Finalizamos la semana pasada con el anuncio de que novecientos treinta y cinco puertorriqueños más serán activados para marcharse a Irak; partirán, por un periodo que puede extenderse dos años, justo para las Navidades. Ya van por ocho mil quinientos los reservistas puertorriqueños movilizados para participar en el conflicto en Irak, sin contar los boricuas activos en el ejército enviados directamente desde sus bases a la guerra.

Veinte compatriotas nuestros han muerto, y cientos han resultado con lesiones y heridas. Varias denuncias se han hecho en cuanto al trato desigual hacia los boricuas, en la peor manifestación del discrimen racial estadounidense: el que pone las vidas de los nuestros en peligro por pelear una guerra sobre la que nosotros no tuvimos nada que decir. Como nos decía Albizu: “Nosotros somos muy hermanos de los yanquis cuando las balas les zumban en las orejas, ¡muy hermanos!; pero cuando se sienten tranquilos, nosotros somos extranjeros para ellos”. Mientras esto pasa, los líderes estadistas y estadolibristas siguen como quien oye llover. El candidato popular a la gobernación, quien resulta ser comisionado residente y, por lo tanto, el funcionario con mayor injerencia en el asunto, se ha limitado a indicar que no importa lo que uno crea sobre la guerra hay que apoyar a nuestros soldados. Una gran idea, siempre y cuando uno piense que el único apoyo que necesitan los miles de soldados que no saben si mañana verán la luz del día es que el Lcdo. Acevedo se dé un viajecito a Irak, como hizo durante el receso congresional de Acción de Gracias, en compañía de los individuos que más rabiosamente han defendido la guerra, para repartir entre los boricuas canastitas con mampostiales y dulces de coco.

Del sector estadista ya sabemos que esperar. Los que ven en Bush a su líder y no cuestionan la insensatez de la guerra. Los que se las dan de liberales y ostentan membresía democrática asumen esa pose calculada de “la verdad es que la guerra ya no tiene sentido”. Lo hacen, claro, porque esa es la postura del liderato demócrata y sienten que tienen permiso para hacer esas declaraciones que les parecen revolucionarias, pero igual que sus compañeros del partido con insignia de burro, no van a mover un dedo para acabar con la agonía de miles de familias puertorriqueñas. Para añadir sal a la herida, precisamente esta semana salieron al aire los nuevos anuncios del Dr. Rosselló, en el que exhibe solita, sin la multiestrellada, la bandera puertorriqueña. Lo que molesta no es sólo la pretensión puertorriqueñista; es que hay que tragar fuerte ante la hipocresía y el oportunismo cuando se piensa que esa es la misma bandera que los boricuas se llevan a Irak, apretada en la mano y el corazón, sin saber si volverán con vida al suelo iluminado por esa estrella sola.

Para calmar su mala conciencia, azules y rojos alegan que la insistencia del PIP de exigir el regreso de los soldados, consignada a través de resoluciones radicadas en Cámara y Senado por nuestros portavoces Víctor García San Inocencio y Fernando Martín, es un esfuerzo inútil. Dicen que nada podemos hacer porque nuestra condición política no nos lo permite, y como así es la vida, a eso hay que atenerse. Como toda excusa que busque justificar la cobardía, ese argumento está errado por los cuatro costados. Primero, que esa condición política que no sólo permite, sino que fomenta el sacrificio de puertorriqueños en guerras no son nuestras, es responsabilidad de ellos mismos. ¿Qué quieren unión permanente? Permanente es el dolor de las veinte familias que enviaron un padre, un hijo, a combatir por Estados Unidos, y el Tío Sam les envió de vuelta un féretro. Segundo, para unas cosas no les vale la pena ir al Congreso –por ejemplo, para dar a respetar las vidas de los puertorriqueños–, pero cuando se trató de politiquear y agenciarse prensa para alimentar la controversia sobre la venta de armas, al candidato del PPD a la alcaldía de San Juan ni le faltó tiempo para volar a Washington, ni le valieron argumentos de que “nuestra condición política no nos permite hacer más”.

En tercer lugar, ¿cuál es el impedimento para que los líderes del PPD y PNP, tan locuaces en otros asuntos, tan orgullosos de sus contactos en Washington, se pongan de pie y hagan constar el espanto de que ciudadanos puertorriqueños mueran en una guerra declarada por un gobierno en cuya elección no participaron? Sólo su falta de agallas les aleja del gesto mínimo de hablar y exigir. Porque aquí de lo que se trata es de poner en un lado de la balanza el deseo de complacer en todo al estadounidense, y en el otro, el anhelo de que se acabe el tributo de sangre de nuestros soldados. Y en esa balanza, para los que se nutren de la quimera de la anexión y para los que viven de la vergüenza de la colonia, siempre, siempre, va a pesar más lo que piense el americano. Desde su punto de vista, ellos sólo hacen el papel de un nuevo Abraham, que conminado por el dios Estados Unidos, va al monte Moriah, con sus propias manos corta la leña del sacrificio y ofrece la vida del hijo. Pero mientras Yavé perdonó la vida de Isaac, los voraces estadounidenses, no contentos con el saldo de dolor que ya ha pagado nuestra Isla, se llevan de nuestras escuelas la información de nuestros jóvenes para seducirlos hacia la guerra, con la aprobación de los líderes estadistas y estadolibristas.

También están los Pilatos que se lavan las manos, arguyendo que para eso los soldados firmaron un contrato y que nadie los obligó a enlistarse. Como si fuera voluntaria la desesperación económica que empuja a la mayoría de los que se enlistan, esa estrechez a la que nos condena la subordinación política que líderes rojos y azules patrocinan. No es casualidad que las fuerzas armadas se nutran de los sectores más pobres y marginados, y ahí está Puerto Rico, que tras ciento seis años de presencia “benefactora” de los EE.UU., es un territorio más pobre que el estado más pobre de la unión.

Los novecientos treinta y cinco puertorriqueños activados esta semana no serán los últimos. Se anticipa que por los próximos años continuará el envío de tropas, con el triste consuelo, según indicó un oficial de la milicia, de que cuando se agoten los miembros del comando puertorriqueño entonces “el Ejército acudirá a otros comandos de Estados Unidos y sus jurisdicciones para las rotaciones”.

Es una vergüenza, una verdadera tragedia, que los que alaben el valor de los que mueren, no tengan el valor de defender a los que aún viven.