Se fueron los españoles. Están por irse los dominicanos, siguiendo el ejemplo de los hondureños. Los noruegos se aprestan ya a cambiar el abrasador calor de ese suelo extraño por la fresca primavera de su tierra. Y mientras miles de soldados de todo el mundo –sus gobiernos convencidos al fin de la futilidad de esa guerra empezada por otros– retornan a su patria, los militares puertorriqueños destacados en Irak reciben nuevas órdenes para extender su permanencia en el conflicto que ya ha cobrado la vida de catorce boricuas y nos ha dejado cientos de heridos.

Demasiado embobados en su campaña electoral, levantando la vista de su propio ombligo sólo para verificar quién luce más deshonesto que el otro esta semana, los líderes estadolibristas y estadistas no se atreven a decir ni esta boca es mía ante ese abuso contra nuestros compatriotas. Ni siquiera ante las alegaciones sobre discrimen hacia los puertorriqueños –como las que hicieran un grupo de guardias nacionales a través de quien escribe– se han atrevido a pedir lo que es justo. Poca cosa les ha parecido que muchos hayan estado expuestos a uranio reducido, o que estén obligados a realizar tareas para las que apenas han recibido entrenamiento. Con una frialdad que espanta, tanto el gobierno PPD como el liderato penepé, compinches en la adulación a todo lo que huela a americano, prefieren callar y mirar hacia el lado, antes que hacer el reclamo al que vienen obligados: es hora de que los soldados puertorriqueños vuelvan a casa.

Esa sosera y debilidad, además de ser la marca de fábrica del colonizado, es la respuesta a las gríngolas que con el tema de Irak le exige el Pentágono a todo aquel que quiera llevar el carnet de amigo del Tío Sam. En lo que sería un ejemplo de caricatura, si no fuera por las tragedias que encierra, el más reciente enojo pentagonal lo ha provocado la divulgación de trescientas sesenta fotografías en las que aparecen, cubiertos con la bandera americana, los ataúdes de los soldados muertos en Irak. Amparados en la teoría de que ojos que no ven, corazón que no siente, el Pentágono ha prohibido la toma y difusión de fotos del proceso mediante el que se reciben los cadáveres de los soldados caídos en acción. Tanto pánico les provoca que se muestre al mundo la evidencia más dramática de su fracaso en Irak que hasta hicieron que uno de sus contratistas despidiera a una pobre empleada civil que, conmovida ante la formalidad en el traslado de los cuerpos, le sacó un retrato a una veintena de ataúdes en Kuwait.

Con fotos o sin ellas, la realidad es que continúan muriendo hombres y mujeres en Irak a cuenta de la terquedad del Presidente Bush y sus secuaces. Han rebuscado el país de arriba a abajo y las famosas armas de destrucción masiva no aparecen ni por los centros espiritistas. Saddam está preso, sus hijos muertos, su ejército desarticulado, su casa ocupada y hasta su estatua derribada. Países que meses atrás ponían la mano en el fuego por la política bélica de los Estados Unidos, hoy retiran sus tropas. Los actos terroristas en España han demostrado cómo los tentáculos de la guerra pueden alcanzar a los más inocentes. Es increíble, por lo tanto, que mientras los argumentos que una vez pudieron servir para justificar el envío de tropas a Irak se han vuelto ceniza, mientras gobiernos en el mundo entero modifican su posición en torno a la guerra, aquí, en una de las jurisdicciones que mas bajas ha tenido en proporción al número de soldados activos, el asunto ni se toque ni le importe a nadie en los partidos azul y rojo.

Tienen de donde heredar esa apatía malsana los líderes PPD y PNP. Para mostrar su adhesión a toda prueba a los Estados Unidos, la Asamblea Legislativa de Puerto Rico aprobó en su momento una resolución apoyando el conflicto de ¡Vietnam! Los resultados del más grande desacierto de la política exterior norteamericana los conocemos aquí demasiado bien: miles de jóvenes puertorriqueños con sus vidas tronchadas. Y ahora que se presenta una oportunidad histórica de reivindicar aquella entrega vergonzosa, les acomoda mejor defender las equivocaciones del americano, antes que defender la vida de los nuestros. Ni caso le han hecho, a más de un año de radicadas, a las resoluciones radicadas por el representante Víctor García San Inocencio y el senador Fernando Martín, exigiendo el regreso de las tropas boricuas. Esa actitud tiene muchos nombres, y ninguno tiene que ver con el “patriotismo” ni con “la defensa de la democracia” en que se quieren amparar los muy hipócritas. Se llama cobardía, entrega, amoralidad; se trata de ausencia de verticalidad, y de no tener las faldas y los pantalones bien puestos para las cosas que realmente cuentan.

Así son las ironías en la política. Son muchos los que se las dan de guapos para decirse barbaridades todos los días de un lado y del otro, muchos los que se comen los niños crudos cuando se trata de pelear por las alcaldías, los escaños y la Fortaleza. Pero es demasiado pedirles que canalicen un poquito de tanta bravura para recordarle al Congreso y a la Casa Blanca que no hay mayor acto de tiranía que el de enviar a morir en la guerra a hombres y mujeres que pertenecen a un pueblo que no tuvo nada que ver, nada que decir, en la decisión de iniciar esa guerra.

Yo no sé cuanto valen, para el liderato del Partido Popular y del Partido Nuevo Progresista, las vidas de cada uno de los puertorriqueños muertos en Irak. No sé que precio le han puesto (pero estoy segura de que le han puesto uno), en asignaciones de fondos federales, al sufrimiento de cada de esas familias, y a la angustia de las que aún esperan el regreso de un padre, una madre, un hermano, una hija. Tampoco entiendo cómo le alcanza la vergüenza a esta administración para gastarse una millonada en una campaña “por la paz” en los medios de comunicación, mientras consienten y aplauden el envío de nuestra gente a la guerra.

Es tiempo de que los nuestros regresen. No tienen perdón los que nada hacen para que eso suceda; sobre sus conciencias cae cada gota de sangre puertorriqueña derramada en Irak.