Ayer cumplió años mi papá. Sesentaiséis años de una vida que, me parece a mí, ha sido feliz, y le parece a muchos, ha sido buena y útil. Así que me tomo la libertad de no hablar hoy de las tragedias del país o del extranjero, de olvidar el frenesí de la campaña electoral, de dejar atrás denuncias, propuestas o señalamientos para decir: Feliz cumpleaños, papi.

Mi hermana Carmen y yo crecimos en un hogar que bajo los estándares de hoy es quizás atípico: un hombre y una mujer que cuarenta y un años atrás decidieron hacer una vida juntos, y que criaron a sus dos hijas con el ejemplo vivo de lo que es una familia que se nutre del amor y del esfuerzo. Mi papá, sin afectaciones ni aspavientos (jamás lo he escuchado quejarse de las privaciones de su infancia) cumplió con la aspiración de todo padre: dar a sus hijas más de lo que él tuvo. Y lo hizo en mucho más que el aspecto material; papi nos dio un atisbo de lo que era el mundo más allá del pueblo chiquito en el que crecimos, echando mano de los recursos de aquellos tiempos previos a la Internet. Por eso, cuando pienso en papi, pienso en las baladas de Chopin (pasó tiempo antes de que aprendiera que se pronuncia Chopan) y los valses de Strauss que en el extinto formato de LP llegaron a casa, cortesía de alguna oferta de Selecciones del Reader’s Digest —cuya portada en aquel entonces estaba adornada con grandes obras de pintura—. O la maravilla de “Cien años de soledad”, que papi me compró como parte de una promoción de los Supermercados Grand Union, y los poemas de “Versos del Hombre y de la Vida”, la antología publicada por el programa de Educación para la Comunidad, y de la cual escuché, por primera vez y leídos por él, los romances gitanos de Lorca que todavía hoy me hacen llorar.

En mi papá también vi lo que es una vocación invencible de civismo y liderazgo. Fundador del Club Rotario, miembro de los directivos de los Leones, organizador de sangrías de la Cruz Roja, de equipos de salvamento de la Defensa Civil y de certámenes de declamación, apoderado del equipo de voleibol, maestro de ceremonias en Fiestas Patronales, feligrés comprometido con la parroquia San Joaquín; participante de cuanta colecta y actividad por una causa benéfica se hiciera en el pueblo. Si había que recoger dinero para el Día de no Fumar, la Distrofia Muscular o los afectados por un huracán, él y sus compañeros Leones (Loló, a quien hace poco perdimos, y Joe Panelli, con su nombre sacado de una historia de intrigas sicilianas, entre otros), nos cedían a los niños sus chalecos amarillos cuajados de insignias y prendedores, con los que nos sentíamos un poco más importantes cuando pedíamos dinero entre una clientela tan improbable como la que asistía a la gallera del pueblo. Con mayor éxito que la guitarra o la ebanistería (tareas en las que ha sido aprendiz perpetuo, con lo que ha provisto abundante material para bromas familiares), ha logrado dominar la tecnología, y como prueba de su modernidad transcribe en su computadora el boletín de la Iglesia y lo que haga falta.

Mi hermana y yo nos resignamos a ser por toda la eternidad “las nenas de Tito Santiago”. Aun mi sobrino, que se crió en casa de mis padres, ha perdido su apellido paterno para convertirse en “Gaby Santiago”. Tanta es su popularidad (en más de un sentido; mis papás son muñocistas fervorosos), que estamos convencidas de que papi no llegó a postularse para alcalde de Adjuntas sólo por no someter a su familia a lo que es la amargura de una campaña política en pueblo chiquito.

Un poco por desafiar sus dogmas políticos le pedí que recibiera a Rubén Berríos en nuestra casa luego de una caminata en la campaña del 2000. En una escena como de película, fuimos interrumpidos en plena cena por una caravana del candidato popular a la alcaldía, que anunciaba por altavoces que venía “a saludar a Rubén, que está en casa de Tito”. Así que a la avanzada verde y blanca que ya colmaba la casa de mis papás se sumó una multitud de populares que venían, creo yo, en una misión mixta: lo mismo a reconocer lo que representa Rubén como a apoyar a mi papá en esa invasión del sacrosanto recinto hogareño por parte de los independentistas azuzados por su hija menor. Fue un recordatorio claro de la prudencia que para bien debemos tener en lo que respecta a política en mi casa. Es por eso que, sabiamente, si no es para atacar con indignación y al unísono los desmanes de ciertos líderes estadistas, mejor ni tocamos el tema.

Mi mamá siempre ha dicho que, si le tocara vivir de nuevo, habría dos cosas que no cambiaría: ser maestra de escuela elemental y casarse con mi papá. A mí me daban celos de que no añadiera “y tener dos hijas como las que tengo”. Hoy, que hago mi vida también guiada por una vocación absoluta y al lado de un hombre extraordinario, entiendo bien lo que ella quería decir. Hay cosas que llegan y cosas que uno elige, y cuando esa elección resulta bien, hay que darle gracias a la providencia tres veces al día.

Sin escogerlo, a mí me tocó un papá excepcional, que para mami, para mi hermana, para mis sobrinos, para mi esposo, para mi hijo y para mí, ha sido bendición abundante y pródiga. Te queremos, Tito Santiago. Feliz cumpleaños.