Tras mucho cavilar, sabía exactamente lo que iba a hacer. Cuando el sueño de su marido fuera más profundo, lo acuchillaría en la yugular, para que se desangrara. Convencida en su delirio de que la vida, que a ella le sabía tan amarga, nada mejor tendría para sus pequeños, decidió que también mataría a sus hijos. Sólo cuando consumara la repartición de muerte entre los que más quería, llegaría el momento para ella abandonar la existencia que tanto la atormentaba.

Ese relato macabro pudo haberse convertido en material para una de esas primeras planas que nos horrorizan y nos hacen exclamar, ¡hasta dónde vamos a llegar, Dios mío! Pero en medio de las tinieblas que ahogaban su razón, la mujer, que compartía su experiencia con los asistentes a la actividad de “No al Suicidio” que se celebró frente al Capitolio el 28 de diciembre, tuvo un instante de lucidez y logró lo que otros con menos suerte no alcanzan: encontrar ayuda para combatir la depresión que la consumía y que la empujaba a buscar su muerte y la de su familia.

Con la valentía que se necesita para hacer del dolor propio un testimonio que sirva para alumbrar a otros, personas como la mujer del relato, junto a amigos, familiares y profesionales de la salud mental, respondieron a la convocatoria de Rosa Miranda, otra sobreviviente de varias crisis suicidas, para hacer su parte, contribuyendo a crear conciencia de la manifestación más terrible de la desesperación humana: el deseo de acabar con la propia vida. Tristemente, con la noticia de que una niña de nueve años se quitó la vida en el municipio de Morovis, comenzamos el 2004 el recordatorio de que el suicidio nos puede arrebatar aún las vidas más jóvenes.

Según la Organización Mundial de la Salud, se registran cerca de un millón de suicidios anuales en el mundo. Se estima que en Puerto Rico, como promedio, 9 de cada 100,000 habitantes mueren a causa del suicidio, aunque los números pueden variar dramáticamente de año en año. En la década del 1990 al 2000 se suicidaron 3,800 puertorriqueños; más de 300 muertes al año. Las cifras reales, señalan los expertos, pueden ser mas altas, ya que ciertos accidentes, casos de sobredosis de sustancias controladas, o medidas como dejar de tomar medicamentos constituyen, en efecto, suicidios. Sí se dan en Puerto Rico la constantes que rigen en todo el planeta: los hombres son hasta cuatro veces más propensos que las mujeres a quitarse la vida, aunque son las mujeres quienes con mas frecuencia lo intentan. La mayor incidencia se da en hombres entre los 20 a 45 años, y cerca de un quince por ciento de los suicidas puertorriqueños son ancianos. A la par, aumentan los casos de suicidios entre jóvenes y adolescentes, al punto de que en los Estados Unidos, es la sexta causa de muerte entre los 5 y 14 años, y la tercera entre los jóvenes de edades entre 14 y 24.

La decisión de suicidarse no suele ser intempestiva. Como en el caso de la mujer que compartió su experiencia en la actividad de No al Suicidio, regularmente es el producto del cultivo de la idea durante cierto periodo de tiempo. En la inmensa mayoría de los casos, las personas con tendencias suicidas dan señales que pueden ir desde un mayor retraimiento o imposibilidad de concentrarse, hasta la verbalización misma del deseo de matarse y la repartición a modo de testamento, de objetos queridos o de valor. En todos estos casos, se trata de mucho más que de un ritual de preparación para la muerte autoinfligida: son peticiones de auxilio para encontrar una salida. Por esta razón, puede hacer una diferencia literalmente, de vida o muerte, el que las personas cercanas estén atentas y sobre todo, no descarten como “una forma de llamar la atención” estas señales.

Aunque el comportamiento suicida puede estar vinculado a diversos factores, incluyendo un evento específico particularmente traumático, varios estudios epidemiológicos han establecido que hasta un 90% de los suicidios están relacionados con una enfermedad mental, frecuentemente sin diagnosticar o sin tratar, como la depresión o el abuso de sustancias controladas. En Puerto Rico, no es de extrañar esta relación, cuando los servicios de salud mental han sido virtualmente abandonados por el Gobierno en manos de las privatizadoras, con los resultados que los medios han reportado hasta la saciedad: gente que no recibe tratamiento, medicamentos que son denegados en atención al costo para la privatizadora y no la necesidad del paciente, la cancelación de servicios a nivel regional y la resistencia a un acercamiento más completo y novedoso en el área de la drogadicción.

Una publicación sobre el suicidio en las Américas apunta a la gran influencia que tienen las condiciones sociales sobre la salud de los ciudadanos. Ese determinismo actúa en dos niveles: uno que afecta las enfermedades de origen “externo” y que es el relacionado con el apoyo del estado a medidas generales de higiene, prevención y tratamiento, y el segundo, mucho más complejo, en el que la sociedad afecta la salud humana en el grado en que las características de su funcionamiento y organización constituyen una mayor o menor fuente de estrés para las personas. Es ese renglón el que se convierte en el fatal colaborador para el progreso de enfermedades como la del suicidio y otras manifestaciones de conducta violenta. El comienzo del nuevo año en Puerto Rico ha servido para corroborar esa tesis. Siguiendo a un año que se caracterizó por el desgaste de tantas instituciones y por tantas instancias de desorden social, recibimos el 2004 con noticias aún peores que las que dejamos atrás con el 31 de diciembre.

Pero no siempre tiene por que continuar mal lo que mal comienza. La reunión frente al Capitolio, ese último domingo del año, de un grupo de personas dispuestas a ofrecer el testimonio de su sufrimiento como un arma contra el dolor que amenaza la vida de otros, es una señal de aliento para comenzar el nuevo año. Su presencia allí es después de todo, un llamado para que, en esta época de fiestas y regalos, atesoremos el regalo mas valioso: la vida de cada uno de los que habitan nuestro suelo.