Hay formas de ser y hay actitudes tan particulares en su abyección que una sola palabra no acierta a describirlas a cabalidad. Por eso, términos como “desentendido”, “irresponsable” o “desinteresado” no albergan en la evocación de sus significados la precisión de esa frase magistral, la del “yo no fui”. Inmortalizado por Rubén Blades como el epítome de lo desinteresado y frívolo, como el resumen de lo “plástico”, el “cara de yo no fui” resulta ser algo así como primo hermano de ese otro espécimen picaresco consagrado en el decir popular: el que “tira la piedra y esconde la mano”.

Como este es un gobierno que lleva al pueblo tan cerca de su corazón, no podía acabarse el cuatrienio sin que esas actitudes yonofuistas dejaran de ser patrimonio exclusivo de las masas y se incorporaran como deben en las estructuras gubernamentales. Tiene que ser ese tierno gesto de populismo el que lleve, por ejemplo, al liderato popular y a los directivos de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados a envalentonarse de buenas a primeras ante los abusos de Ondeo y anunciar que les van a cancelar el contrato, que lo de exigirle al pueblo de Puerto Rico un reembolso de noventa y tres millones de dólares es una barbaridad impermisible (contrario al reembolso de cincuenta millones, que parece que es una barbaridad permisible), que cómo es que se atreven a tratarnos como un país tercermundista, negándonos con su negligencia el preciado líquido. Así, esos líderes y esos directivos olvidan –o sea, se hacen el “yo no fui”- de que los franchutes esquilmadores llegaron a la isla del encanto por invitación de ellos mismos, que negligentemente ignoraron que a Ondeo lo precedía una mala reputación que iba desde Nueva Jersey hasta Suráfrica, que los presidentes de Cámara y Senado se desgarraron las vestiduras en contra de las privatizaciones para luego convertirse en cómplices del contrato fatal que ahora quieren rescindir, y que este gobierno llegó al poder prometiendo un cambio, no la continuación de los excesos privatizadores de Pedro Rosselló. Meten al galán seductor por la ventana y ahora gritan como vírgenes ultrajadas.

La misma historia va con el Tren Urbano. Una fuente no identificada allegada al gobierno declaró a un periódico que “si yo fuera un usuario no me montaría...” hasta tanto se certifique la corrección de varias fallas, tales como la posibilidad de que el tren se descarrile si va a más de veinte millas por hora en ciertos tramos con curvas, o de que se produzca un corto circuito en la cablería que, cual gabete, se quedó suelta por ahí en lugar de estar encapsulada. Por supuesto, el gobierno asegura que no tiene nada que ver con estos entuertos, y antes que otros señalen su responsabilidad andan por ahí buscando sus titulares de “yo no fui”.

Con escrupulosidad de cirujano (aunque no lo sea) y evocando a Pilatos, el Secretario de Salud se lava las manos ante la escasez de internados médicos que ha provocado la reforma de salud, y que pone en peligro la disponibilidad de especialistas en un país que hasta hace unos años se preciaba de la calidad de los galenos entrenados en los hospitales locales—como si bajo su incumbencia el Departamento de Salud, contra toda lógica y sentido de justicia, no se hubiera convertido en un aliado del sistema rossellista que por dondequiera quiera que se mire ha lacerado la provisión de servicios de salud. Con la misma actitud de “yo no fui” nos alerta contra los peligros de la ingestión del alcohol en estas festividades, mientras se ha hecho de oídos sordos a la necesidad de ampliar el programa antialcoholismo del Departamento de Salud, que sólo puede atender a unos treinta de los miles de afectados por la adicción a la bebida.

Al “yo no fui” se le une el “aquí no pasa nada” de la señora gobernadora, que, toda sonrisas, desmiente que exista un problema de desgobernabilidad por el entra y sale de funcionarios de su gabinete. Predicando ante invitados internacionales sobre la necesidad de “un clima donde el respeto y la disposición a escuchar alienten nuestra capacidad para transar y manejar las diferencias”, para la Primera Ejecutiva el país está muy bien, gracias, y si algo anda mal, la culpa no es de ella.

Eso sí, el yonofuismo no es una moda pasajera. El candidato a la gobernación por el PPD, Lcdo. Acevedo Vilá, ha demostrado ya su compromiso con la continuidad y renovación de esa forma de gobierno. Por eso, en su anuncio televisado sobre la educación, donde niños pletóricos de felicidad reciben el pan de la enseñanza computadorizada en un salón inmaculado, no hay rastros de los abundantes fracasos de ésta, la administración de la que él forma parte, en el ámbito educativo. Tampoco hay reconocimiento alguno de incongruencia entre su visita a Irak, colgado del brazo de los congresistas más retrógrados y proguerra, con sus aseveraciones de que él “no apoya esta guerra”. Si alguien le reclama su pasividad ante las trece muertes de soldados nuestros y la activación de miles más en plena época de amor y paz, va a replicar, (como dicen los americanos, con cara de jugador de póker) que a él nada, que él no fue.

Este fenómeno de personalidades múltiples en el gobierno—se cantan y se lloran, lo mismo mandan que se fingen oposición, les ponen un espejo de frente y no reconocen su propio reflejo—es la consecuencia inevitable del descalabro. Recurren a mil identidades porque se quedaron con ninguna. Ni hay proyecto ideológico ni hay voluntad de innovación en la política pública. Ni hay liderato establecido ni hay renovación genuina a la vista. Y para el que pregunte por los problemas con el agua, por el estancamiento en el desarrollo, por las comunidades desplazadas, por los asesinatos, por la drogadicción, por el abandono en la salud mental, por las desigualdades crecientes entre ricos y pobres, y por el olvido del tema del status, la única respuesta es que ellos no fueron.