No recuerdo, en mis años de estudiante, haber leído más de dos o tres párrafos en los libros de historia sobre la Revolución Nacionalista del 1950. Sí tengo clara la impresión de profundo temor que, de pequeña, me transmitieron mis padres cuando me contaron que ese 30 de octubre -ellos tendrían unos once años-mandaron a cerrar todas las escuelas de Adjuntas y ordenaron que los niños fueran enviados a sus casas, de las que nadie debía salir bajo ninguna circunstancia. Nada más. Durante mucho, mucho tiempo, la Revolución Nacionalista ha sido uno de esos temas sobre los cuales se adoptó la política oficial de "de eso no se habla".

No tiene eso nada de extraño. Si en toda la historia de Puerto Rico tuviéramos que escoger un solo episodio que recogiera de la forma más dramática el heroísmo del que han sido capaces un grupo de puertorriqueños, la selección obligada tendría que ser el 30 de octubre de 1950. En lo ocurrido ese día en Jayuya, en Peñuelas, en Ponce, en Naranjito, en Mayaguez, en Arecibo, en San Juan, en Utuado -donde tras el bombardeo aéreo por la guardia nacional se dio uno de los episodios mas crudos y mas crueles de la represión política en este país: un grupo de combatientes nacionalistas, desarmados y descalzos, acribillados en plena calle por la policía insular, que prohibió el levantamiento de los cadáveres hasta entrada la tarde del otro día, cuando los curiosos del pueblo se cansaron ya de ver a los perros realengos lamiendo las entrañas de los patriotas muertos-se retrata el sacrificio más sublime, el de un grupo de hombres y mujeres que ofrendaron sus vidas por la libertad de su patria. Y no fue esa la ofrenda de un día. Tan terrible como la agonía de los que murieron ese día en combate, fue el calvario de los que pasaron largos años en condiciones terribles en las cárceles de Puerto Rico y Estados Unidos y el estigma con el que muchos tuvieron que vivir (el de una cultura colonial que castiga y margina a sus patriotas) hasta sus últimos días.

Pero ese heroísmo, el de Carlos Irizarry, el de Blanca Canales, el de Elio Torresola, el de Juan Jaca Hernández, padecía de un defecto fatal: era el heroísmo de un puñado de independentistas. ¿Cómo podía el régimen permitir que se conociera del valor de aquellos que según las instrucciones impartidas por don Pedro Albizu Campos salieron a hacer la revolución "de cara al sol", sin emboscadas ni combate que no fuera frente a frente? ¿Cómo revelar a las nuevas generaciones de puertorriqueños que el mismo camino libertador que celebran tantas naciones, pero que debía permanecer vedado para Puerto Rico, lo siguieron los revolucionarios del Partido Nacionalista, a sabiendas de que su martirio no podría producir un resultado inmediato?

El sábado pasado se dio un primer paso hacia el rescate de ese episodio a la vez terrible y glorioso de nuestra historia. En el heroico valle de Coabey, en una sesión especial en la Casa Canales-donde se gestó el levantamiento contra el régimen norteamericano y el gobierno colonial- la Legislatura Municipal de Jayuya aprobó una Ordenanza para trazar la ruta de la Revolución Nacionalista del 30 de octubre de 1950. Con ese reconocimiento hace tanto tiempo necesario, y articulado gracias a la insistencia de un grupo de independentistas jayuyanos, se abre una importante oportunidad para rescatar las lecciones del 30 de octubre. Y quizás la mas valiosa de esas lecciones, en particular para aquellos que aun no son independentistas, es el no permitir que la imposición de intereses ajenos a nuestra nación, endulzada con las promesas indignas de un retazo de poder (o fantasía de poder, sujeto a la ignominia de la sumisión por consentimiento), mutile el espíritu hasta el punto de dar la espalda a lo que es mejor para nuestro país y a lo que es bueno y justo para cualquier conciencia medianamente despierta. Para mí, una de las grandes tragedias de esa era de persecución fue el que los norteamericanos lograran que de la misma mano que produjo versos tan hermosos como el del Salmo del Dios Andrajoso -"es un poltrón el que a su sueño no agrega la rabia del machete o el gesto arrasador de los brazos cruzados", salieran los decretos que hicieron de tantos puertorriqueños, desde los fiscales en los juicios contra los nacionalistas hasta aquellos que manipularon la historia para acomodarla al vencedor, los verdugos, en carne y en espíritu, de toda una generación de hombres y mujeres valiosos y nobles. Don Pedro nos enseñó que "la victoria de un puertorriqueño sobre otro es la derrota de la patria". Y la persecución que se desató contra los que aspiraban a vivir en un Puerto Rico en el que mandáramos los puertorriqueños ha sido la mayor derrota que ha sufrido nuestro pueblo.

Por eso, el gesto de la Legislatura Municipal de Jayuya, la genuina honestidad de sus miembros al aceptar las enmiendas en las que insistió nuestra legisladora municipal y candidata a alcaldesa Mayra Rivera para disipar aun los resabios de inexactitud y resentimiento que se puedan esconder tras las mejores intenciones, lo recibimos con el corazón. Es nuestra esperanza que la designación de la ruta de la Revolución no sólo represente lo que una vez ocurrió, sino que materialice una ruta que nos lleve a revelar y a compartir lo que ha sido nuestra historia, toda nuestra historia.

Se acercan los tiempos en los que tendremos que tomar una determinación sobre nuestro destino político. De la misma forma en que no nos aventuraríamos a comprar a ciegas una casa, sin saber de su precio, de cómo está construida, de las condiciones en que se encuentra, no podemos los puertorriqueños embarcarnos en un proceso legítimo para decidir cómo será la estructura política en la que habitará nuestra nación si se nos continúa ocultando de qué está hecha nuestra historia, porqué las cosas han sido cómo han sido y cuán alto es el precio que ya, de tantas maneras, hemos tenido que pagar.

En Jayuya, desde el valle de Coabey hasta el pueblo, donde Blanca Canales y Heriberto Marín izaron sola nuestra bandera, se traza hoy una nueva ruta. Comienza también a marcarse el camino que nos llevará al destino que aun nos señalan los héroes del 30 de octubre de 1950.