Que las adicciones son una enfermedad mental y como tal deben tratarse, se ha convertido en una de esas verdades que se repiten mucho y se entienden poco. Por eso, la conferencia auspiciada la semana pasada por el Centro de Transferencia de Tecnología sobre Adicciones con sede en la Universidad Central del Caribe, se centró en las más recientes investigaciones que validan el que, lejos de tratarse de una falla moral, la dependencia a sustancias (a drogas ilegales como heroína y cocaína, pero también al alcohol y al cigarrillo) es atribuible a una alteración en las funciones neurológicas.

De hecho, gracias a la nueva tecnología de neuroimágenes, esa disfuncionalidad en el cerebro puede ser tan apreciable como lo es una lesión en el sistema cardíaco. Un amplio grupo de especialistas, entre los que hay que destacar a las latinoamericanas Dra. Nora Volkow, directora del National Institute on Drug Abuse, y a la Dra. Patricia Molina, de la Universidad de Lousiana, coincidieron en señalar las alteraciones en el sistema dopaminérgico, como la explicación fisiológica para el fenómeno de la adicción –definida como la imposibilidad de un sujeto de abstenerse, sin más, del consumo de una sustancia. Dicho en los términos más sencillos, el cerebro de un adicto, una vez afectado por el consumo de drogas, deja de funcionar de manera normal. Así, el por qué algunas personas pueden evadir la adicción y otras no, parece estar directamente relacionado, (pero no irremediablemente determinado) a ciertas desregulaciones en el sistema neurotransmisor.

Para asegurar la supervivencia de las especies, el cerebro animal (incluido, claro, el nuestro) desarrolló la capacidad de derivar placer de las funciones indispensables para ese fin, como la reproducción y la alimentación. En los humanos, ese mismo mecanismo provoca una sensación de agrado al apreciar un paisaje o escuchar una canción. Llevar de una neurona a otra el mensaje de que tal actividad es placentera está a cargo de un neurotransmisor llamado dopamina. Cada vez que uno de nuestros sentidos percibe algo agradable, se liberan moléculas de dopamina. Para que podamos funcionar, la dopamina debe mantenerse a cierto nivel.

Poca dopamina está asociada al mal de Parkinson; mucha dopamina, a la esquizofrenia. Ciertas drogas, como las anfetaminas, heroína y cocaína, alteran dramáticamente la cantidad de dopamina, disparándola a unos niveles que inicialmente propician la sensación de euforia asociada a la intoxicación, pero que a la larga resultan inmanejables para el organismo.

Para compensar ese desbalance, las neuronas actúan defensivamente, suprimiendo entonces los receptores dopaminérgicos –los sitios a los que la dopamina está destinada. El resultado es un cerebro (que debemos recordar, no es un órgano inmutable, sino dotado de plasticidad) configurado de manera distinta. Así, en ese cerebro "realambrado" a consecuencia del abuso de drogas, ya no producen la misma impresión las cosas que antes eran agradables (de ahí la apatía general asociada a la adicción). La drogodependencia deja de ser una búsqueda de experiencias placenteras para convertirse en una carrera desesperada a la huída de los síntomas de retirada que aparecen tan pronto la ausencia de droga en el organismo precipita el déficit de dopamina. Es tan potente este efecto, que cuando un adicto dice que necesita la droga tanto como el comer, no lo dice en sentido figurado: ese es el mensaje que envían sus neuronas.

Sin embargo, la interacción de ciertas sustancias con la dopamina es sólo parte de la historia. Varias investigaciones dan cuenta del impacto del entorno social en el consumo y la adicción a drogas, y se ha documentado el efecto apreciable de elementos intangibles como la estima propia y el calor familiar.

Por ejemplo, en un estudio con una comunidad de primates uno de los principales hallazgos fue que los monos dominantes o con mayor jerarquía, eran menos propensos a autoadministrarse cocaína que aquellos subordinados al dominio de los primeros.

En un experimento con ratas, en el que un grupo fue criado en aislamiento y otro con su madre y el resto de la camada, resultó que al administrarles cocaína en la edad adulta, el cerebro de los primeras reaccionaba de forma distinta –liberando mucha más dopamina que el de las ratas criadas con su familia. Todo parece indicar, entonces, que la plasticidad del cerebro no sólo es afectada por el consumo de drogas, sino que las experiencias sociales dejan una marca en nuestra forma de transmitir impulsos neurológicos. Los individuos sometidos a situaciones de tensión, desarraigo y sentido de inferioridad serían más susceptibles al impacto de las drogas, mientras que aquellos desarrollados en un ambiente con vínculos comunitarios y percepción de valor individual más fuertes, tendrían más oportunidad de no caer en la drogodependencia.

Según las doctoras Volkow y Molina, ésta puede ser la razón por la cual los niveles de adicción suelen ser tan altos en sectores económicamente marginados: el estrés asociado con la pobreza, la marginación y su consecuente sentido de impotencia puede tener mucho que ver en la forma en que un organismo maneja el impacto de la droga.

Lo que uno de los conferenciantes llamaba el "significado en el mundo real" de toda esa información es que, en primer lugar, una vez se ha probado el aspecto médico de la drogodependencia, ningún argumento subsiste para tratar el asunto –de verdad, no con frases de moda por salir del paso– como uno de salud mental. En segundo lugar, que nunca había estado tan documentada la necesidad de trabajar programas de prevención, no únicamente con campañas publicitarias, sino atendiendo los factores de desarraigo y marginación que pudieran colocar a gran parte de la población (sobre todo en un país con un 60% de los habitantes bajo el nivel de pobreza) en una posición especialmente riesgosa para la adicción.

Algo más sobre la plasticidad cerebral: mientras más temprana la edad en que una persona se inicie en el consumo de drogas (de nuevo, incluyendo alcohol y cigarrillos), más altas las probabilidades de que desarrolle la enfermedad de la adicción, ya que esa catarata de reacciones químicas puede incidir de forma aún mayor en un cerebro todavía en formación.

La conclusión es que más recursos, distribuidos de forma más eficiente, tienen que estar destinados a la prevención temprana.

Finalmente, lo que nos dice la ciencia es que los programas de tratamiento tienen que estar pensados en la función a cumplir para restablecer el balance neurológico del adicto. Si se descarta la intervención con ayuda sicológica y de reajuste social, con el impacto probado que pueden tener en los patrones neurológicos, poco se va a lograr. Las investigaciones también explican el fenómeno de las recaídas y nos recuerdan que mientras se halla una cura para la adicción, las estrategias para reducción de daños (el uso de las sustancias de la forma menos riesgosa posible, como el uso de jeringuillas estériles para evitar el contagio de VIH y hepatitis a través de agujas infectadas) son vitales para minimizar los estragos de la drogodependencia.

La ruta está trazada: necesitamos más y mejores programas de prevención y tratamiento, accesibles en las etapas más tempranas y más investigaciones. Continuar con el patrón de desidia, con esa vocación por el atraso que ha marcado la política pública sobre las adicciones, no es sólo un pecado desde el punto de vista de la moral. Es un tributo a la ignorancia y la irresponsabilidad desde la perspectiva de la ciencia.