Pasó el momento de promesas, de vaticinios y de especulaciones. Ya todos los funcionarios electos están debidamente juramentados, unos con más fanfarria que otros--nada más ver cómo, en un momento en que se debate a cuántos cientos de millones de dólares asciende el "déficit estructural", el nuevo gobernador gastó cerca de setecientos mil dólares en su ceremonia inaugural. En todo caso, con modestia o con pompa, estamos todos instalados y el país a la espera. Quisiera poder decir que tengo todas las esperanzas del mundo en el buen funcionamiento de eso que han dado en llamar "un gobierno de consenso'. Pero aquí nadie puede pecar de ingenuo. No sólo es preocupante la agresividad con la que algunos--en particular, el liderato PNP--han asumido sus nuevas responsabilidades. También la falsa armonía debe ser razón para redoblar la guardia, como cuando el ojo del huracán nos envuelve con esa engañosa tranquilidad que precede a los vientos con mayor capacidad de destrucción. Y cuando escucho a tanta gente cuya falta de compromiso está más que documentada, arropados en esa agenda de "todos juntos ya", me parece que lo que anuncian es el consenso de la inmovilidad: estar cuatro años más haciendo que se hace sin atender de raíz los problemas que más importan.

Para comenzar este cuatrienio más o menos donde quedó el anterior, los legisladores del Partido Independentista hemos radicado en Cámara y Senado uno de los proyectos que más dio que hablar el pasado año, el de mejoras a las condiciones de trabajo y de salario de las enfermeras y enfermeros. Como se ha reseñado en la prensa, luego de emitir un veto alegando que se requería una mayor investigación sobre el impacto de esa medida en la industria de la salud, la ex-gobernadora dejó la papa caliente en manos del gobernador Acevedo, en forma de un proyecto aguado contra el cual ya se manifestaron los representantes de las enfermeras y enfermeros. Si existe la voluntad legislativa para retomar el proyecto en los mismos términos que merecieron el voto favorable muchos de los actuales senadores y representantes, y esa voluntad se topara nuevamente con un rechazo de Fortaleza, puede surgir la oportunidad de que una mayoría de dos terceras partes en cada cuerpo (para las cuales puede ser crucial el voto de los legisladores del PIP) vaya por encima del veto del gobernador y el proyecto se convierta en ley. Si esa voluntad flaquea, si la mayoría se conforma con el remedio a medias de la administración Calderón, las enfermeras y enfermeros serán las primeras víctimas del consenso fatal de no hacer nada.

Como el proyecto de las enfermeras, hay muchas otras instancias en las que no hay que inventar la rueda para hacer una diferencia importante. El sufrimiento por el que atraviesan los pacientes de salud mental debido a los abusos de las compañías privatizadoras no debe ser un legado con el que quieran seguir cargando los incumbentes--ni en su bitácora política ni en sus conciencias. El tema del ambiente y la necesidad de darle garras a las oficinas reglamentadoras e instrumentos a las comunidades no puede seguir en el último lugar en la lista de prioridades del gobierno. La desigualdad en desarrollo entre la zona metropolitana y el resto de la isla urge atención para ahora, no para el milenio que viene. Para cada uno de sus asuntos, nuestra delegación ya tiene una propuesta para el año en curso. Nos resta esperar si el el consenso y la apertura son mucho más que lemas, y llegan a convertirse en estilos que tengan espacio en la forma de hacer sus trabajos las mayorías legislativas y el ejecutivo.

Queda también, por supuesto, el perpetuo problema del status. Me atrevería a decir que los funcionarios electos por los partidos rojo y azul para este nuevo "gobierno de consenso" se consolaron cada cual de lo incompleto de su victoria pensando que precisamente ésa sería la mejor justificación para seguir de brazos cruzados en el asunto de la condición de subordinación política de Puerto Rico. Una mayoría legislativa estadista con Rosselló en la Fortaleza, o un Aníbal Acevedo Vilá con control de Cámara y Senado y con un comisionado residente algo tendrían que haber hecho para darle contenido a sus promesas sobre el status. Con los resultados que trajeron las elecciones, sobran contrapartes para echarles la culpa de la inacción: un escenario de ensueño para el inmovilismo.

En su toma de posesión, leyendo su discurso, el nuevo gobernador instó a olvidarnos de los colores de las banderas partidistas que desunen para pensar en los colores de la bandera que nos unen. Esperamos que ese lapsus (si es que lo fue) no sea una amenaza para acentuar el consenso de inacción que han protagonizado los rojos y azules. El camino se hace andando y la paz y armonía se alcanzan trabajando-y dando la batalla cuando hay que hacerlo. Los del partido verde podemos dar fe de ello.