En China no hay Navidad. Como un estado oficialmente ateo, rechazan la idea de una celebración cristiana (menos del diez por ciento de los habitantes lo es) o peor aún, esencialmente occidental. Pero las cosas parece que están por cambiar. Este año, según reseña una revista inglesa, se abre una brecha en esa tradición antinavideña en instalaciones gubernamentales como el Acuario de Beijing, que ofrecen la novedad de buzos en traje de Santa Claus y árboles plásticos submarinos.

No tiene nada que ver con un triunfo del cristianismo ni con aperturas culturales. Lo que pasa es que los chinos se dieron cuenta de que la Navidad, aún en los países cristianos, cada vez tiene menos que ver el nacimiento de Cristo y más con comprar y gastar. Dice el artículo que encuestas oficiales han revelado que un 30% de la población de Beijing se disponía a celebrar Navidad. Sin embargo, menos de la mitad de estos ciudadanos predispuestos al jolgorio decembrino tenían idea de que se trataba de una festividad de origen religioso. Por aquello de que, si no puedes con ellos únete a ellos, y de que tampoco se trata de aplanar con tanques de guerra a cuanto Santa Clos flaquito y de pelo negro y lacio se aparezca por ahí como si fueran señal de disidencia política, el gobierno chino ha decidido sacarle partido económico a la situación como medida para agilizar la economía de fin de año. Por eso, los detallitos en el Acuario de Beijing, que en un futuro se extenderían a otros lugares. En China, la Navidad está por convertirse en la versión al desnudo de lo que tristemente hemos hecho en esta parte del mundo con un fiesta sagrada: un comando para comprar, celebrar y gastar, que se activa automáticamente el viernes después de Acción de Gracias y se apaga, en nuestro caso, al concluir las octavitas.

Pero no son los chinos los únicos que parecen querer aprovecharse de ese espíritu de celebración automático que se supone nos posea a todos en las últimas semanas del año. Hace varios días, en ánimo de festejo, la Gobernadora convocó a la prensa para notificarles que todo anda bien en el país, que estamos en un repunte económico y que el hecho de que se hayan reportado apenas dos asesinatos mas que el año pasado a estas fechas, es una muestra de que “hemos controlado el espiral de violencia”. O sea, Santa Claus llegó al Acuario de Beijing y todos debemos celebrar.

No es por aguar la fiesta, pero de la misma manera que los chinos no aspiran a hacer un llamado a la paz mundial con su Navidad de mentiras, no puede La Fortaleza pretender descartar lo que viven día a día los puertorriqueños, con unas declaraciones que pintan una realidad más artificial que un arbolito de plástico. En primer lugar, luego de ciertos líderes y funcionarios de los partidos mayoritarios, nada ha perdido más credibilidad en Puerto Rico que las benditas estadísticas. Las cifras y los porcentajes, alguna vez señales de cientificidad en el dato, lo que hacen ahora es levantar cejas y advertir contra las manipulaciones que en el pasado se han destapado. Lo segundo es que, según la Gobernadora estamos requetebién: ¿pero en comparación con qué? Cuando la economía dio un bajón y se multiplicaron las quejas de que la calle está dura, la culpa se convirtió en un producto importado: los problemas, se repetía hasta el cansancio, venían como un eco de la situación norteamericana y la responsabilidad no era del gobierno de Puerto Rico, sino del 11 de septiembre, de Osama, de Saddam y toda su parentela. Hoy, un frágil aumento del 1.9% en el producto bruto—a todas luces secuela también del leve mejoramiento en la economía estadounidense- es razón para la autofelicitación en Fortaleza, que calificó las cifras como evidencia de una “inusitada prosperidad” y de que “estamos logrando todos nuestros objetivos”. Claro que sepultadas noventa páginas después en el periódico del sábado, están las declaraciones del Secretario de Desarrollo, como el antinavideño Scrooge de la historia de Dickens, apagando las luces del entusiasmo inventado de Fortaleza. Casi llegando a la sección de esquelas, aclara el señor Secretario que aunque están satisfechos con esos números “no es como para tirar fuegos artificiales”. Admite que la tasa de desempleo sigue siendo el doble de la de Estados Unidos y reconoce que el ingreso per cápita, a pesar de ser mayor que en otros países, tiene que hacerle frente a un “costo de vida muy superior” al de naciones cercanas. Como para darle la razón, en la página siguiente se reseñan las reacciones de varios líderes latinoamericanos, que con cautela y sin fanfarrias anuncian crecimientos del producto interno bruto del 3% al 4.1%, apuntando a sus aspiraciones de llegar a un 6% en un futuro cercano.

Me imagino que tampoco sería razón para celebrar en otras latitudes el tener “sólo” 765 asesinatos en casi un año, y que sería inaudito echarle la culpa de que la gente se sienta insegura a “ciertos crímenes notables que han coloreado de forma desfavorable la impresión de la gente”, como acusó una muy satisfecha Primera Ejecutiva. Con muy poco se contenta el corazón de los funcionarios gubernamentales que ven un logro en el Condado Trío –esa ruina funesta que recibe a los turistas en nuestra principal zona turística en plena temporada alta—o en los proyectos de “Agua para Todos”, cuando de seguro todos los involucrados en el contrato de Ondeo están en la lista de los que se han portado tan mal que no tendrán ningún regalo bajo el árbol.

En China toman prestada la Navidad como una excusa para que la gente gaste feliz sin pensar en por qué; aquí se inventan una realidad de progreso y satisfacciones para que nadie piense en aspirar a más. No sé hasta dónde lleguen aquellas Navidades fabricadas, en las que no puede haber redentor ni salvación, ni promesas de una nueva alianza. Lo que es aquí, la pascua se está marchitando, pero todavía nos queda con qué distinguir lo genuino de lo artificial. El año próximo, tendremos la oportunidad de hacer valer esa diferencia entre lo legítimo y lo falso; y en hacer la elección correcta está la posibilidad de poder celebrar un día, de verdad, el cambio que nos traiga la paz y el progreso que se le ha negado a nuestro país.