Eran doce: Rubén Berríos, Fernando Martín, Jorge Fernández Porto, Ismael Guadalupe, Vance Thomas, Héctor González, Roberto Iván Aponte, Eddie Questell, Carmelo Belardo, Michael Arroyo, Fariam Valdés y Cyndalis Cancel. Era sábado, 8 de mayo de 1999, víspera de un Día de las Madres. Desde que salimos para acompañarlos en la travesía desde el puerto viequense de La Esperanza, teníamos la seguridad de que se estaba haciendo lo que se tenía que hacer (¿cómo combatir, sino con la desobediencia civil, el abuso del bombardeo de la Marina, que unas semanas antes había cobrado la vida de David Sanes?), mezclada con la incertidumbre sobre lo que podría pasar (¿cuánto tiempo antes de que los arrestaran? ¿qué pena les podrían imponer?).

Los dejamos en aquella playa, marcada en el centro por un panel de tiro al blanco, y en la que los mosquitos y los casquillos de bala se disputaban mayoría numérica. Alguien colocó la bandera del PIP sobre un montículo de proyectiles, y así nació el Campamento Gilberto Concepción de Gracia. A bordo de La Bandolera (la embarcación que aun bajo riesgo de ser confiscada tantas veces llevó el compañero Oscar Castellón por las aguas prohibidas) vimos por primera vez la figura de Rubén despidiendo a los que partían, un gesto que se nos haría tan familiar a todos los que seríamos parte de los relevos de acampantes. No hubo arrestos ese día, ni el siguiente, ni el otro. Sin saberlo nosotros, daba comienzo una larga jornada; un año en el que Rubén se convertiría, como lo llamaban en Washington, en “el hombre en la playa”, resistiendo sol y huracanes. Un año en el que la lucha por la paz para Vieques, por tanto tiempo limitada a un puñado de puertorriqueños, se iría convirtiendo en el reclamo de la inmensa mayoría de nuestro pueblo. Se iniciaba otro Puerto Rico.

Dicen que para hacer reír a Dios, sólo hay que contarle nuestros planes, porque nadie sabe lo que va a pasar mañana. Si alguien nos hubiera dicho, hace cuatro años, que estaba tan cerca el día en que lograríamos parar el bombardeo con el que la Marina había torturado a los viequenses por seis décadas, lo habríamos tenido por un iluso. Y nadie hubiera podido prever que para lograrlo, tantos de nosotros seríamos sacudidos de nuestra rutina para convertirnos en escudos humanos en los campamentos de desobediencia civil, o que seríamos cientos los que pagaríamos con nuestra libertad personal el precio de nuestro empeño por lograr que en suelo puertorriqueño, se cumpliera la voluntad de paz de los puertorriqueños y no la condena de guerra perpetua impuesta por los norteamericanos.

Ese mañana insospechado nos trajo el regalo de un pueblo unido –aun por encima de la debilidad de los líderes de las corrientes políticas mayoritarias– que descubrió, primero, que teníamos razón los que por tanto tiempo habíamos abogado por la desmilitarización de Vieques, y segundo, que las conquistas que parecen imposibles se pueden alcanzar, no con un único gesto heroico, sino con la paciencia (como dice nuestro comisionado electoral Juan Dalmau “la paciencia de Job y la sonrisa de Mona Lisa”) y el sacrificio de todos los que estén dispuestos a aportar, desde su trinchera, lo que la lucha les requiera.

Pero precisamente porque no sabemos qué se nos exigirá en ese mañana, Vieques también ha servido para recordarnos que nuestra tarea es estar preparados y en guardia, mientras estamos al acecho esperando la oportunidad para que se den esas circunstancias que permitan la materialización de nuestras aspiraciones. Que el PIP lograra mantener durante todo un año un campamento en el que nunca faltaron voluntarios para acompañar a Rubén; que aquel principio un poco caótico (las primeras comidas en el campamento, como en el desorden del desembarco se extraviaron los condimentos y los utensilios, se prepararon literalmente a punta de machete) se transformara en una estructura que funcionó con absoluta precisión; que pudiéramos iniciar una campaña electoral con nuestro candidato a la gobernación recluido en una playa a la que sólo se podía llegar a través de un accidentado viaje por mar, y luego con una tercera parte de nuestro liderato intermedio y candidatos locales presos en la cárcel federal, pudo ser posible únicamente por la combinación de disciplina, de capacidad de sacrificio y de respeto entre compañeros que se ha forjado en tantos años de batalla en las adversas condiciones en las que nuestro Partido ha resistido el vendaval de la colonia. En la playa con Rubén, en las oficinas del Partido, en La Esperanza, en cada comité, cada quien puso su corazón en hacer lo que le correspondía.

En aquel campamento pasamos muchos días con compañeros que hasta entonces conocíamos muy poco. Bajo el toldo que de día era el único refugio contra el sol calcinante, y de noche la fortaleza armada de todo tipo de repelentes contra el ataque de los mosquitos, se contaron mil historias de lo que ha sido nuestro camino hacia la soberanía: el precio de ser independentista en Naranjito, la huella que dejó entre los jóvenes de entonces el ejemplo de una pipiola en Barranquitas, el sufrimiento concreto que traía la persecución en Yabucoa, en Ciales, en Comerío. En ese momento, dar el nuevo paso en ese camino significaba dejar casa y trabajo para llegar “a estar con Rubén en la playa”, tragándose el miedo ante las olas de hasta quince pies que con maestría surcaban los pescadores -cómplices indispensables en esa jornada- en la yolas que hacían el viaje hasta el campamento; arreglárselas sin agua potable (se hicieron legendarios los baños en el mar con líquido de fregar, a las cinco en punto de la tarde); y cumplir con el trabajo agotador de mantener el campamento limpio y en orden, e incluso reconstruirlo en su totalidad tras el paso de los dos huracanes que asolaron la playa. Hubiera parecido una quijotada, pero se convirtió en la realidad que contribuyó a alterar el rumbo de nuestra historia política.

Cuando llegamos de vuelta a La Esperanza la noche de aquel 8 de mayo de 1999, recuerdo la sensación de desamparo ajeno, de que estaban aquellos doce allá solos en una playa que se hacía tan lejana, y de cómo el mar lo mismo parece que une que separa. Pasado mañana, 1ro. de mayo, celebraremos en Vieques que la distancia que marcan las aguas hondas y azules que nos llevaron hasta el campo de tiro ha sido salvada por una solidaridad nueva, construida sobre décadas de trabajo y persistencia. Ya no están los doce solos en la playa.