, ocupando con sus zumbidos un espacio más cercano a la tierra que el que conviene a las máquinas diseñadas para conquistar alturas. Dos o tres veces en semana, con cientos de familias puertorriqueñas a sus pies, los aviones de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos sobrevolaban el barrio San Salvador de Caguas en entrenamientos de vuelo a poca altura. La noche del miércoles, neblina y gravedad conspiraron y en el barrio todos los sentidos se alejaron de la novela, de los trastes en la cocina, de la radio, jalonados por el ruido, el olor y la visión de la muerte. Como dictaba el presentimiento —y el sentido común— de los que sin saber de aeronáutica intuían el peligro de tales maniobras, el C130 que iba volando bajito no pudo esquivar la elevación del monte Los Piruchos y la destrucción que estaba destinado a sembrar en alguna latitud lejana consumió en un barrio de Caguas las vidas de toda su tripulación.

La tragedia en el barrio San Salvador nos dejó consternados por las muertes que produjo, pero también pensando en cuánto peor pudo haber sido. La realización de estas prácticas en las inmediaciones —en ocasiones directamente encima— de áreas densamente pobladas refleja un menosprecio terrible a las vidas puertorriqueñas. La fuerza aérea norteamericana puede tener un millar de argumentos para justificar este tipo de entrenamiento, pero no deja de tratarse precisamente de eso: entrenamiento para pilotos con destrezas aún por pulir. Entregar la seguridad de la población civil que vive en el área sobre la cual se hacen las prácticas a un aprendiz a cargo de un avión de casi cien pies de longitud, con capacidad para transportar toneladas de equipo bélico, es tentar a la suerte. No hay razón en el mundo para que en su juego de temeridad, la milicia norteamericana use como una ficha más la vidas de civiles puertorriqueños.

Al enterarnos de la desgracia en el monte Los Piruchos, es inevitable el recuerdo de lo ocurrido en Vieques el 19 de abril de 1999, cuando también como parte de entrenamientos para soldados norteamericanos una bomba erró en el blanco y mató a un civil viequense. En esta ocasión no perdió la vida ningún puertorriqueño. Está latente, sin embargo, mientras persistan estas prácticas —sea en Vieques, en Ceiba, en Caguas— la posibilidad de que nuevamente, un piloto estadounidense lleve el luto a una comunidad puertorriqueña.

En ese contexto, es doblemente preocupante una noticia publicada en EL VOCERO el mismo día en que apareció la información sobre el accidente aéreo. Según se reseña, las hostilidades entre Estados Unidos e Irak podrían ser usadas como pretexto para descartar el cese al bombardeo en Vieques, por la supuesta similitud geográfica de la isla municipio con el territorio iraquí. Más allá de la sospecha de que Vieques e Irak no son, digamos, paisajes gemelos, esta nueva alegación confirma nuestros temores de que, a la hora de la verdad, la Marina ideará un motivo, por ilegítimo que sea, para aferrarse a las tierras en el este de Vieques. Ayer era Afganistán, hoy es Irak, mañana quién sabe qué, pero las señales que van llegando deben servir para alertarnos. Nos enfrentamos, después de todo, a un adversario terco y poderoso que no admitirá fácilmente una derrota.

A la noticia sobre Irak se suma la dilación en la publicación del informe encargado al Centro de Análisis Naval, que tenía la encomienda de investigar las posibles alternativas a Vieques. Por su parte, los viequenses nos comentan con preocupación sobre la construcción de varios muelles flotantes en la zona este, de la sustitución de estructuras de madera en Camp García por otras de cemento y de la extensión y refuerzo de verjas y serpentinas en todo el área. No parece la imagen más compatible con un cese de actividades bélicas dentro de los próximos meses.

Estos elementos se combinan en el momento en el que más que nunca, Vieques se presenta a los norteamericanos como un gran dilema político. Ante la cercanía de las elecciones de noviembre, los republicanos tienen que medir el costo de hacer pública una determinación de permanecer en Vieques, con lo que satisfarían a sus sectores más conservadores, o apostar por una promesa clara de cese al bombardeo, con lo que apaciguarían al sector latino, del que dependen varios candidatos, entre ellos el hermano del presidente Bush. Frente a un cálculo tan arriesgado, puede que la salida más fácil sea un silencio esquivo hasta después de noviembre, cuando el precio político de cualquier decisión no tenga un reflejo electoral inmediato.

En ese escenario, se agiganta la pertinencia del plan de Resistencia Nacional Pacífica propuesto por el Partido Independentista en su Asamblea del 8 de julio como respuesta a la eventualidad de que la Marina no haga bueno su anuncio de cese al bombardeo en mayo del 2003. Ya comenzamos las reuniones con el liderato viequense, que continuarán en los próximos días con las organizaciones sindicales, cívicas, religiosas y políticas. El objetivo es desarrollar las manifestaciones más amplias que se hayan conocido en Puerto Rico; no sólo a través de una entrada masiva a la zona restringida, sino en actividades que se generen en centros de trabajo, en comunidades, en espacios públicos, tanto en la Isla Grande como en los Estados Unidos.

Lo ocurrido en Caguas ha sido un recordatorio de los peligros que entraña ofrecer nuestro país como el patio para los juegos bélicos de la milicia norteamericana. Las declaraciones sobre la conveniencia de extender las prácticas en Vieques por causa de una nueva guerra de los Estados Unidos subrayan la urgencia de recuperar ya el territorio viequense. No hay equilibrio posible entre una cultura de muerte y una vida de paz. Es hora de que la balanza se incline a favor de los nuestros.