Se acabó la paz, es decir, la Conferencia de Paz por la Paz, que nos dejó con el sabor agridulce de lo que pudo haber sido y no fue. Se desvaneció la estela de visitantes ilustres reunidos para hablar del cómo y el porqué y el cuándo de la paz, pero amordazados por un temario del que cuidadosamente se excluyó la agresión de la que en violación descarnada a nuestra dignidad, es víctima (lo mismo con el pretexto de conservar la paz que de hacer la guerra) nuestro territorio. Vieques, explicaron los organizadores, no fue tema de discusión porque ésta era una ocasión para hablar de “temas generales”, no asuntos particulares. ¡Cómo si la paz estuviera condenada a la pasividad etérea de la abstracción, y no fuera el resultado de tantas luchas a sangre y lágrimas por un aquí y un ahora más justo en el espíritu y la materia!

De las satisfacciones a medias que dejó la Conferencia, hay que reconocer un espacio aparte a la presentación profunda y conmovedora de Ernesto Sabato, el escritor argentino que dirigió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, que documentó en el famoso “Informe Sabato” los horrores de la persecución política en su país. Hay que ver, me decía alguien, lo que representa que, con los ejemplos de abyección que ocuparon las noticias los mismos días que se celebró la Conferencia, estuviera visitándonos un hombre que pueda aún llorar ante el sufrimiento humano. Quizás por eso las palabras de don Ernesto se nos instalaron en el corazón, o quizás porque esa desolación sin fin, ese vacío y esa impotencia ante el mal es la punzada que compartimos todos y a él le ha sido dado ese don extraño de teñir con belleza el dolor.

Aun así, de la vastedad del espectáculo de ignominia y sufrimiento que de tan cerca ha visto, Sabato logra rescatar algún sorbo de esperanza, y pasa ese batón de aliento a los más jóvenes, reiterándoles su misión de tomar la vida del mundo “como la tarea propia y salir a defenderla”. En otra ocasión ha dicho a esos jóvenes: “el hombre sólo cabe en la utopía... sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido”.

Cuando se escucha o se lee a Sabato —el genio en su fragilidad, el luchador en su ocaso— uno quisiera (parece la única cosa justa) ofrecerle una prueba, una confirmación, un consuelo, algo con qué decirle que si bien no se equivoca en el pase de lista de las enfermedades de la humanidad, tampoco falla en el depósito de su fe. Por eso, más que las disquisiciones académicas y los simposios y las declaraciones horras, creo que don Ernesto hubiera comprendido la alegría clara de la fiesta de quince años de Nadmionor.

Había escuchado varias historias de Nadmionor y su familia: el papá, independentista a voces, despedido fulminantemente de una empresa dependiente de contratos con el gobierno; Dorcas, la hermana mayor, sin poder tenerse en pie el día de las elecciones por un fuerte dolor en el vientre, pero negándose a ser hospitalizada hasta que no fuera a dar su voto por el PIP, y Nadmionor, entonces con sólo 13 años, sollozando frente al televisor viendo el arresto de Rubén en Vieques, inexplicablemente convencida, cuentan sus papás, de que si ella hubiera estado en esa playa, como tanto lo había pedido, los soldados intrusos nada podrían hacer contra los compañeros y el campamento. Y el 25 de julio, en Guánica, allá estaban Nadmionor y su familia, en las primeras filas, al centro, donde el sol más castigaba, pero desde donde mejor podía atisbar los gestos y movimientos de labios que le transmitían los mensajes, porque del mundanal ruido, Nadmionor sólo percibe un rumor. Dicen del que tiene los ojos cerrados a la luz, que ve con el corazón; a Nadmionor entonces le llegan otras melodías y otras voces.

Sólo así se explica que, en su fiesta de quince, para tantas niñas despliegue de frivolidad y coqueterías, Nadmionor, con el cuidado extremo con que pronuncia cada sílaba, expresara a su familia y sus amigos su ilusión de “no ver más a su pueblo esclavo”, y llevar, para que ondee sola, la bandera de su patria “hasta Júpiter”. Entre tules y risas adolescentes, florece también la pasión por lo que es justo y se levanta la fortaleza que, aderezada con la ilusión, hace que valga la pena continuar.

En la Conferencia de la semana pasada se utilizó el símbolo tradicional de la paz, la paloma que lleva en su pico el ramo de olivo. Es la paloma que de esa forma le indicó a Noé que las aguas del diluvio ya habían descendido y que el momento llegaba para el nuevo comienzo del mundo. Por eso representamos así la paz, no por la docilidad de la paloma, sino para recordarnos que la aspiración de justicia depende de nuestra voluntad para movernos hacia un nuevo orden de cosas. Como decía Sabato, antes de asumir el compromiso que nos pueda dar un sentido que supere la fatalidad de la historia, “hemos de aceptar que hemos fracasado”.

Dice la Biblia que Yavé prometió nunca más castigarnos con el diluvio, porque se dio cuenta de que el hombre nacía inclinado al mal. Yo creo que es su homenaje a la persistencia del bien. De la pluviosa ira divina sobrevivió aquel olivo; de las tragedias creadas por el género humano quedan las flores como Nadmionor. Con la rama y con la flor, vamos bien armados a dar la batalla por la utopía, el único espacio en el que Sabato concibe el renacer de nuestra humanidad. Sepa don Ernesto, y todos los que alguna vez son golpeados por la desesperanza, que no todo está perdido.