Después de la tormenta llega la calma. Al menos, así reza el dicho y eso prometen los libros de autoayuda. Sin embargo, después de la amarga visita de Jeanne a nuestros lares, tal parece que la tempestad apenas comenzó, con la controversia sobre la oscuridad a la que los afanes previsores de la Autoridad de Energía Eléctrica nos ha condenado en estos días.

Dicen que el ser humano es un animal de costumbres. Cuando a fuerza de vivir con comodidad se llega a pensar que el orden natural de las cosas consiste en bañarse con agua caliente y trabajar y dormir con aire frío, pasar unos cuantos días sin agua potable ni luz eléctrica requiere un esfuerzo mayor. Nunca he comprendido el que miles de personas abarroten las playas en el verano para someterse voluntariamente a esas privaciones; ante el apagón, respiro hondo tratando de encontrar mi acampante interior. Resultan de poca ayuda en este ejercicio el ruido como de tractor y el olor a diesel de los generadores de mis no muy considerados vecinos—sobre todo los del edificio de oficinas que, sin un alma adentro y en plena tormenta, mantenían su planta a toda potencia. Recuerdo entonces nuestro campamento en Vieques, y de verdad es un alivio pensar que al menos, esta falta de agua y luz no está rematada por los cien grados de temperatura con los que vivió Rubén aquel año, y nosotros, las semanas que estuvimos acompañándolo.

Así que del limón, limonada. Andamos como gitanos, saliendo de expedición a la caza de una taza de café o buscando refugio con los familiares que ofrecen comida caliente y, hoy, un enchufe hábil al que conectar mi computadora para poder escribir. Pero más allá de esas incomodidades leves, somos afortunados, tremendamente afortunados. Para muchas familias, la tormenta ha recrudecido la pobreza terrible en la que hacen sus vidas. Son miles los agricultores y los pequeños comerciantes que han sufrido pérdidas cuantiosas; aun los que están protegidos por un seguro no saben si prosperarán sus reclamaciones, por tratarse de un apagón “preventivo” y no consecuencia directa de fallas provocadas por el mal tiempo. Lo que ha sido para nosotros el martirio de no contar con agua potable por par de días, es la realidad cotidiana de decenas de miles de puertorriqueños que en pleno siglo 21 carecen de un servicio de agua confiable, con tormenta o sin ella.

Como no soy experta en cuestiones eléctricas, no voy a entrar en las especulaciones de que pasó, de si fue un error humano o un problema de infraestructura. Lo que sí me parece importante señalar es que, independientemente de la imprudencia o sabiduría de la determinación de la AEE de apagar el sistema por razones de seguridad, lo que en medio de esta penumbra ha salido a la luz es una incapacidad inexplicable por parte del gobierno de hacer las cosas bien. Que no se le haya notificado a la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados de la decisión de detener los generadores, es algo que no tiene nombre. Que el Titular de la AEE diga en conferencia de prensa que aun sin que hubiera ocurrido el colapso, los problemas de funcionamiento habrían sido los mismos, porque toma igual tiempo reintegrar una máquina debidamente apagada que una que haya sufrido una falla, pone a una a pensar que esa gente está en la luna de Valencia. Y que de Fortaleza para abajo se hagan los nuevos cuando se siguen reportando inundaciones en las comunidades amenazadas por los ríos cuyo cauce ha sido alterado por la irresponsabilidad en la concesión de permisos de construcción bajo rojos y azules, es el ejemplo más claro de lo que producen la insensatez y la insensibilidad cuando se juntan y llegan al poder.

El mal tiempo y los malos ratos del apagón y la sequía han obligado a la cancelación de las actividades de campaña electoral. Pero faltando tan pocos días para las elecciones, se ha impuesto la tentación de hacer su algo de política a cuenta de la tormenta. Los candidatos PNP Y PPD, con gesto de conocimiento y autoridad, se han dado a la tarea de inspeccionar fincas y retratarse con damnificados. Los azules acusan a los rojos por el colapso del sistema eléctrico y los rojos reclaman a los azules por las muertes ocurridas cuando el huracán Georges. Pretender que sea de otra forma sería pedirle peras al olmo, y es una lástima, porque más allá de la repartición de culpas, el paso de Jeanne debería servir para preguntarse en serio cómo es que en un país en ruta de huracanes, que año tras año pasa por el mismo ritual de advertencias y preparativos, no estamos listos ni para resistir una tormenta menor.

Dejando a un lado a los que tan malamente han fallado, hay que hacer justicia con los que cumplen su parte, desde los celadores de la AEE a cargo de la peligrosa tarea de restablecer las líneas hasta los miembros de la Policía que a falta de semáforos dirigieron el tránsito. Ellos, junto a los demás servidores públicos que han trabajo sin descanso, son un atisbo de luz entre la oscuridad de tanta ineficiencia.