Hay gente pobre en Puerto Rico. Gente que vive en casuchas destartaladas, con piso de tierra. Comunidades enteras sin conexión a alcantarillado sanitario, con caminos sin asfaltar y basura por todas partes. Hay también niños malnutridos, que corren descalzos por la calle. Hay muchas personas en nuestro país que aún en el siglo XXI, van por la vida sin saber leer ni escribir. De ese “otro Puerto Rico” (el único que existe, por cierto, para los aludidos) habló la Gobernadora en su mensaje del lunes pasado, con la simpatía de quien recién descubre el mundo que se desparrama, sin orden y sin belleza, por detrás de la verja.

Es encomiable el interés de la Gobernadora en ayudar a los más marginados. Es también importante el reconocimiento, válido aunque tardío, de que contrario a la imagen de bonanza y progreso que se ha querido proyectar para legitimar nuestro status político -alegadamente concebido para aniquilar el demonio de la pobreza- mucha de nuestra gente vive en condiciones inaceptables. Para enfrentar el problema, hace tanto tiempo urgente, la Gobernadora ha propuesto una asignación de mil millones de dólares, provenientes del capital y de una línea de crédito del Banco de Fomento. Este dinero, bajo la administración de un Fideicomiso Perpetuo para las Comunidades Especiales se destinaría a viviendas, “obras y facilidades”, y otros “proyectos y obras adicionales”.

Si este anuncio representa verdaderamente un giro de pensamiento en el gobierno que hasta hoy parecía más inclinado a promover los intereses de la Asociación de Industriales que los de los sectores marginados, si este “descubrimiento” de la injusticia social y la pobreza marca un rumbo distinto de esta administración, tenemos razones para celebrar el anuncio de la Gobernadora. Si por el contrario, resulta ser sólo un espejismo populista de un gobierno hasta ahora reputado por sus regalos a los más ricos (como los recortes a las tasas sobre ganancias de capital y los incentivos a la industria bancaria) los mil millones pasarán a la historia como un operativo más para agenciarse la lealtad de los sectores sociales que otrora constituyeron la base electoral del PPD.

Esto habrá que verlo en términos de las otras iniciativas que el gobierno pueda tomar para darle un nuevo impulso a la economía, como el reclamo de poderes que nos conviertan en una jurisdicción competitiva, la adopción de una reforma contributiva que beneficie a los trabajadores y la reestructuración de prioridades de las agencias.

Hay que recordar que después de todo, la pobreza en Puerto Rico no ha crecido silvestre, sino que se ha cultivado con un esmero maquiavélico. No es por casualidad ni por un defecto genético que ni con la lluvia de “ayudas” federales nuestro país no pueda haber superado su estancamiento económico y que veamos en todas partes imágenes de miseria como las que adornaban el mensaje la gobernadora. Con tal de infundirle terror a los puertorriqueños ante cualquier cosa que huela a distanciamiento de los Estados Unidos, los gobiernos populares y penepés han trabajado duro para cimentar la dependencia material y sicológica en nuestra isla. El lema político más exitoso de nuestra historia no ha sido “Pan, Tierra y Libertad” o la “Estadidad es para los pobres”; ha sido “es que somos pequeños y no tenemos suficientes recursos naturales para valernos por nosotros mismos”. Con ese estribillo, anexionistas y colonialistas por igual le han sembrado al pueblo una involuntaria vocación de pobreza, para luego horrorizarse y compadecerse ante las consecuencias. Mientras aquí se repite ese conjuro a la miseria, otros países caribeños—mas pequeños, y con menos recursos, y en un momento más pobres que Puerto Rico—se nos han ido por delante en crecimiento económico.

Es en esa raíz, y no en las ramas que hay que hacerle frente a la pobreza. Todo el cemento y la pintura del mundo, todas las camisetas con emblemas comunitarios no van a arrancarle a la gente la desesperanza y la dependencia. No queremos más comunidades pobres que se vean mas bonitas. Queremos menos pobreza. En su poema “Oda a la Pobreza”, Neruda acusaba a los que glorificaban la miseria: “otros... te llamaron santa, veneraron tu capa/se alimentaron de humo/y desaparecieron”. Para que no se pierda en el humo la iniciativa de esta administración, hay que ir más lejos que “sembrar árboles y constituir las comunidades en lugares agradables para sus residentes”, como dice el proyecto de ley del Fideicomiso.

En ese trecho adicional por recorrer debe tener presente esta administración que hacer justicia, no es solamente dar, repartir y regalar. Para mitigar mucha de la injusticia que lacera a nuestra gente, también hay que tomar partido y a veces hacer frente a los que tienen el dinero, el poder y las influencias. Para eso no cuentan los millones, sólo la conciencia y el valor.

Para el mensaje de la Gobernadora, La Fortaleza invitó al Capitolio a los residentes de Tocones. La lucha de esta comunidad loiceña contra la amenaza de desahucio por una compañía constructora ha estado en todos los periódicos. Contrario a lo que presagiaba la invitación, no se mencionó el tema. Por el contrario, el Departamento de Vivienda y Comunidades Especiales siguen evaluando la inaudita alternativa de relocalizar a los desahuciados expropiando terreno de otros residentes de la misma comunidad, con tal de no tocar un centímetro del terreno donde se erigirá el costoso complejo de apartamentos de playa. No puede haber justicia en quitarle a los más pobres. O de verdad somos especiales con la comunidad o somos especiales con las empresas de construcción.

Le advierte Neruda a la pobreza: “Como fuiste implacable, soy implacable”. No se puede ser menos.