Existe un principio en derecho según el cual cada persona busca las consecuencias de sus actos. Por ejemplo, el que oprime el gatillo pretendía que el arma se disparara y que la bala lastimara a quien estuviera en la dirección a la apuntaba. Me parece, sin embargo, que esa claridad de propósitos, imputable a un individuo en un proceso criminal, difícilmente se le puede atribuir al electorado puertorriqueño en relación a los comicios del pasado día 2, que al sol de hoy tiene a la Comisión Estatal de Elecciones desojando margaritas en cuanto al recuento y a los medios del país gustosamente ensimismados en hallar la moraleja del "mensaje" que envió el país.

Aún no me he topado con una sola persona que me diga "voté de tal forma, porque mi intención específica era que tuviéramos un gobernador de un partido, con un comisionado residente y una clara abrumadora mayoría en Cámara y Senado de otro, en una Asamblea Legislativa en que los legisladores con mayor número de votos fueran de un tercer partido". Por el contrario, muchos votantes han recibido casi con estupor la consecuencia de su actuación electoral, del que se consuelan contemplando la posibilidad, o mejor dicho, rogando porque esta sea la oportunidad de lograr ese nirvana de la democracia al que ya se ha bautizado como "gobierno compartido". Así que el mensaje, si así se puede llamar, nos llega con la particularidad de que su redacción no es el producto de un acto consciente, sino de la suma de muchas consideraciones, algunas de la cuales llegan a ser incompatibles entre sí. Para buena parte del electorado, las elecciones fueron el vehículo para votar en contra de mucho y a favor de nada.

Más allá de las consecuencias inmediatas en términos de quién va a gobernar estos cuatro años, el desenlace de este ejercicio electoral luce como la entronización del bipartidismo que ha dominado la política del país. Y esas no son buenas noticias. En primer lugar, los que le negaron el voto al partido de la independencia para "prestarlo" a quien, a pesar de sus profundas deficiencias, se proyectaba como la alternativa al temido rossellato, se convirtieron en colaboradores involuntarios de una de las puntas de ese binomio del inmovilismo político y social.

En segundo lugar, los que combinaron su apoyo a candidatos legislativos del partido azul con su endoso a un inquilino rojo en Fortaleza, además de manifestar su repudio al ex-gobernador PNP, actuaron (bien por intuición o convicción) arrellanados en la comodidad que les da la virtual identidad ideológica del liderato estadista y el liderato estadolibrista. El estadista convencido que le dio su voto al candidato popular, lo hizo porque sabía que en ese candidato no hay amenaza alguna a su proamericanismo; hay por el contrario, una fraternidad de ideas apenas matizada por diferencias de tono.

La "unión indisoluble" con los Estados Unidos por la que suspira Acevedo Vilá, ¿acaso no es un calco criollizado de la estadidad federada?

Frente a ese noviazgo estadista-estadolibrista, el Partido Independentista es el aguafiestas que enciende las luces cuando aquellos dos están en pleno romance. Somos la nota discordante en una cultura política que entiende que con la preservación de los elementos externos de nuestra cultura se cumple la cuota de patriotismo. Ante nuestras exigencias de traducir el amor a lo nuestro en verdaderas reivindicaciones políticas, los otros aúllan como animal herido señalándonos como los arrogantes que queremos monopolizar toda noción de patria --esa palabra que ellos mismos proscribieron con la Ley de la Mordaza en la década del ‘50, apresando ciudadanos buenos y decentes como muestra de su lealtad incondicional al americano. Pero como, aun cuando tanto lo quisieron y tanto empeño le pusieron a esa bochornosa labor, no lograron apagar la fuerza de nuestra identidad nacional, tuvieron que dejar atrás la estrategia de la persecución descarnada para adoptar la de lobos disfrazados de cordero. Hoy se arropan con la bandera que antes perseguían, aunque renieguen de todo lo que ella representa. Así la frase de "todos somos puertorriqueños" se ha convertido en el santo y seña de la cofradía de la patriotería boba, en la que toda señal de disenso real tiene que ser mal vista, por ser amenaza imperdonable al monolítico conformismo encarnado en ese monstruo de dos cabezas, una roja y otra azul.

Aquellos tiempos de la mordaza legislada se han trocado en estos días de la mordaza implícita.

Decía el poeta nicaragüense Rubén Darío a los imperialistas estadounidenses de principios del siglo pasado: "Y pues contáis con todo, os falta una cosa, Dios". Hoy nos toca a nosotros recordarle a los enemigos de la libertad que aun contando ellos con todo lo demás, el independentismo tiene de su parte el tesón y la constancia --y la experiencia de las luchas que desde Betances a Concepción de Gracia han demostrado que no hay adversidad que no superemos.

En tiempos recientes, vimos como luego del revés del plebiscito del ‘98, llegó Vieques. Hoy nuestro Partido se levanta otra vez y de todas partes llegan señales de brío y entusiasmo, como las cartas de José Ernesto y Naika, orgullosos de haber estado del lado de la independencia en sus primeras elecciones, como votantes y funcionarios de colegio, él en La Cantera en Ponce y ella en Yauco.

Esos son los jóvenes que, como en nuestro anuncio de Verde Luz, se aprestan a "encampanar el volantín de un sueño", del que escribió de Diego. El vendaval que pueda amilanar a otros lo convertimos nosotros en viento que eleve ese reclamo de libertad "desde Lares hasta el cielo". Y ese no es un mensaje fraguado por el azar o la casualidad. Este mensaje sí que va desde la conciencia y con el corazón.