Es para preocuparse. El consenso es que el debate de los aspirantes a la gobernación, celebrado el pasado jueves, tuvo más de profundidad que el primer encuentro entre los tres candidatos. Y digo que es de preocuparse porque, aunque esa misma haya sido mi impresión en el momento, cuando se examina el debate con la frialdad del día siguiente, la verdad es que es más honda una piscinita inflable para niños que la calidad de las exposiciones de los dos candidatos que según las encuestas tienen al momento las mayores probabilidades de convertirse en los próximos inquilinos de La Fortaleza. No hablo de los estilos del Dr. Rosselló y el Lcdo. Acevedo; el problema va más allá de los excesos en los señalamientos de uno o de la afectación del otro. Lo triste es que, precisamente, lo único que ofrecieron ambos para recordar de ese encuentro fue la agresividad ofensiva del médico y el pulular alrededor del podio del Comisionado Residente.

De lo otro, lo que realmente contaba –las propuestas para enfrentar los problemas de criminalidad, salud, el discrimen político, la educación y el status– sólo vimos un refrito de proyectos fracasados o un rosario de lemas de campaña.

Otra vez, con una fogosidad demoledora combinada con humor, fue el candidato del Partido Independentista el que marcó el gran contraste de la noche. Rubén cumplió el cometido del debate: hacer cuenta cabal de los deméritos de sus adversarios sin caer en la trampa fácil del insulto y llegar más allá de esa repetición de las frases hechas que los otros hacen pasar por ideas, para discutir lo que él llamó "el meollo" de los problemas que más nos agobian.

No podía ser de otra manera. En un país en que la cultura gubernamental ha dejado de lado la solidaridad, con dos partidos que cada vez que ya borraron de sus listas de prioridades las tragedias cotidianas de los más necesitados, ante dos candidatos que no esconden su lealtad a los ricos y poderosos, Rubén es el único que puede presentarse ante el pueblo puertorriqueño con la aspiración genuina de un Puerto Rico más justo.

En el primer tema, por ejemplo, el Dr. Rosselló y el Lcdo. Acevedo Vilá se limitaron a la "subasta electoral": quién da más policías, más cuarteles, más presupuesto. Sin embargo –y es alarmante porque se trata de dos personas con vasta experiencia gubernamental– ninguno parecía especialmente preocupado por la raíz de la criminalidad. Ante la hemorragia de palabras de los otros dos, yo me quedo con la sensatez de Rubén en su invitación a la reflexión sobre el origen de tanta violencia ("Nadie nace albañil, nadie nace ingeniero y nadie nace criminal") y en su advertencia de que disminuir la criminalidad es un proyecto que exige un compromiso a largo plazo, que tiene que estar ligado a una política salubrista ante la plaga de la drogadicción. Sobre lo que deberíamos estar debatiendo, (y no solamente por los pocos minutos que ocupa cada tema en un encuentro como el del jueves) es ¿dónde está nuestra gran falla como sociedad?; ¿qué estamos haciendo tan mal para que tantos jóvenes escojan la vía de la cárcel, la violencia y la muerte?.

El tema de la educación también dio ocasión para que el Dr. Rosselló y el Lcdo. Acevedo se fueran por las ramas, tal y como se había previsto, discutiendo los casos de corrupción de la administración del primero. En ese toma y dame se olvidaron de mencionar una de las situaciones más angustiosas del país, que ni se habría tocado de no haberla traído el Lcdo. Berríos: las decenas de miles de niños de educación especial que llevan años batallando para que se respeten las leyes que han estado vigentes por décadas y que han sido olímpicamente ignoradas por administraciones PNP y PPD.

En el tema de la salud, vimos el clásico ejemplo de los dos perros con distinto collar. El desastre de la Reforma, procreado por la administración del Dr. Rosselló, ha sido adoptado por el PPD. Ninguno de esos partidos acogió la propuesta del candidato del PIP de revertir las privatizaciones que, de forma especialmente dramática en el área de salud mental, han resultado en presiones éticas sobre los profesionales de la salud y en el racionamiento de servicios. Y, por supuesto, ni el candidato PPD ni el candidato PNP hicieron referencia a la situación de las enfermeras. Tampoco es que tuvieran mucho que decir; del Lcdo. Acevedo sabemos que recibe aportaciones para su campaña de los dueños de hospitales. Como dicen las escrituras, sólo se puede servir a un amo, y estos señores hace rato que escogieron el suyo. No puede haber otra explicación para que el Dr. Rosselló, "salubrista de profesión", se aferre a un modelo de salud que le niega los puertorriqueños servicios de calidad, mientras las aseguradoras hacen fiesta con el presupuesto.

En el tema de la persecución política y derechos civiles, incluido a instancias del PNP, escuchamos el lamento que ha marcado la campaña del candidato de ese partido, y las respuestas que ya conocíamos del candidato PPD. De lo que ambos se olvidaron es del pecado cuatrienal que comparten, de ese rito de cambio de gobierno en el que los azules desplazan sin contemplaciones a los rojos del empleo público y los rojos se deshacen de los azules. El costo de la jugada lo pagamos todos –son decenas de millones de dólares de fondos públicos en sentencias para compensar los despidos por discrimen político. Quizás porque el independentismo ha padecido tan amargamente el discrimen fue nuestro candidato quien propuso la única medida sensata de todo el turno: elevar el principio de mérito a rango constitucional para acabar con el abuso de esos dos partidos en el empleo público.

El tema del status nos trajo una imagen familiar: Rubén listo para arrancar mientras Pedro y Aníbal se echan fresco sentados en un banquito. A lo más que llegó el candidato popular fue a empeñar "su palabra de caballero" de que iba a invitar (¡otra vez!) a Rubén a Fortaleza a hablar del tema. Mucha invitación y cero compromiso. No son buenas las noticias para el status desde el flanco colorado, sobre todo si recordamos, cómo se encargó de hacerlo Rubén en el debate, que ya el Lcdo. Acevedo rechazó una invitación para el mismo propósito.

Sólo faltan siete días. En una semana, los electores en Puerto Rico tendrán la palabra: podemos ahogarnos en el charquito de palabras vanas del Dr. Rosselló y el Lcdo. Acevedo, o podemos embarcarnos en un gran viaje para retomar la esperanza que los rojos y azules le han arrebatado a este pueblo. O nos preocupamos por la desgracia de estancarnos con los que prometen y no cumplen, o nos ocupamos de echar a andar el país, enviando ese mensaje con los votos por el candidato del PIP. De eso se trata el martes que viene.