El liderato anexionista en la isla –y algunos de sus primos hermanos en el bando colonialista– representa un fenómeno digno de mayor estudio. Mientras por un lado fundamentan su ideología en el principio de la "igualdad" con sus conciudadanos de los cincuenta estados, por otro exhiben una desesperación patológica por demostrar su sumisión absoluta, como el criado que en todo se esfuerza para agradar al amo. Piensan que para que los americanos un día los consideren iguales, primero tienen que certificarse como inferiores. Para ellos, la vida sólo vale la pena si es para vivirla demostrando lo bien que pueden jugar el papel de americanos –y ese papel nada tiene que ver con el disenso y la libertad que deben animar la democracia.

Por aquello de no complicar las cosas analizándolo todo caso o caso –o, Dios los libre– para no someter cada situación al penoso escrutinio de si es bueno o no para nosotros los puertorriqueños, la posición que asuma ese sector en torno a las políticas del gobierno norteamericano depende de un único criterio: "si lo dice el americano, lo repetimos nosotros, porque queremos ser iguales a ellos". Sutilezas tales como si está bien o mal, si nos conviene o no, si hacen un papelón o se dan a respetar, sencillamente no entran en la ecuación.

Para estrenar este cuatrienio en que son mayoría en la Asamblea Legislativa, los sobrinos del Tío Sam en el Senado de Puerto Rico han aprobado no una, sino dos medidas en las que hacen constar lo bueno que es todo lo que venga de allá, y lo bien que se portan ellos que así lo reconocen. La primera fue una resolución felicitando a Alberto Gonzales, designado Procurador General de los Estados Unidos. Cuentan que Al, como le llaman a este señor, es uno de esos hispanos que hizo realidad el "sueño americano", porque sin ser anglosajón ha llegado a esa distinguida posición.

Pero lo que pasa es que Al no llegó a Procurador porque a Bush le preocupara la diversidad racial en su gabinete. Al será Procurador porque, siendo hispano, también quería demostrar que podía ser "igual", y cuando el presidente necesitó alguien para hacer un trabajo realmente vergonzoso, allí estaba el "little brown one" (como llama Bush, padre, a sus nietecitos de madre mexicana) dispuesto a hacerlo.

El mundo entero –incluyendo a los estadounidenses– se horrorizó con las fotos tomadas en la prisión iraquí de Abu Ghraib: presos desnudos, amarrados como animales, encapuchados y con cables eléctricos en las manos, aterrorizados por perros. En Guantánamo (donde cientos de prisioneros han sido retenidos por tres años sin formulación de cargos y sin acceso a abogado) la situación parece haber sido similar. Que todo eso fuera posible se debe en buena medida a Al Gonzales.

En vista de que la tortura es inadmisible bajo la Convención de Ginebra, que es el tratado internacional que regula el trato a los prisioneros de guerra, Bush necesitaba, para permitir esos abusos, una nueva definición de tortura. Ese fue el trabajo que hizo Gonzales, entonces asesor de Casa Blanca, en coordinación con el Departamento de Justicia.

Tortura, determinaron, sería únicamente aquel abuso que resultara en un dolor tan fuerte como el que pudiera acompañar la inflicción de daño físico severo o la muerte. Cualquier cosa que no llegara a ese nivel, sería aceptable. Fue bajo esa nueva definición que se permitió forzar la desnudez durante interrogatorios, el aislamiento absoluto, el encapuchamiento, la privación de sueño, el forzar posiciones físicas de extrema incomodidad durante horas y el recurrir a fobias, como el temor a los perros. Todo, gracias a la intervención de Al.

Esa es la persona que, a cuenta de ser hispano, mereció la más cálida felicitación de la mayoría parlamentaria del Senado, y también del señor Gobernador, que ahora se deben sentir más americanos que los Demócratas y que el mismo New York Times, que se opusieron al nombramiento de Gonzales. Declarada ya por los líderes estadistas y el señor Acevedo Vilá su admiración hacia el nuevo "Torturador General", ¿cuántos puntos piensan que acumularon en el índice de igualdad de los americanos?

Por si lo de la felicitación no le valía los puntitos que anhelaban, el liderato senatorial estadista recurrió a otra medida: una resolución concurrente pidiéndole perdón a los Estados Unidos por la pobre comunicación durante el cuatrienio anterior en relación a lo ocurrido en Vieques, en la que ruegan además por la permanencia de los militares en Buchanan. Se les olvida a los compañeros estadistas que si alguien tuvo problemas de comunicación en el caso de Vieques, fueron ellos. A los que queríamos que la Marina se fuera, el gobierno de los Estados Unidos nos escuchó con toda claridad. Se fueron, y no sólo de Vieques, sino también de Roosevelt Roads.

En cuanto a Buchanan, cualquier otro país se regocijaría ante la posibilidad de recobrar terrenos tan valiosos como esas 560 cuerdas que, no importa cuánto lloren y supliquen algunos, ya no tienen el uso militar que justificaba su mantenimiento como base.

Sin embargo, como muestra del éxito de esa cultura de minusvalía que ha sembrado la colonia, este país está dirigido por personas que piensan que nosotros, los puertorriqueños, no podríamos darle a esos terrenos un uso mejor que el que le ha dado la milicia de Estados Unidos. Por eso, con excepción de los senadores Fas y Tirado, a la delegación del PPD no le dio el corazón para votarle en contra a esa resolución humillante, y se contentaron con la abstención.

Todos sabemos lo que van a hacer en el Congreso cuando lleguen los papelitos con las resoluciones que con tanta ilusión aprobaron los que aspiran a la "igualdad". Mejor aprovechen que llega la Cuaresma, y el espíritu de constricción está en el aire. Organicen una rogativa en Washington, en coordinación con PRFAA.

Todos de rodillas hacia el Capitolio federal, al son de "Pequé, Tío Sam, pequé", para que allí tomen nota de la fidelidad de esos buenos ciudadanos boricuas.

Con algo de suerte, Al pasa por allí y les saluda de lejos.