Mi primer recuerdo de Eugenio María de Hostos –más allá del uso que se le da a su nombre para bautizar calles y edificios– es haber escuchado, en un recital en mi pueblo de Adjuntas, “Ante la tumba de Ruiz Belvis”, las palabras que dedica Hostos al compatriota muerto en el olvido y enterrado en una fosa común en Valparaíso, Chile. Me pareció en aquel momento, el tributo más conmovedor y hermoso que alguien pudiera escribir; tantos años después, me emociona de igual manera. Sólo que si entonces me conmovió la belleza del verbo hostosiano, hoy, el Hostos que he conocido un poco más, me deslumbra por la grandeza de su ejemplo, que aunque siempre matizado por lo hermoso y lo lírico, tiene un valor mayor: entre los muchos patriotas que a sufrimiento y a lucha han contribuido a forjar nuestra nacionalidad, Eugenio María de Hostos representa de forma especial la concreción de los valores ciudadanos.

Pero quiso la historia que el desprecio que ha castigado a tantos de nuestros grandes hombres y mujeres hiciera que en Puerto Rico fuera más cierta que en ninguna otra parte lo dicho por Francisco Hernández y Carvajal a la muerte de Hostos: “¿Oh América infeliz, que sólo sabes de tus grandes vivos cuando ya son tus grandes muertos!”. Aquel Hostos, “ciudadano de América” que abogó en todo el continente porque las mujeres fueran admitidas a las universidades, que impulsó en Chile la idea del tren transandino, que en Santo Domingo fundó la Escuela Normal y otras instituciones educativas para las que también fue director, profesor y autor de textos, que como sociólogo y constitucionalista marcó un hito intelectual en esta parte del mundo, fue el mismo Hostos al que el gobierno insular le negó un humilde trabajo de funcionario escolar. Es nuestra gran pérdida que el suelo donde no logró florecer la semilla tan abundantemente esparcida por la América Latina, fuera precisamente el suelo patrio de Eugenio María de Hostos.

Por eso, ya que no supimos apreciarlo cuando era uno de “nuestros grandes vivos”, es más importante aún honrar su legado como uno de “nuestros grandes muertos”. De esa herencia de Hostos, quiero señalar tres aspectos. El primero, es la abnegada dedicación de Hostos a la vida pública, su compromiso con todo aquello que hiciera mejor la vida de un pueblo aquel en que encontrara, porque para Hostos toda América era la patria. Esa devoción al bien común (“la propiedad para todos, el trabajo para todos, producción y consumo para todos”) la injertó Hostos a la tradición independentista, recogida por Albizu Campos y Concepción de Gracia y por eso hoy hablamos no sólo de la lucha por un Puerto Rico libre, sino por un Puerto Rico con más justicia, solidaridad e igualdad. Aunque al recordar a Hostos abundan más que ninguna las referencias al estudioso o pensador, la realidad es que nuestra deuda con él tiene tanto que ver con la acción como con el pensamiento. Hostos nos guía en la búsqueda de la libertad como meta moral; pero igual, nos señala el camino para aspirar también a la redención del reino de este mundo.

En segundo lugar, hay que destacar la aportación de Hostos al adelantarse (junto a Betances y a Martí) al fenómeno de la globalización, advirtiéndonos que nuestra liberación y desarrollo tiene que darse dentro del contexto de toda América Latina. Hablando de Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, decía Hostos que “son fracciones de un mismo entero, y ninguna podrá ser, aislada, lo que sólo juntas podrán llegar a ser todas”. Hoy, con la nueva dimensión que han cobrado las relaciones internacionales en un mundo en el que se deshacen las fronteras, tiene más vigencia que nunca el concepto de unas Antillas confederadas y una Latinoamérica unida –que, recordemos–, no se trataba de ideas vagas basadas en un concepto etéreo de hermandad. La Confederación Antillana se construiría sobre medidas económicas y políticas específicas, desde el libre comercio hasta líneas navieras compartidas. Es una cruel ironía que la mesa de organizaciones internacionales y mercados libres, en la que como colonia sin personalidad separada ante la comunidad de las naciones no podemos sentarnos a dialogar y a negociar, es la mesa en la que quisieron reunir a las Antillas y a toda Hispanoamérica los más grandes de nuestra raza, cuando los bárbaros del norte apenas despertaban al primitivismo del expansionismo imperial.

El tercer aspecto es el que me parece, a la luz de las nuevas condiciones políticas con las que nos enfrentaremos en los próximos años, el más urgente. Cada cual desde su circunstancia, nuestros grandes patriotas recorrieron caminos para los que entonces no existían mapas. Les llamamos padres de la patria: esa paternidad patriótica, así como sucede con la biológica, debe servir para que la experiencia de los mayores sea aprendizaje para los vástagos. De esta forma, el camino recorrido por Eugenio María de Hostos, tiene una lección muy particular para nosotros que, ciento un años después de su muerte seguimos debatiendo el destino político del país. Es la lección de su advenimiento a la madurez política.

El Hostos de su primera manifestación literaria, “La peregrinación de Bayoán”, es un reformista que aspiraba aún a una relación fraternal con la metrópolis, condicionada por una forma decorosa de autogobierno para la isla. Esa ilusión conciliadora, justificada luego por Hostos por haberse concebido en una edad “en que esos imposibles se ven posibles en la imaginación y el ensueño”, se desvaneció ante los golpes de la realidad. El Hostos que años más tarde emerge de la temporada pasada en Nueva York, donde conoce de cerca la lucha independentista del exilio, y donde ve en el ejemplo de algunos de los cubanos radicados allí cómo el liberalismo tibio desembocaba tan fácilmente en entrega anexionista, tiene otra visión respecto al rumbo político que debe seguir su patria. Me atrevería a decir más: precisamente porque en Hostos era tan puro y fundamental el interés por el bienestar común que él concretizaría como educador, sociólogo y participante de la vida pública, su razón tenía que llevarlo a la conclusión que algunos todavía temen enfrentar: sólo cuando en Puerto Rico mandemos los puertorriqueños, habrá espacio para la realización completa de nuestras aspiraciones de justicia y progreso. Ese es el Hostos que de forma especial vale recordar hoy, el que en carne propia vivió la desilusión del reformismo dentro de la colonia para despertar al llamado inequívoco de la libertad. Es también el Hostos que nos quieren escatimar los que se las arreglan para evocar la parte de su memoria que les conviene y descartar la que no; por eso, desde el 1939, el monumento de Hostos que exhibe la Universidad de Puerto Rico fue mutilado a petición de la Junta de Síndicos para eliminar las palabras “sociología” y “patria” que eran parte de él. Nuestras peticiones para un desagravio han sido desoídas.

Persisten para el Puerto Rico de hoy las enseñanzas de Eugenio María de Hostos, como persisten las fuerzas que insisten en “hacer cenizas las aspiraciones más puras del alma”.