Le ha tocado ungir como sucesor a quien declaró la guerra en la pasada campaña

Dicen por ahí que en pueblo pequeño, campana grande. Por eso es tan difícil mantener secretos en un país como el nuestro, donde hacía ya varias semanas que se comentaba la posibilidad de que la señora Gobernadora no aspiraría a la reelección. La semana pasada se hizo finalmente el anuncio, seguido al otro día (con una diligencia que ya quisiéramos para las gestiones gubernamentales) de la designación de su sucesor en la papeleta de 2004. Al anuncio siguieron la especulaciones, unas más truculentas que otras, para explicar la retirada de la señora Calderón. Aunque una determinación como ésa no puede adjudicarse a un solo elemento, no hay duda de que entre las muchas razones señaladas de que ha tenido un peso especial el resultado de las encuestas que colocaban a la señora Calderón como una candidata derrotada. No sólo era desalentador el porcentaje de votos: aun tras una inversión millonaria en publicidad para resaltar la imagen de la Gobernadora, la mayoría de los entrevistados no pudo identificar una obra particular atribuible a la administración Calderón, como tampoco pudo mencionar algo que les desagradara particularmente. A mitad de su término, se percibía la incumbencia de la señora Calderón como una sin penas ni glorias.

Esa percepción había sido además recogida y magnificada por el liderato legislativo del Partido Popular. La dinámica que habíamos visto en las pugnas anteriores entre el Capitolio y La Fortaleza –ellos protestan, ella regaña, ellos obedecen— se había quebrado en la controversia sobre el aumento de sueldo acordado mediante convenio con la Federación de Maestros. Parecía que por primera vez, los legisladores advertían que la Gobernadora había dejado de ser la figura que los pastoreó hasta sus escaños para convertirse en el lastre que les impediría regresar a los mismos. Que esa perspectiva ominosa los llevó a querer distanciarse de ella lo confirma el hecho de que, aparte de alguna declaración motivada más por el interés de guardar las formas que por los buenos deseos, nadie, nadie, en el Partido Popular ha formulado una petición legítima para que la Gobernadora reconsidere. Por el contrario, a reina muerta, rey puesto.

Lo que nos trae la otra gran ironía de este proceso, junto con el recordatorio de que, en política, nada está escrito en piedra y todo puede cambiar de un día para otro. Como si la amargura de la rendición no fuera suficiente, le ha tocado a la señora Calderón ungir como su sucesor a la misma persona a la que le declaró la guerra en la pasada campaña, cuando amenazó a su partido con abandonar la campaña a la gobernación si Hernández Mayoral prevalecía en las primarias para la candidatura a comisionado residente. Hay quien ha atribuido este giro a un deseo de venganza de la Gobernadora, que ve la oportunidad de enfilar al hijo de su antiguo jefe por el despeñadero de una derrota de la que no hay regreso; sabemos que la misma previsión de un revés electoral llevó a Hernández Colón a no aspirar a un tercer término, dejando a Victoria Muñoz al mando de un barco por naufragar, y que igual razonamiento llevó a Pedro Rosselló a empujar la candidatura de Carlos Pesquera (según este mismo ha declarado) antes de hacer las maletas y mudarse al exterior. Pero la realidad es que sea ése o no un ingrediente para la receta de la nueva papeleta del PPD sólo hay que pasar lista al liderato de ese partido y preguntarse: “¿es que tenían otra opción?”. Si la necesidad es la madre de la invención, las encerronas que nos hace la historia pueden parir lo que parecía inimaginable.

Queda por ver... bueno, queda por verse todo. En la euforia del alivio por haberse zafado de la Gobernadora y con el alborozo de hacerse de un nuevo candidato sin mayores trámites, parece que a nadie en el PPD le importa mucho enterarse de cuáles son las posiciones de Hernández Mayoral sobre los temas fundamentales en el país. De momento, todos parecen estar perfectamente satisfechos con tener a un candidato cronológicamente más joven y con un récord en asuntos públicos que, por lo mismo de ser inexistente, está limpio.

Al Lcdo. Hernández Mayoral le toca ahora dejar atrás la comodidad que le brindaba ser un espectador y en ocasiones hasta un disidente dentro de su partido, para asumir verdaderas responsabilidades políticas. La señora Calderón ya comenzó por dejar en sus manos un tema del que ella se ha encargado –con éxito—de huir como el diablo a la cruz: el status. Señalo este asunto como prioridad natural en la agenda del nuevo candidato popular porque, distinto a otros problemas apremiantes (nadie espera que como candidato enderece desde ya el sistema de salud o el Departamento de Educación), para dar pasos firmes en dirección a un proceso descolonizador el Lcdo. Hernández Mayoral no depende de un triunfo electoral.

A finales de verano asumirá la presidencia de su partido, y con ella, el liderato de la conferencia legislativa. Desde esa posición tendrá, no sólo el poder, sino la obligación de delinear una ruta para llegar a unos acuerdos procesales que pongan en marcha un mecanismo para superar lo que Hernández Colón ha llamado déficit de democracia y nosotros denunciamos como colonialismo. El Partido Independentista ha sido claro en su disposición para participar en ese esfuerzo. Si en efecto prevalece en las primarias del PNP el Dr. Pedro Rosselló, quien desde siempre ha manifestado interés en el status, el nuevo líder popular no tendrá a mano la última excusa utilizada por doña Sila para descartar el tema.

En caso de que Hernández Mayoral suscriba la posición de su padre, de recurrir al mecanismo de Asamblea Constituyente que provee la Constitución y que está atado al calendario de elecciones cuatrienales, con más razón viene forzado a redoblar el paso. Si persiste en el parecer que antes ha expresado, de que un proceso sobre el status depende de la intervención temprana en el mismo del Congreso de los Estados Unidos, debe definir cuanto antes el alcance y las condiciones de esa intervención. La carrera ya comenzó.