Mensaje pronunciado en la Sesión Inaugural del Senado de Puerto Rico.

En primer lugar, quiero hacer constar el gran privilegio que significa para mí ocupar el escaño desde el cual el fundador del Partido Independentista, Gilberto Concepción de Gracia, dio inicio a una tradición de lucha por la libertad y la justicia social, y además, mi gran orgullo y la conciencia de mi gran responsabilidad al ser la primera mujer independentista que es parte del Senado de Puerto Rico.

Me complace también el que la mayoría parlamentaria del Senado de Puerto Rico haya reexaminado las posiciones que en un momento amenazaron con violentar los derechos de la minoría del Partido Independentista. Y creo que al así hacerlo, la mayoría escuchó no solamente nuestros reclamos –y nuestra advertencia de procurar un remedio judicial– sino también el reclamo del pueblo puertorriqueño que entiende que la legitimidad del proceso legislativo no está en el arbitrio de la mayoría –eso no sería ya un régimen absolutista, sería una simple cofradía de los que piensan igual– sino en la participación efectiva de las minorías.

Más aun, en la participación de cada uno de los casi ciento ochenta mil electores que votaron por la senadora del Partido Independentista. Se ha convertido en costumbre señalar al inicio de cada cuatrienio las muchas responsabilidades, los grandes retos que esperan a quienes asumen el mandato electoral de dirigir los destinos del país.

Desafortunadamente, esas palabras se han convertido en lugares comunes que no han logrado materializarse, y seguimos esperando por la voluntad para reconocer esas grandes responsabilidades, por cumplir con esos grandes retos.

Nunca, en la historia de Puerto Rico –por no hablar del orbe entero– se había dispuesto de tantos recursos materiales. Nunca había habido tanto acceso a tanta información. Y sin embargo, ni esos recursos, ni esa información, han estado al servicio de lo que en justicia correspondería: la solidaridad hacia los más necesitados, la búsqueda de mayor igualdad. Todos los que estamos aquí sabemos cuántas cosas andan mal en nuestro país: más de medio millón de personas con trastornos mentales, más de cien mil adictos a drogas fuertes, 20,000 casos reportados anualmente de violencia doméstica; cerca de cuarenta mil niños víctimas de maltrato. Pero esas cifras son manejadas como si su sola invocación sirviera para resolver el problema, mientras sigue faltando la voluntad para traer las nuevas visiones que exigen los nuevos tiempos. Hoy comienza una nueva jornada cuatrienal que pondrá a prueba la legitimidad de los compromisos de campaña con los que llegamos a este escaño que hoy estrenamos en esta décimoquinta Asamblea Legislativa.

Y para eso hay que tener rodilla política, hay que estar dispuesto a dar la pelea. Mucho se ha hablado del gobierno de consenso que se necesitará para hacer marchar al país durante estos cuatro años. Yo les recuerdo a mis compañeros del Senado, y al pueblo de Puerto Rico, que esto del consenso no es nada nuevo. Aquí ha habido consenso muchas veces, demasiadas veces. Pero ha sido el consenso de la inacción, la complicidad para hacerse de la vista larga, el contubernio para no hacer más por el país. No es ese el consenso que necesita hoy Puerto Rico.

Y en ningún tema ha sido tan evidente ese consenso de la inacción como en el tema de la condición política de Puerto Rico como una nación subordinada a otro país. No podemos, no debemos permitir que transcurran cuatro años más sin que pase absolutamente nada en cuanto al status. La presente situación de gobierno –con partidos distintos dominando el Capitolio y la Fortaleza– pudiera tentar a algunos, usando esa situación como una excusa para crear un impasse en cuanto al mecanismo procesal o aun en cuanto a las bases para iniciar un diálogo serio y comprometido para enfrentar a los Estados Unidos a su responsabilidad histórica, a la vergüenza de ser una potencia colonial en pleno siglo XXI. Si esto pasara, veremos pasar otro cuatrienio en el que las decisiones que se toman en este cuerpo sigan siendo igual a las decisiones que, dentro del limitado espacio que le concede la ley, puede tomar un menor de edad, porque eso es la colonia: es la minoría de edad para los pueblos. Y cada uno de nosotros sabe que aquí no podrá haber una política real de desarrollo económico, de apertura a ese mundo donde la globalización se desenvuelve mientras nosotros hacemos el papel de meros espectadores, hasta tanto permanezca sin resolver el tema del status.

Al conmemorarse además el natalicio de Eugenio María de Hostos, es el momento de escuchar su llamado, de dejar de ser, como él lamentaba: “esclavos bailando al son de sus cadenas”. Muchas gracias.