Para un príncipe enano / se hace esta fiesta.
Sus dos ojos parecen / Estrellas negras
Vuelan, brillan, palpitan/ Relampaguean
Mi mano, que así embrida/ Potros y hienas
Va, mansa y obediente, a donde él la lleva
Su sangre, pues, anima mis flacas venas
¡Con su gozo mi sangre/ se hincha o se seca!
¡Déjenme que la vida a él, /a él la ofrezca!

José Julián Martí, a su hijo, en el Ismaelillo

Dicen que para experimentar la vida de la forma más plena, hay que escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. Lo del libro me parece lo de menos; hay demasiados buenos autores para que los más pobres en talento literario pretendamos invadirles el campo. En todo caso, doy por suficientes las páginas que he escrito –y las que faltan– en este espacio. No puedo decir que haya sembrado un árbol, aunque algo ayudé; el día que me propuse hacerlo, mi incipiente barriga de casi tres meses de embarazo apenas me permitía moverme en mi ropa ya demasiado ajustada.

Pero tengo a José Julián. Pagando mi parte en la culpa de Eva, parí a mi hijo con dolor, y desde ese jueves a las cuatro y cincuenta y cinco de la tarde, lo que es la vida, lo que soy yo, tiene un significado nuevo que sólo trasluce a través de esos ojitos oscuros que salieron de mí hacia este mundo, abiertos y atentos, como golosos de maravilla y amor.

No importa que tener hijos sea la experiencia humana más repetida desde el comienzo de los tiempos. Para Héctor José y para mí, no ha habido trance como el de nuestro parto, emoción como la que sentimos cuando miramos a José Julián, ni perfección como la de cada uno de sus gestos. Nuestra voluntad ha sucumbido y asumimos con alborozo el dominio de este amo que sin ningún esfuerzo nos ha conquistado. El único reloj que vale es el que marca su llanto, que cuando persiste sin razón que sepamos identificar este par de primerizos, se convierte en el sonido más angustioso del planeta, peor aún que la tortura de las noches en blanco, el dolor de los brazos agotados de cargarlo y el espanto ante el desorden que ha invadido nuestras vidas. Las objeciones ambientales han desaparecido, mientras festivamente agotamos paquete tras paquete de pañales desechables y toallitas húmedas. No importan ya libros, periódicos, ni televisión. Nosotros, hasta hace unos días tan enterados de todo, ahora obsequiamos con nuestra mejor expresión de perplejidad al que llegue con noticias del mundo exterior. Es tal nuestro agotamiento, que a duras penas logramos procesar cualquier información que no responda directamente a sus necesidades.

La consideración hacia el resto de la gente también se ha desvanecido, y no tenemos inconveniente en importunar a quien sea, si así lo requiere la comodidad del nuevo rey. Una duda sobre el funcionamiento de la máquina para extraerme leche basta para llamar a horas realmente indecentes a nuestra amiga Jessica Martínez, quien libra sus propias batallas al servicio de su robusto Nicolás. Abusamos de la generosidad y los talentos culinarios de mi hermana para comer algo que no sea cereal o pizza. Ella y mi suegra, además de aparecerse con los suplidos de emergencia del supermercado y la farmacia, nos han regalado preciosas horas de siesta o la posibilidad de hacer cosas como lavar ropa o abrir el correo electrónico cada vez que se aparecen para cumplir con su parte en el servicio al pequeño déspota. Mis papás han venido desde Adjuntas a cuidar su nieto, para que Héctor y yo podamos salir un rato, y cada día escuchan pacientemente el informe telefónico sobre las grandes tragedias de las noches de mucho llanto y poco sueño, o los grandes triunfos del primer baño en casa y los consejos salvadores de Proyecto Lacta. Al abuelo paterno, como es pediatra (y que nos asegura que, médicamente hablando, José Julián es de los bebés mas lindos que ha visto en treinta años de práctica), le ha tocado en esta rifa llamadas diarias con preguntas sobre estornudos, onzas de leche, tipos de llanto y otras calamidades.

Estamos todos al servicio incondicional de nuestro pequeño, adorado tirano. Vivimos en temor de su ceño fruncido, derretidos ante lo que parezca un gesto de aprobación a nuestras atenciones. Como me decía mi esposo una de estas madrugadas –mezclados la desesperación y el arrobo– nada es suficiente para él, nada basta para complacerlo, y ni siquiera tenemos la pequeñísima gratificación de una sonrisa suya por tantos desvelos. Y cada minuto, damos gracias por esta preciosa esclavitud que domina nuestras vidas.

Por José Julián se nos agolparon de pronto en el corazón todas las esperanzas y todos los temores. Para él queremos ser escudo, guía, aliciente y hogar. Es nuestro tesoro más preciado, aunque entendamos que los hijos no son de los padres, sino de la vida. Al ver por primera vez su carita, sentimos que cuanto hemos hecho y anhelado, era esperando por él. Y si con tanto regocijo nos declaramos sus súbditos, es porque sabemos que al menos ahora, cuando aún no lo alcanzan los azares y dolores de la vida, está en nuestras manos proveerle lo que necesita: alimento, atención, abrigo, amor. ¡Cómo tememos, calladamente, el día que mi pecho, o nuestro abrazo, o todo nuestro cansancio y nuestra entrega no basten para garantizar su felicidad!

Nuestro rey reposa en su trono: mi regazo. Su respiración intercalada de jadeos y suspiros es a su vez mi calma y mi felicidad. Desde su nacimiento, en todo vemos más alegría: su presencia es fiesta e ilusión en casa. Las ingratitudes del mundo se hacen pequeñas antes este regalo, tan diminuto y tan grande. Como decía José Martí (cuyo nombre lleva nuestro hijo) ante su Ismaelillo: “Espantado de todo, me refugio en ti”.