Como dispone la Constitución, el señor gobernador presentó a la Asamblea Legislativa su propuesta de presupuesto para el país. Para darle algo de novedad a este ritual anual, y a la vez cumplir con esa irritante costumbre de adornar el mensaje con un frase de corte publicitario, el Lcdo. Acevedo Vilá invocó el comienzo de la nueva “era de la responsabilidad”, señalando que no se dedicaría a adjudicar culpas (aunque no fue del todo fiel a esa promesa) sino a deshacer los entuertos de quienes le precedieron. Y ahí es que comienza la ruptura entre la imagen de candidez que con tanto cuidado ha querido proyectar el primer ejecutivo y lo que de verdad encierran sus palabras.

Cuando escuchamos al gobernador describir el descalabro en las finanzas gubernamentales, su escándalo ante la política de vivir de prestado, su horror ante la insensatez de muchos gastos, parecería que el buen Aníbal acaba de llegar a este país, donde le han puesto en las manos un paquete cuyo contenido desconocía. Diría uno que mientras estaba el comisionado en Washington, ninguna noticia le llegó de los repetidos señalamientos de mala administración o de la deuda extraconstitucional. Señalo esto no por desmerecer las verdades que enumeró el gobernador tanto en su presentación de presupuesto como en el mensaje de situación del país, sino porque me parecen un signo importante de las actitudes y el carácter de Acevedo Vilá: un fuerte convencimiento de sus propios méritos (eso que en el norte llaman “self-righteousness”) amarrado, sin embargo, a una adhesión incuestionada a políticas envejecidas.

De esas políticas recalentadas, la que más parece gustarle al nuevo ocupante de Fortaleza es la de hacer partir la soga por lo más finito, y de eso vimos bastante en su mensaje de presupuesto. Empecemos por su determinación de no renovar miles de contratos de empleados transitorios. Algunos han recibido ya la notificación de cese, en una carta en la que se les instruye cómo solicitar el PAN y otros servicios de beneficencia. En un país tan castigado por la dependencia, primero, al mantengo como forma de vida y segundo, al gobierno como principal patrono, ¿dónde están la sabiduría y la sensibilidad de quitarle a miles de puertorriqueños la oportunidad de ganarse el pan con el sudor de su frente, enviándolos a las ya largas filas del desempleo? Son hombres y mujeres que no están pidiendo privilegios (algunos apenas ganan el mínimo); sólo quieren seguir trabajando. Que hay que recortar gastos y disminuir el aparato gubernamental es una aseveración con la que estamos de acuerdo todos, pero sacarle la alfombra de los pies a miles de familias—aquellas de los trabajadores más desprotegidos en todo el sistema-- no puede ser la forma.

Lo mismo sucede con la eliminación de las exclusiones al arbitrio del 6.6%. Bienes que hasta el momento estaban exentos –desde comestibles hasta equipo asistivo para niños con impedimentos—ahora tendrán que pagar ese impuesto al llegar al país; un costo que, sabemos todos, no lo van a absorber distribuidores ni comerciantes, sino el consumidor. Como pasa siempre, los más perjudicados serán los de la clase media. Tiene razón el gobernador al señalar el serio problema de los miles de furgones que declaran mercancía exenta cuando en realidad vienen cargados de artículos obligados a pagar el arbitrio. Lo que pasa es que por sacarle un ojo a esos evasores, le saca dos al consumidor. Como nota adicional, hay que resaltar el que el gobernador haya optado por extender un arbitrio que ha caído en el total desprestigio, y sobre cuya eliminación parece existir un consenso claro. Todo el mundo quiere que el 6.6% desaparezca y el gobernador quiera que crezca.

Consecuencias similares tendría el alza en la tarifa de agua que vendría a compensar por la eliminación del subsidio anual de unos cuatrocientos millones de dólares a la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados. Después de la huelga del año pasado, esa agencia no es santo de la devoción del señor gobernador y quizás se pensó que invitaba a la simpatía darle un buen castigo a quienes han sido un perpetuo dolor de cabeza. Pero la prisa es mala consejera, y un tema tan vital y complejo como el manejo del recurso agua ameritaba mayor estudio. El gran problema de la AAA no es que los abonados paguen poco. Es que la mitad del agua potable se desperdicia por los miles de salideros, que hay quienes no pagan un solo centavo, que las tarifas preferenciales para ciertas industrias deben ser revisadas, que existe un evidente problema de eficiencia administrativa y que la infraestructura tiene al menos medio siglo de atraso, como pueden testimoniar las comunidades que en pleno siglo XXI no pueden contar con servicio adecuado. Cuando menos, si estuvieran decididos a proceder con una reestructuración de tarifas, vale la pena considerar establecer un consumo mínimo protegido bajo el costo actual, con escalas ascendentes para el pago de la cantidad de agua en exceso. Pero en todo caso, es el tipo de medida que requería un análisis más depurado porque, de nuevo, van a terminar pagando por los platos rotos los mismos contribuyentes que se van a ver afectados por los nuevos arbitrios o el posible impuesto al consumo.

Mientras el nuevo gobierno sigue deshilachando la parte ya maltrecha de la soga, los amarres más robustos siguen disfrutando de la categoría de intocables. Más allá de la contribución especial (y transitoria; sólo por un periodo de dos años) a la banca, el gobernador no hizo mención de esas otras vacas sagradas de la política contributiva, como las corporaciones que anualmente sacan de Puerto Rico veintinueve mil millones de dólares en ganancias, por las que tributan una miseria. Precisamente los mil doscientos millones que anda buscando el gobernador (y unos cuantos más), podrían recuperarse imponiendo una contribución especial del cinco por ciento sobre esas ganancias repatriadas, sin que se afecten las finanzas de esas corporaciones (pues tributarían aquí lo que ahora tributan en los EU). Pero nadie quiere abrir la puerta de lo que sería de verdad justicia contributiva: que paguen más los que más tienen. Y así va el hacha azul y viene el hacha rojo, sin pasar mucho trabajo, porque parten la soga, siempre, por lo más finito.