Como si recién la hubiera descubierto, la señora Gobernadora le dio al fin un tímido abrazo a la idea de la Asamblea Constitucional de Status como mecanismo para atender el problema de nuestra relación política con los Estados Unidos. Ante la escasa concurrencia pastoreada por alcaldes y jefes de agencia a los actos del 25 de julio, la señora Calderón propuso que se consultara al pueblo para que se expresen sobre la convocatoria a una asamblea que tenga la encomienda de resolver el tema del status. Sin embargo, como pretender que el corazón del inmovilismo en el liderato del PPD se convierta de buenas a primeras en el motor del cambio político sería pedirle peras al olmo, lo que realmente matizó el discurso de la Presidenta popular no fue la propuesta de la constituyente, sino su clara intención de no hacer absolutamente nada.

Para empezar, con todo lo bueno que de repente tiene a los ojos de la Gobernadora la idea de una asamblea de status, sus atributos no le parecen suficientes como para ponerla en práctica desde ya. Así que la consulta y todo lo demás no son para este año ni para el que viene, sino para después de las elecciones –cuando ella, que no será candidata–, no estará ni por los centros espiritistas. Es lo nuevo del gobierno Calderón: antes la gobernadora hacía promesas para incumplirlas ella, ahora las hace para que las incumpla otro. Además, para escudarse contra el consenso que alegadamente busca, la Gobernadora exige que su propuesta se base en premisas diseñadas para excluir a proponentes de otras opciones, aún a ciertos sectores estadolibristas. Ciertamente, esa no es la manera más elegante para que la Gobernadora se despida de la vida política. La pregunta es: por qué anunciar con bombos y platillos un proyecto natimuerto, sobre todo cuando a nadie le cabe duda de que para la Gobernadora (como cándidamente aceptó en la pasada campaña electoral y como dejó traslucir el viernes) el problema del status se solucionó en el 1952, y cuando hemos visto que lo único que ha hecho su administración con el asunto es darle largas con una vasta colección de excusas vanas.

Quizás a la Gobernadora le está atormentando la mala conciencia. No mala conciencia por haber prometido antes trabajar con el status y haber fallado: repito, ella es incapaz de advertir algún problema en que la colonia subsista por los siglos de los siglos. El aguijón en su mente es sentirse, luego del anuncio de su retirada, en el agente catalítico del tremendo desbarajuste que reina en el PPD, y sobre todo, saberse responsable de los torpes procesos que han resultado en la selección de dos sucesores que, cada cual con sus circunstancias, tan amarga han hecho la entrada del PPD a la campaña del 2004. A falta de un candidato seductor, la Gobernadora busca entonces un nuevo caballo de Troya con el que adentrarse en el corazón de los incautos.

En la ola de Vieques ya no se pueden montar, no sólo porque ya pasó la parte más dramática del debate, sino porque con su falta de verticalidad la credibilidad del liderato popular en ese tema está en menos de cero. Difícilmente pueden recurrir al discurso nacionalista del megaboricuismo de güiro y coquí, porque con su entrega a los intereses de los americanos a costa del bienestar de los puertorriqueños el liderato popular se ha declarado gemelo ideológico del PNP. Ahí están sus súplicas para que se quede la Marina en Roosevelt Roads y la petición de Acevedo Vilá para que se instale allí la agencia de seguridad nacional (Homeland Security). De hecho, el mismo día que la Gobernadora celebraba el ELA y sus cuatro pilares, el pilar de la “defensa común” le costaba la vida a un puertorriqueño más en Irak. Ante esa tragedia, la actitud de esta administración no pasa de ser la de ¡ay, que pena me da!, pero qué le vamos a hacer. Esa es su agenda puertorriqueñista.

Con su coja propuesta de asamblea de status –o sea, la promesa de no hacer nada ahora pero de pensar en hacer algo cuando ya no pueda hacerlo– la Gobernadora lanza el anzuelo para que lo muerdan tanto aquellos que se piensan consejeros y confidentes del PPD (aunque tantas veces les hayan pagado con burla y desprecio), como los que necesitan su excusa cuatrienal, aunque sepan que es toda una falsedad, para darle otra vez su voto al Partido Popular. Tristemente, por todo aquel que engaña hay por lo menos uno que se deja engañar, y me imagino que habrá par de inocentes que se traguen el cuento.

Alguien me comentaba que en su acercamiento al tema del status, el liderato del sector ultracolonialista del PPD recuerda al letrero aquél que ponían en los colmados y cafetines: “Hoy no fío, mañana sí”. Cada mañana se convertía en un hoy, y el día bendito en que se pudiera comprar a crédito en la tiendita nunca llegaba. Si de verdad existiera voluntad dentro de la administración Calderón para trabajar el tema del status (o para exigir la devolución de Roosevelt Roads, o para pedir el regreso de nuestros soldados) no hay impedimento para hacerlo hoy, cuando además de tener la Gobernadora con mayoría en Cámara y Senado, puede contar con la base de la amplia investigación realizada por la comisión senatorial de lo jurídico en torno a la convocatoria a una asamblea de status. Ese es el hoy en el que el liderato del PPD no quiere actuar sobre el status; el mañana ya lo ha adelantado su candidato a la gobernación, el comisionado residente Aníbal Acevedo Vilá. Su respuesta al discurso de la Gobernadora ha sido un seco “le daré consideración al asunto”. El que confiado en la promesa de hoy, entregue su conciencia esperando un mañana de cumplimiento, se topará de nuevo con el letrerito de “hoy no, mañana sí’, y así por toda la eternidad.

En el calendario político del liderato del PPD, sólo cabe un futuro que es la prolongación indefinida de un presente absurdo. Y eso no es lo que mayoría de los puertorriqueños, incluyendo buena parte del electorado popular, quiere para nuestro mañana.