Un pedazo del cielo en la tierra”. Así describe uno de los miles de puertorriqueños que se ha beneficiado de esos servicios, lo que significó para él Rehabilitación Vocacional, una agencia excepcional e indispensable en vías de padecer la muerte lenta de la privatización.

Por décadas, Rehabilitación ha sido el escenario donde los milagros son lo cotidiano. Pacientes a los que instituciones privadas (luego de consumir los recursos costeados por planes médicos) no les daban ninguna esperanza de volver a ser independientes y productivos, hoy son hombres y mujeres a cargo de sus propias vidas y con orgullo de su trabajo--algunos, de hecho, como funcionarios públicos que han logrado aportar muchísimo creando conciencia sobre las necesidades de la población con impedimentos. Como declararon algunos de ellos en la inspección realizada por la misión senatorial de Bienestar Público en el Centro de RV localizado en Centro Médico: llegaron en camilla y salieron caminando; entraron descorazonados y partieron con una nueva fuerza.

A Rehabilitación llegan los que han quedado parapléjicos tras un accidente o como resultado de otra condición médica, los pacientes de cáncer o víctimas de accidentes que han sufrido amputaciones, personas con impedimentos congénitos o estudiantes referidos por el sistema público de educación con problemas auditivos o de visión. Para algunos, rehabilitación significa un par de audífonos. Para otros, largos meses de estadía en el Centro como pacientes internos seguido por años de terapia.

Esto sólo es posible en un Centro que combina bajo el mismo techo todos los servicios que pueda necesitar un paciente, desde terapia sicológica y servicios de enfermería para entender y atender su condición hasta fabricación de prótesis y reparación de equipo de asistencia tecnológica. Con el amplio margen que queda para mejorar sus servicios, y un presupuesto siempre insuficiente, Rehabilitación ha demostrado ser efectivo y hay que subrayar, insustituible. No hay forma de que los servicios que ofrece el Centro de Río Piedras o los demás centros regionales sean reproducidos por la empresa privada.

Sin embargo, por esas cosas que pasan en el gobierno, eso es lo que se pretende. Para que se establezca allí un nuevo Centro de Cáncer, se está considerando desmantelar el centro que es el corazón de Rehabilitación, y establecer un sistema en que los servicios sean provistos “por la comunidad”, que en lenguaje gubernamental quiere decir “privatizados”. Se diría que las terribles experiencias que ha tenido el país con la privatización (el caos que dejó Ondeo en la AAA; las injusticias de la Reforma de Salud; los abusos en salud mental) no han sido suficientes y esta administración, continuando con una política iniciada el cuatrienio pasado, quiere someter a igual suerte a uno de los sectores que parecía que ya no podía ser víctima de más abandono.

Nadie puede poner en duda la necesidad de que se establezca el Centro de Cáncer, pero la forma de lograrlo no puede ser desvestir un santo para vestir otro. Todos sabemos las consecuencias que traerá delegar “en la comunidad” la prestación de los servicios que ha estado dando el gobierno a través de Rehabilitación. Clausurar un centro de RV no es simplemente cerrar una oficina, es arrebatarle a miles de personas la oportunidad de superar un impedimento para llevar una vida más digna y completa para ellos y menos angustiosa para sus familias. Con el cierre del Centro de Río Piedras, nos señalaba un médico, se abre la puerta para volver a lo que era la norma décadas atrás, cuando las personas con algún impedimento, congénito o desarrollado, languidecían en sus casas, ocultos del mundo.

Está además el asunto del costo. La privatización impondrá nuevos costos al golpeado erario. Por ejemplo, según consta en documentación sometida a la Comisión, una prótesis cuyo costo estimado de producción en Rehabilitación es de trescientos dólares, puede ser facturada por una compañía privada en más de mil dólares. Además de la carga económica, la desaparición del Centro traerá un terrible problema de fragmentación. La verdadera atención interdisciplinaria, en la que el equipo médico, de enfermería, de terapia y de asistencia tecnológica pueda trabajar en conjunto en la rehabilitación de un paciente, depende de la cercanía entre todos los componentes. Un sistema en el que cada cual esté por su lado impondrá barreras de comunicación que perjudicarán la recuperación del paciente. A esto hay que añadirle las dificultades de transportación en personas cuyo mayor problema es la movilidad y otros elementos no tangibles pero igualmente importantes. El Centro de Rehabilitación Vocacional constituye en efecto una comunidad. El compartir con personas que enfrentan retos similares ha servido como un valioso apoyo sicológico para los pacientes. Además, permite el contacto continuo con un sector del país que necesita con urgencia organizarse para presentar un frente común en el reclamo de mayor sensibilidad y mejores servicios.

Como resultado de la transición a la proyectada privatización, desde el año pasado el Centro de Rehabilitación de Río Piedras no recibe nuevos pacientes. Un equipo completo de profesionales extraordinarios ve pasar los días entre pasillos silenciosos y setenta y seis camas vacías. Mientras esto ocurre, cientos de personas se quedan sin recibir servicios, su condición se deteriora y su ánimo se apaga.

El nivel de civilización de un país no se mide por tecnología o infraestructura. Lo determina su voluntad y su capacidad de cuidar, como sociedad, a quienes necesitan más. La privatización de los servicios que presta Rehabilitación sería una muestra más de la mentalidad primitiva que ha dominado la política pública hacia las personas con impedimento. Se habrá corregido quizás la exteriorización de prejuicios con modificaciones en el lenguaje y con ciertos proyectos de avanzada, pero tarde o temprano el monstruo asoma nuevamente la cabeza, y así lo vemos en las prioridades a la hora de asignar fondos o en iniciativas como la que hoy amenaza a Rehabilitación Vocacional. Algo anda muy mal en el país cuando se pretende cerrar el paso, a quienes tanto lo necesitan, a ese pequeño pedazo de cielo.