Tenía un compañero de trabajo que a la hora de comer, formulaba la siguiente plegaria: “Hay quienes quieren y no pueden, y hay quienes pueden y no quieren. Nosotros que queremos y podemos, Señor, gracias te damos”. Recordaba esa invocación al ver la propuesta de status presentada por el candidato a la gobernación del PPD ante la asamblea general de su partido, reunida bajo el lema “nuevo impulso puertorriqueño”. Como en otras instancias desde que ocupa la comisaría residente en Washington, el Lcdo. Aníbal Acevedo Vilá, en lo que se refiere al status, gustosamente se ha acomodado en la triste categoría de los que pudiendo, no quieren.

Ha prometido el señor comisionado residente que, de ganar las elecciones, en un término de ciento veinte días convocará a un referéndum en el que los puertorriqueños podrán escoger entre cuatro mecanismos para atender el tema de nuestra condición política: el de la asamblea constitucional de status, el de plebiscito con aval del Congreso (idea con la que simpatiza el precandidato PNP a la gobernación Dr. Pedro Rosselló), el de un plebiscito local, y por aquello de dar siempre espacio a la indefinición, cualquier otra alternativa que favorezca un “amplio sector”. Claro que esas promesas de “haré al principio de mi mandato”, viniendo del segundo en mando de la misma administración que con idéntico entusiasmo prometió que en sesenta días sacaría a la Marina de Vieques, no dejan de causar escepticismo. Y por supuesto que es como ver otra vez la misma película, cuando son un eco de las promesas que, con la participación del Lcdo. Acevedo Vilá, figuraron en el programa de gobierno del PPD para el 2000, y para las que siempre apareció un catálogo de excusas para incumplir. Pero, más que eso, lo que no tiene sentido de la propuesta del candidato popular es que en este momento, cuando él es el presidente del partido que está en el poder, con mayoría en Cámara y Senado, insista en dejar para mañana lo que ciertamente puede hacer hoy, y además quiera vendernos esa absurda posposición como una suculenta promesa de campaña. Ha caído el Lcdo. Acevedo Vilá en la tentación de los que pueden y no quieren.

¿Por qué no querer hoy? Desde su pasmosa pasividad en la oficina de la comisaría residente, el candidato a la gobernación del PPD ha visto desfilar los eventos que señalan los días que vivimos como los más propicios para traer el tema del status de Puerto Rico a la atención de los Estados Unidos. La relación colonial que se inició gracias al apetito que despertó en los norteamericanos la importancia geopolítica de nuestra isla para fines militares, ahora carece del aliciente de las prácticas navales en Vieques y las operaciones de Roosevelt Roads. El refugio contributivo que para algunas empresas estadounidenses una vez significaron los tratos contributivos especiales, se ha derrumbado ante la desaparición de las secciones 936 y 30 A, que se hará del todo efectiva en poco más de un año. Una delegación congresional, asistida por el General Accounting Office y animada por una curiosidad casi científica, examinará los cómo, los porqué y los hasta cuándo de la condición económica de la isla del encanto, lo que puede traer una variedad de consecuencias.

Liberado de buena parte de la presencia militar de la metrópolis, sin las disposiciones contributivas diseñadas para endulzar el lazo colonial, con los ojos del Congreso al fin dirigidos hacia acá, Puerto Rico se encuentra ante lo que para cualquier proponente de la descolonización es una situación ideal para poner los puntos sobre las íes en cuanto a nuestra condición política. Pero por eso mismo, si el norte no es la descolonización, o si, lo que es igual, el tema del status no pasa de ser una escalera útil para subir o bajar del poder, lo que está pasando aquí y en Washington es una pesadilla de la que es mejor escapar con un “yo brego con eso después”. Esa reunión de pruebas del fracaso del ELA es justo lo que hace falta para espolear a aquellos que políticamente, sólo saben vivir a la huida.

El miedo a esa acumulación de clavos para el ataúd del ELA no es lo único que impide al candidato popular actuar hoy, cuando puede, sobre el tema del status. Los resultados electorales de las últimas décadas reflejan que cuando el PPD obtiene mayoría en las elecciones, el PIP sale fortalecido en votos. No es en las praderas independentistas donde quiere cosechar el candidato popular, sino en los campos más conservadores y pro americanos. Así, la inclusión de la propuesta del Dr. Rosselló en esa piñata de opciones no es otra cosa que una guiñada coqueta a los estadistas, el despojo final del sambenito de antiamericano que, total, ni le hace falta al Lcdo. Acevedo para conservar la lealtad de los que aunque se canten soberanistas, se mueren de pena si no votan por un popular.

Finalmente, cuando uno no quiere hacer nada, mejor que simplemente no hacerlo, es pasar la papa caliente. Con suerte –y a eso aspira el Lcdo. Acevedo Vilá– este intento desesperado de preservar el status cuya marca de fábrica es el “déficit de democracia” se puede disfrazar de un ejercicio archidemocrático, en que hay de todo para todos, y el pueblo que decida. ¿Cómo va a comprometerse de verdad un defensor de la colonia con la asamblea constitucional, que es sin duda el mecanismo más viable para la descolonización, si tiene la salida fácil de disolver el tema en un vente tú de opciones?

El “nuevo impulso puertorriqueño” que se estrenó en la asamblea PPD de Isabela resultó ser un resorte hacia el pasado, una vuelta a la búsqueda de estratagemas, trucos y engaños para legitimar la subordinación de los puertorriqueños a los intereses de los Estados Unidos. Con todo a favor de una discusión genuina y fructífera sobre el status, el liderato del PPD rehuye otra vez su responsabilidad histórica. En Isabela reafirmaron su vocación de no querer, aunque se pueda.