Relataba un jesuita alemán, sobreviviente del ataque nuclear a Hiroshima, que lo más pavoroso de su experiencia había sido el silencio. En un parque en las afueras de la ciudad, al que acudieron muchos de los sobrevivientes de aquella mañana del 6 de agosto de 1945, cientos yacían en el suelo, con espantosas heridas. Los ojos de algunos se escurrían, derretidos, por las mejillas quemadas. El calor generado por la explosión había transferido los primorosos estampados de los quimonos a la piel de sus dueñas, cuyos cuerpos ahora yacían desnudos, cubiertos sólo con flores tan cruelmente tatuadas.

Pero, contaba el padre Kleinsorge, ninguno gritaba, ninguno se quejaba, nadie hablaba; cuando él les llevaba un poco de agua con que aliviar las horribles quemaduras dentro y fuera de su cuerpo, sacaban fuerzas en su agonía para inclinar la cabeza en agradecimiento. En silencio se escurrían hasta la muerte sin comprender ni preguntar qué había pasado. Morían por su país con la misma dignidad de un guerrero. En silencio habían perecido, instantáneamente, las primeras cien mil víctimas; en cuestión de días, morirían cincuenta mil más.

Este viernes se cumplen 59 años de la tragedia de Hiroshima; del día en que el presidente Harry Truman ordenó que el “Little Boy”, como morbosamente bautizaron los soldados estadounidenses a la bomba lanzada desde el Enola Gay, cayera sobre una ciudad habitada por un cuarto de millón de civiles japoneses, y causara la mayor devastación jamás provocada por un solo ataque. La ruptura de la forma más pequeña de materia, un átomo, provocó una reacción en cadena que liberó energía suficiente para matar a todo aquel en un radio de un kilómetro del hipocentro (que resultó ser un hospital).

La temperatura en el radio inmediato se elevó a 5,000 grados Celcius. Cien mil edificios desaparecieron. Los hibakusha, como se llamó a los sobrevivientes, quedaron afectados de por vida por la radiación; quemaduras que no sanaban, tumores desfigurantes, cáncer, fallas en el sistema inmunológico, desórdenes de órganos internos, y en el caso de los fetos expuestos, malformaciones y problemas crónicos de desarrollo. El ‘mal de radiación’ afectó a quienes aún a tres meses de la explosión se acercaron al centro de la ciudad.

Tan satisfactorios fueron los resultados en Hiroshima a los ojos del presidente Truman, que tres días después lanzaron otra bomba atómica, esta vez de plutonio, sobre la ciudad de Nagasaki, repitiendo allí la pesadilla.

Para justificar su doble monstruosidad, el Gobierno de los Estados Unidos alegó que las bombas atómicas eran la forma más prudente de acabar con la Segunda Guerra Mundial. Una invasión a Japón, sostenían, habría significado la pérdida de muchos soldados. Los cientos de miles de civiles japoneses muertos eran el precio a pagar por la estabilidad numérica de las tropas americanas. La realidad es que, según ha tenido que reconocerse luego, en ese verano de 1945 los japoneses estaban a punto de la rendición. Okinawa había sido ocupada por Estados Unidos. El país no podía sostener ya el esfuerzo bélico y la inminente entrada de la Unión Soviética al conflicto era la estocada final. En los círculos diplomáticos, los japoneses exploraban la posibilidad de poner fin a las agresiones, con una sola y mínima condición: que en honor a la milenaria tradición monárquica se respetara al Emperador. De hecho, documentos que por décadas fueron ocultados al público revelan que tres semanas antes del ataque a Hiroshima, el Gobierno norteamericano interceptó un mensaje del Ministro del Exterior japonés a su embajador en Moscú, declarando el deseo de finalizar la guerra. Según se supo más tarde, el almirante William Leahy y el comandante Dwight Eisenhower (Ninguno de ellos opositor, ciertamente, de la hegemonía de los EE.UU. Leahy fue gobernador militar en Puerto Rico) señalaron como innecesaria la utilización de la bomba atómica.

No hay nada más terrible que un bravucón herido y asustado; ganar la Segunda Guerra Mundial no era suficiente para Estados Unidos. Tres razones tenía el presidente Truman para proceder con el lanzamiento de la bomba: el castigo más cruel posible al pueblo que había osado hacerle la guerra, la urgencia de estrenar la nueva y terrible tecnología atómica (se seleccionó a Hiroshima, en parte, porque su tamaño y topografía eran ideales para observar los efectos de la bomba), y sobre todo, la oportunidad para un despliegue de poder sin precedentes de la vecindad de la Unión Soviética, en el momento definitorio para la Guerra Fría.

Poco tiempo le duró al Tío Sam su supremacía atómica. La Unión Soviética, Francia, Inglaterra y China pronto desarrollaron sus propias armas nucleares. Mi generación creció con la amenaza de una guerra apocalíptica, que no ha desaparecido del todo. En lugar de achicarse, el club nuclear se ha expandido. India y Paquistán realizaron sus primeras pruebas en el 1998. Los tratados suscritos para poner fin a la carrera nuclear siguen permitiendo estas pruebas (llamadas subcríticas, porque no envuelven una explosión propiamente), que en sí mismas han resultado fatales para gente y para el ambiente.

Este aniversario de las matanzas de Hiroshima y Nagasaki —a manos del mismo país que en esas fechas se erigía en contra del exterminio de judíos por los nazis- nos recuerda que la maldad de la guerra no conoce límites ni precisa justificaciones. El que es grande y poderoso, no mata porque sea necesario o justo; mata porque puede. Ante el altar de ese poderío se sacrificaron en el 1945 las vidas de cientos de miles de civiles japoneses.

Vivimos tiempos de guerra. Hace falta escuchar con atención y reverencia los silencios de Hiroshima.