Ningún político en la historia reciente tiene la capacidad de Pedro Rosselló para inspirar visiones apocalípticas. Los resultados electorales dan fe de ello; a pesar de las victorias de su compañero de papeleta, hoy comisionado residente, de muchos alcaldes PNP, de todos los legisladores por acumulación y de la mayoría de los candidatos de distrito de ese partido, el ex gobernador se quedó fuera de Fortaleza. La consigna para muchos fue “cualquier cosa menos Rosselló”. Claro que está ahí también el mensaje de un estadoísmo capaz de avances importantes aun en condiciones adversas; ese es un asunto al que el PPD, anestesiado con el triunfo de su gobernador, no ha dado el pensamiento que merece. La victoria de Acevedo Vilá responde más que a ninguna otra cosa al factor de aversión al candidato azul. El ELA se ha confirmado como el semillero de estadistas contra el cual hemos estado advirtiendo y la responsabilidad la comparten los defensores de la colonia y sus aliados; pero todo eso es tema aparte.

El asunto hoy, y escribo el día antes de la sesión en la que se constituirá formalmente el Senado de Puerto Rico, es la posibilidad de que esa figura cuyo nombre es para tantos sinónimo de todo lo malo, ocupe un escaño en la Asamblea Legislativa. Puede pasar cualquier cosa, y eso lo tenemos claro en un país en que lo inesperado se ha convertido en lo cotidiano. Pudiera ser que ante el claro desplante de sus senadores, quienes (al menos de momento) insisten en apoyar a McClintock para la presidencia, la perspectiva de ser simplemente un legislador entre veintisiete haga desistir al Dr. Rosselló de sus aspiraciones legislativas. Como el amor del representante Aponte no llega a tanto como para ofrecerle a su jefe la presidencia de la Cámara, esa ruta sí parece descartada. Sin embargo, igual puede pasar, por razones que de momento sean imposibles de articular, que se dé la gran virazón de los fieles maclintocknianos y la puerta que hoy le cierran a Rosselló se convierta en alfombra roja mañana.

Lo que todos tenemos claro es que la gran preocupación de muchos puertorriqueños (incluyendo muchos estadoístas) es que, sea como presidente del senado, como legislador de distrito o desde afuera como líder de la conferencia legislativa del PNP, la influencia del Dr. Rosselló, igual que los cantos de sirena que hacían perder el juicio a los aguerridos argonautas, lleve a la perdición a los dieciséis legisladores estadistas que hace unos días no tenían mayor preocupación que la discusión de cuál programa de gobierno había de verdad ganado en las elecciones. Y es ahí que no comparto esa visión del fin del mundo que parece evocar la mera mención del nombre del ex gobernador azul.

Como senadora, quisiera tener fe en que el compromiso de cada uno de mis compañeros del PNP tiene una raíz lo bastante profunda como para resistir el vendaval de estos días, que con el paso de las semanas, lo mismo puede calmarse que convertirse en un auténtico huracán. Más si eso no bastara, el argumento más fuerte está en el futuro político de cada uno de ellos. Ya algunos han expresado sin reparos que lo que realmente importa es lo que ocurra en el 2008, y que hacia allá hay que enfocar la mira. No es la declaración más afortunada al principio de un cuatrienio en el que hay tanto por hacer, pero apunta al convencimiento de que quien ayer era un haber, hoy se ha convertido en un lastre. No es para menos.

La forma torpe y claramente antipática en que los allegados de Rosselló han manejado este asunto hace que la animosidad hacia el presidente del partido rebote hacia sus correligionarios, y ese es un castigo al que ninguno quiere someterse de gratis.

Ni siquiera hay que mirar tan lejos como el 2008 para resentir el impacto de la posible presencia del ex gobernador en el Senado. Los que a su sombra han germinado, a su sombra tendrían que permanecer, como figuras accesorias al “hombre fuerte” del partido. Habría además otra consecuencia, ésta de impacto a toda la gestión gubernamental de este cuatrienio. Con Rosselló en el Senado (o aun desde afuera como una influencia perceptiblemente vigorosa) cualquier cuestionamiento a la administración de Acevedo Vilá por parte de la legislatura PNP va a ser recibida con recelo por la opinión pública, como una muestra del afán de venganza del candidato que perdió la gobernación. Se lastimaría así la función fiscalizadora de la mayoría parlamentaria, y se perdería una de las grandes oportunidades del “gobierno compartido”: que los poderes ejecutivo y legislativo actúen como auténticos contrapartes, con vigilancia y fiscalización mutua, evitando la complicidad malsana a la que estamos acostumbrados cuando Capitolio y Fortaleza están dominados por el mismo partido. La presencia o la marcada influencia de Rosselló, sin embargo, tendría el efecto de victimizar al gobernador, haciéndolo virtualmente impune ante la opinión pública. La discusión política se simplificaría peligrosamente en los bandos a favor de Pedro o a favor de Aníbal, y conocemos el resto de la historia.

Con Rosselló en el Senado, como presidente o legislador de fila, o fuera del cuerpo como presidente de la Conferencia Legislativa, es responsabilidad de la mayoría parlamentaria poner fin a la impresión de que estamos cercanos al fin del mundo. De sus actitudes y posiciones dependerá el matiz que tome el trabajo legislativo de estos cuatro años. Los ojos del país están sobre ellos.