Cuando en octubre de 1946 don Gilberto Concepción de Gracia anunció la fundación del Partido Independentista Puertorriqueño, Muñoz Marín, todavía con algo de poesía en el decir, ya que no en el espíritu, sentenció, iracundo, que primero cumpliría don Gilberto cien años, antes que lograr inscribir el instrumento político nacido para luchar por la causa de la libertad traicionada por el líder popular. Pero Concepción de Gracia (“de gracia... y de batalla”, como le llamaría luego Julia de Burgos) no conocía ni el desánimo ni la amargura. Los obstáculos impuestos por el régimen, que iban desde amenazas a los que apoyaran la inscripción del PIP hasta jueces que se negaban a juramentar los endosos, como se requería entonces, no lograron detener al ejército libertador encabezado por don Gilberto para oficializar la existencia del Partido a tiempo para las elecciones del 1948. Y en una de esas coincidencias que nos regala el destino para hacernos pensar en cómo se rige el orden de las cosas, el Partido Independentista Puertorriqueño terminó de inscribirse en Culebra, hasta donde don Gilberto había llegado en compañía del viequense don Juan A. Gómez, con quien, a falta de telégrafo allí, tuvo que regresar a la mayor de las islas municipio para enviar el mensaje que mucho abatimiento tuvo que haber causado al Vate: ¡Anoche en Culebra cumplí cien años!

Fue en Culebra que un cuarto de siglo más tarde el Partido Independentista protagonizó los actos de desobediencia civil que llevarían a la primera gran derrota de la Marina de Guerra de los EE.UU. en nuestro territorio. Rubén Berríos y un grupo de culebrenses, pipiolos y un cuáquero norteamericano fueron sentenciados a cárcel por irrumpir en el área de maniobras de la Playa Flamenco, en protesta por el bombardeo inmisericorde al pueblo de Culebra, el cual eventualmente tuvo que cesar. Casi treinta años después, la gesta de Culebra se repitió y se magnificó en Vieques. No era ya el Partido de la independencia con un grupo de locales quien exigía el fin del abuso de la Marina, sino la inmensa mayoría de los puertorriqueños, que llevó hasta los líderes más ciegamente pronorteamericanos a pedir respeto para la voluntad de los viequenses. Primero Culebra, y luego Vieques, fueron como volver a cumplir cien años: el logro de lo que parecía imposible, el triunfo de la constancia sobre la injusticia.

Ese fue también el espíritu que animó las reinscripciones del Partido en el 1964 y en el 1968, y que nos ha mantenido en pie aún con todo en contra. El tiempo ha demostrado la importancia de esa persistencia. ¿Qué giro habría tomado la lucha de Vieques sin la existencia de un Partido Independentista? ¿Habría llevado la similitud ideológica del estadoísmo y el estadolibrismo a la mansa aceptación por todos de la imposición de la Marina, a la flojera de rodillas que siguió al breve episodio de dignidad del “don’t push it!” del entonces gobernador? En días como los que estamos viviendo hoy, ¿quién se habría encargado de recordar que el problema con el tribunal federal no es que un juez decida en un caso algo que no nos guste (lo que después de todo, puede pasar hasta con un juez de valla) sino que el sistema actual, el de lo mejor de los dos mundos, provea para que sean unos extranjeros los que decidan quién nos va a gobernar y mil asuntos más?

En los próximos días, nos haremos nuevamente centenarios. Dejando de lado el cansancio de una de las campañas electorales más intensas y extensas de nuestra historia, miles de militantes del PIP se han lanzado a la calle a recoger las casi cien mil firmas que se requieren para la reinscripción del Partido. Bajo la lluvia y bajo el sol, han tocado a la puerta de miles de casas, han estado en festivales y plazas, dando testimonio de la estámina espiritual de los verdaderos luchadores. Hacia ellos, esos soles luminosos de la lucha por la libertad, va toda mi admiración y mi respeto, y para las decenas de miles de puertorriqueños que aunque no comparten nuestro ideal, reconocen el historial de verticalidad del PIP dando su firma, va nuestro agradecimiento.

Algún día, cuando la distancia del tiempo permita escribir desde otra perspectiva nuestra historia, se explicará de alguna forma el fenómeno de la constancia de un partido de la independencia en un país tan lastimado por la dependencia. Para mí, que he llegado a esta lucha sabiendo poco de teorías políticas y mucho del ejemplo de los que nos han precedido, el por qué de la tenacidad de los hombres y mujeres con quienes tengo el privilegio de hacer el camino a la soberanía de Puerto Rico, está sencillamente en el corazón. Es ese algo en el alma lo que tiene que guiar a gente como don Rubén Colón, fundador del PIP, para ir todavía puntualmente al Comité Nacional a llevar su donativo para nuestro partido—un verdadero testimonio de generosidad de un anciano que vive de una modesta pensión. Igual que así llega lo material (no hay cheques de médicos pudientes bajo la mesa en un almuerzo, no hay empresarios comprando favores), llega lo que sin ser palpable da vida a nuestro esfuerzo. Gente en todos los pueblos del país, de todas las procedencias sociales, que hacen lo que les toca movidos por algo muy sencillo: la indignación de que en suelo puertorriqueño no manden los puertorriqueños.

El Partido de Gilberto Concepción de Gracia, el instrumento que él y los que le acompañaron fundaron para luchar por la independencia mientras sea necesario y para alcanzarla cuando sea posible, está en pie de lucha. Desde más allá de las puertas del misterio, don Gilberto, que dejó esta vida inscribiendo el Partido, con hojas de inscripción al lado de su lecho de enfermo, ha vuelto a cumplir cien años.