De entre tus hermanos pondrás rey sobre ti; no pondrás sobre ti a un extranjero, a uno que no sea tu hermano.

Deuteronomio 17:15

 

Ya van a cumplir cien años los versos con los que Rubén Darío recriminaba a Theodore Roosevelt su atropellante afán de expandir el nuevo imperio norteamericano:

“!Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman, que habría de llegar hasta ti, Cazador!.....

Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor de la América ingenua que tiene sangre indígena que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”.

En este siglo nuevo, cumplida ya la profecía terrible de la invasión según proclamada por el poeta nicaraguense, otra vez se alza en nuestra América la voz de la Biblia (y acompañada hoy de versos del mismo poema de Darío), a través de la Carta Pastoral publicada por Monseñor Roberto González, Arzobispo Metropolitano de San Juan. Pocos documentos en nuestra historia reciente han suscitado tanto debate como la Carta “Patria, nación e identidad: don indivisible del amor de Dios”. No podía ser menos, porque se trata ciertamente de una declaración histórica. He escuchado comentarios y leído editoriales y artículos que van desde la rabia de los entreguistas que se sienten traicionados por los representantes de Dios en la tierra, hasta elogios dictados desde la perspectiva estrictamente cultural de la puertorriqueñidad. Yo no soy sociológa, ni analista, ni literata; soy independentista, una en esa tradición de creyentes de que nuestro pueblo tiene el derecho y el deber de preservar el regalo único de su identidad y de dirigir su destino de acuerdo a unos postulados superiores de dignidad y respeto propio. Por eso, la Carta Pastoral la he sentido sobre todo como un documento profundamente conmovedor, y su lectura me ha hecho evocar la impresión que me han causado los hombres y mujeres que he conocido en todo Puerto Rico y que han dedicado su vida a luchar por la libertad de su país, sin que se pueda explicar esa devoción—en muchos casos resistiendo las dolorosas consecuencias de la persecución— por otra vía que no sea la de la fe.

Cuando el Monseñor nos dice que “resulta imposible entender el misterio de nuestra identidad fuera del misterio de Cristo” y que “para el cristiano, las nociones de patria, nación, pueblo, no son meras abstracciones románticas ni realidades prescindibles...Son realidades palpables integradas al proceso soteriológico y salvífico”, más que una declaración teológica, yo veo una forma de articular eso que late detrás del empeño de los que buscan rescatar lo que en palabras de Juan Pablo II, según citado en la Carta Pastoral, es “el grande y fundamental derecho del hombre: derecho al trabajo y derecho a la tierra”. En eso estriba, después de todo, el abogar por el fin de la dependencia y del dominio extranjero sobre nuestro suelo, las dos grandes ignominias de la vida en una colonia. Se trata del derecho a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente y a gobernar nuestro país.

En la convicción de que la lucha por la independencia era una forma de hacer valer los mandatos superiores de igualdad y dignidad estuvo anclada la filosofía albizuista. Para don Pedro Albizu Campos el coloniaje era “la anulación y la absorción de nuestras fuerzas morales que Dios depositó en nuestra tierra”. Cuando don Pedro se dirigió a la prensa el día de su arresto del 2 de noviembre de 1950, a raíz de la Revolución que se inició en Jayuya, sus escuetas palabras fueron: “Diré que la patria está pasando por su transfiguración gloriosa”. Es inevitable escuchar el eco de sus palabras cuando en la Carta Pastoral Monseñor González, tras discutir lo que ante Dios significa una patria, en una reflexión sobre las patrias “que perecieron o fueron asimiladas” (dos formas de una misma tragedia), menciona a Víctor Hugo como el cantor a “la patria eterna”, y expresa su confianza de que los versos del escritor francés “sean algo más que hipérboles poéticas de un romántico, y apunten a la transfiguración de las patrias desaparecidas o transformadas”. Con esa hermosa conjunción de palabra divina y verso mortal sobre esa transfiguración el Arzobispo apunta en aquello que llamamos patria una existencia que va más allá de la concepción territorial, temporal, o aún de la identidad de sus miembros.

La patria es en sí y de forma absoluta, una parte de la creación y del plan divino–tanto que Jesús “se sometió a la condición de ser miembro de una patria y una nación”, y una particularmente torturada por el yugo del extranjero.

La nación, la patria y la identidad no son, entonces, conceptos nacidos de la mente o la experiencia humana, sino la manifestación palpable de la diversidad con la que Dios, quien “no es indiferente a nuestra diferencia” quiso poblar la tierra. Por eso constituyen “un don indivisible del amor de Dios”, y por eso la obligación moral de defender cada una de las naciones, de las patrias y de las identidades del mundo merece tan alto rango en el mandato divino. Cuando hacemos valer nuestra puertorriqueñidad—no como “una estéril nostalgia de un pasado vivido”, sino como “una fuerza creadora en un mundo globalizado”—más que un postulado político, nos enseña la Carta Pastoral, estamos haciendo efectivo “el amor a la libertad requerida por Dios”. Es decir, el amor a la patria no se construye con el mero folklore (en Puerto Rico, esa noción del patriotismo como el gusto por el flamboyán y el coquí), sino con la reivindicación activa del bien comunitario y de los derechos que nos asisten ante “la familia de las naciones”.

Han tronado contra la Carta Pastoral los que no han vacilado en vender su progenitura por un plato de lentejas, al modo de Esaú; quienes le han puesto precio a nuestra identidad y cedido el derecho a llamar nuestra esta tierra. La han reducido a una expresión de nociones culturales los que por querer a servir a dos amos no se atreven a ser ni fríos ni calientes. La Carta Pastoral es el recordatorio, para ellos y para los extranjeros ante quienes han rendido sus lealtades, que en sus planes de entrega y aniquilación de lo que somos, como advirtió Darío a Roosevelt:

“Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!”.